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Jue, Dic

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

Hoy por la mañana, en horario punta, cuando en los vagones de metro somos más rebaño que personas, tan apretados que podríamos llegar a evidenciar aptitudes telepáticas, me robaron el teléfono móvil de mi bolsillo. Casi admirable, sin violencia, con una experticia y sutileza dignas de un micro cirujano. Solo me di cuenta al bajarme cuando quise ver la hora porque desde hace mucho tiempo que ya no uso reloj en la muñeca.

Reacción 1: buscar y rebuscar en mi mochila por negarme a aceptar lo evidente.

Reacción 2: putear a los 4 vientos por mi podrida suerte.

Reacción 3: rabia contra todos y cada uno de los ladrones que pululan en esta tierra, prometiéndome a mí mismo que si llego a presenciar algún robo, voy a matar al desgraciado, claro que hoy con lo de la igualdad de género, término que se contradice con todas las reglas de la gramática, bien podría ser una desgraciada.

Reacción 4: auto flagelarme en silencio por mi descuido y estupidez.

Reacción 5: pensar en cómo bloquear rápidamente todas las tarjetas de dinero plástico y cambiar claves de todo lo que me acuerde, porque en este mundo de claves y nick names, son demasiadas.

Reacción 6: prometerme a mí mismo ser más cuidadoso en el futuro. De hecho, ya me habían robado un teléfono en iguales condiciones hace unos 3 años atrás. Lo único que puedo argumentar en mi defensa es que el ser humano es el único en tropezar más de una vez con la misma piedra.

Reacción 6: escribir esto.

Reacción 7: respirar profundo y seguir para adelante, sabiendo que al menos durante todo este día, tendré la más amplia gama de reacciones.

Los teléfonos inteligentes no son un simple artilugio, son un diario de vida, una memoria tecnológica, un reservorio de imágenes y experiencias. El valor de un teléfono inteligente no es nada en sí mismo sino por lo que contiene.

Claro está que también es símbolo de un pretendido falso estatus cuando muchos se endeudan al comprar uno de marca cara que esté más allá de sus capacidades económicas y terminen usando solo para evadirse de la realidad comiendo golosinas virtuales o exterminando razas alienígenas de la pantalla.

Lo que lamento es eso, el hecho de haber sido despojado de recuerdos, casi como si me hubiesen extirpado una parte del cerebro. Una especie de lobotomía.

Mientras escribo esto apoyado de mala gana  en el vagón de metro en el que vuelvo a mi oficina después de haber hecho un par de trámites, avisan por los parlantes que estaremos detenidos más del tiempo habitual porque alguien se arrojó a las vías un par de estaciones más adelante.

¿Problema el robo de mi teléfono?

Ese pobre tipo sí que estaba agobiado como para tomar la determinación desesperada de terminar con su vida.

Nadie piensa en su tragedia sino en el retraso en sus respectivos desplazamientos. Incluso yo, que debo llegar a la oficina a bloquear claves.

A mí un ladrón común me robó el teléfono, a él, la sociedad le robo la vida.

La detención forzada no fue por más de 10 minutos, casi un pestañeo, pero creo que mis prioridades de pensamiento han cambiado. El teléfono es nada, la vida es todo.

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