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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor

Me contó ayer un actor de envergadura, que los colegios de hoy en día no tienen salón de actos. Ya no se construyen con ese espacio dedicado a La Palabra. En su lugar, hay canchas de deporte. Situadas una detrás de otra, diseñadas con milimétrica precisión. Nada que objetar respecto a lo de mover el cuerpo. Y, menos, en una institución de enseñanza dedicada a los que vendrán. Pero... ¿Y la Palabra? ¿Dónde quedan la palabra, el verso y el violín? ¿Dónde el debate, el placer de escuchar a otro compartiendo el mismo espacio-tiempo?

Cuando se ha gozado desde siempre de ciertas cosas, uno suele tomarlas por descontado, como algo natural que pertenece a la vida y que uno merece disfrutar. Comparado con la que está cayendo, que desparezcan los salones de actos puede parecer algo anecdótico, pero, en realidad, es un acto tan taimado que debería ponernos a temblar. Es dañino que desaparezcan de las escuelas los espacios de encuentro físico real para ver a otros seres humanos haciendo, diciendo y respirando en riguroso carne y hueso. En su lugar, habrá, imagino, alguna sala entre pasillos con 20 ordenadores desde los que conectarse al mundo.

Estamos desmantelando el país, poco a poco. Es un desangrarse lento y rítmico. Gota a gota de densa sangre vital que encapsularemos y venderemos al mejor postor. Don dinero acapara todas las portadas. Es lo único que importa. Lo que sobresale: Aquí han recortado más. Aquí han puesto una barrera. Los pobres que no la salten no recibirán la pasta para ir a la universidad. Aquí han subido otro impuesto más. Es lo económico lo que está bajo los focos. Es el puro metal el que hace tanto ruido que no nos permite escuchar el resto de cosas sutiles que boquean desesperadas en busca de algo de aire.

¿Podéis imaginar todo lo que se estará destruyendo por lo bajini? En segundo y tercer plano, sin hacer ruido... desaparecen... se desdibujan... como algo inofensivo... que no duele... que no grita... como un salón de actos de una escuela... en silencio... silenciamos la Palabra.

¿No dan ganas de gritar?