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Vie, Nov

Y no es coña | Carlos Gil

Confieso que a estas alturas del año, los miles de kilómetros acumulados, los centenares de espectáculos presenciados, las decenas de horas pasadas en mesas de debate, desmontajes, conferencias y seminarios se notan en la línea de flotación y en una suerte de resaca mental no como efecto de ingesta desmesurada de alcaloides, sino de un desgaste entre emocional e intelectual. Uno se redime con estas citas luneras, con otros artículos que va dejando un reguero de opiniones que en ocasiones se contradicen pero que a uno le encantaría formaran un boceto de su concepción de este mundo tan poliédrico de las artes escénicas.

Es por ello que a uno se le vienen encima muchas imágenes de las mil formas de entender una resaca producto de convocatorias, resoluciones, declaraciones, acciones de gobiernos, desidias de instituciones, flojera sindical, abandono de principios de productores, cierres patronales y huida de públicos de las salas y teatros. A ello hay que añadir esos espectáculos realizados en gracia creativa que quedan impresos en ese archivo intangible del teatrero impenitente, los éxitos populares, las listas de los medios para hacer un mal ejercicio de la memoria justiciera a base de señalar los cinco mejores montajes, los diez mejores actores, los tres directores más importantes, las autoras más prolijas y así una ristra de chacinerías seudo-teatrales que solamente ayudan a fingir realidades y a mantener posturas sin ningún rigor.

Quizás lo único evidente, que nos salva de toda injerencia mostrenca y oportunista, sea el convencimiento certificado por la experiencia y el estudio de campo de las múltiples maneras de manifestarse la creación en las artes escénicas. Desde el teatro comunitario, de base, que ayuda a poblaciones en estado casi de exclusión a mantener su dignidad personal y a socializar su dolor a través del arte, a las grandes producciones de los teatros de titularidad pública que se gastan bastante más en las cintas que en el manto, pero que puede ofrecer trabajos supuestamente más elaborados y de mayor consistencia en su producción. Esto, claro está, no garantiza ningún nivel artístico superior, como se viene demostrando tozudamente en las dos compañías de las unidades de producción del INAEM español actualmente en marcha.

El teatro aficionado parece haber revivido con fuerza o al menos se ha visualizado algo más. Es una buena noticia, es un vivero de aficionados, algunos que seguirán un camino hacia la profesionalización, pero que todos serán infectados por el veneno del teatro. O eso se espera. Las salas alternativas, independientes, los micros, todo aquello que se muestra como una solución contra el estado catatónico en general del sistema productivo y de exhibición ordinario, tan ordinario, comercial y previsible y que provocan una dinámica contagiosa, que celebramos, aunque mantengamos intactas nuestras dudas sobre su contribución a la estabilidad profesional o si simplemente debemos entenderlo como un lugar de ejercitar, de convocar a públicos, sin importar mucho si se hace de manera casi altruista, es decir, sin que los actores puedan vivir de manera regular de esas actuaciones. Esto forma parte de otro debate.

Es difícil encontrara con nitidez las líneas donde se enmarca el teatro alternativo, el independiente, el privado comercial, el teatro público de excelencia. En lugares como Catalunya, esas líneas se atraviesan con una facilidad muy poco recomendable para la fidelización de públicos. La situación de Madrid es todavía más compleja, pero en todos los casos y al igual que sucede en la sociedad, la distancia entre los ricos y los pobres es mayor. Esta diferencia está abonando el crecimiento del oligopolio por un lado y de los arruinados reinos de taifas de las comunidades, que protegen, pero menos, a sus producciones. Todo está muy enrevesado, nada es de fácil solución, por eso este mareo, por eso esta confusión.

El único remedio es el trabajo, el mantenerse en las ideas básicas, en saber que existen muchos públicos diferentes, algunos todavía ignotos porque nadie se ha acercado a ellos y que el teatro, las artes escénicas, tienen un valor añadido por encima de todas las coyunturas. Simplemente hay que escuchar al oráculo, no mirar solamente al balance de resultados, sino a la esencia del teatro. Con eso y unos buenos zumos de textos dramáticos de autoras y autores contemporáneos, de una dieta a base de mirar a Iberoamérica con ojos limpios, de quitarse de los lípidos costumbristas, entrenando y ensayando con rigor e imaginación, buscando fórmulas de producción y gestión más sociales y autogestionados, aliviaremos mucho la resaca actual.

Felices Fiestas y Buen Teatro.