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Mié, Feb

Foro fugaz | Enrique Atonal

Porque acaba de recibir el Goya de mejor película iberoamericana, y en víspera de la entrega de los Oscars. Llover sobre mojado, repetir el asombro, retomar las alabanzas, confortar los premios. Y sin embargo tengo necesidad de escribir sobre mi experiencia al ver la película Roma de Alfonso Cuarón, para decir como el poeta: Yo también hablo de la rosa. 

La vi en una sala en París, y creo que esa es la primera conclusión que puedo sacar: es una obra para verse en el cine, en pantalla grande y con buen sonido dolby en cuatro direcciones. Plantearla para pantallas caseras es limitar su efecto, a menos que la pantalla doméstica tenga buenas dimensiones y la calidad de sonido sea impecable. Pero habría también el problema de la concentración, porque en un ámbito familiar es muy fácil distraerse, y el hilo de la historia es frágil, lo que importa es la realización de cada secuencia, con sus retos bien delimitados. Sin una historia anzuelo, la atención casera se pierde con facilidad. Roma fue filmada para el cine. 

Hay algo más por lo que la película de Cuarón exige pantalla grande: la importancia de los segundos planos en el film. Como en la evocación que hace Cleo, personaje principal de la película, de su pueblo cuando está en el campo, y en el fondo aparece la silueta tutelar de la montaña Le Mujer Dormida, El Iztlaccíhuatl. Así que esos segundos planos y los sonidos ambiente pueden perderse en las dimensiones estrechas de Netflix. 

El color de la memoria

Los recuerdos son en blanco y negro, aun los colores se deslavan en tonos grises en el magma del pasado. Una película como Roma que busca el tiempo perdido tiene que ser en blanco y negro. Así ocurrió con el neorrealismo italiano que por cierto tuvo como centro la ciudad de Roma. Buscada o no, la película de Cuarón tiene deudas con el cine italiano de los años 50. Así se vinculan las dos Romas, la legendaria ciudad y el barrio ahora central de la ciudad de México. 

Melodrama y opresión política

De nuestras fantasías y padecimientos hemos obtenido una obra de arte,  nos dice Eric Bentley al definir al melodrama. Este género dramático se acopla muy bien con el cine y ha tenido un desarrollo importante en México. Desprestigiado por las telenovelas, denigrado por la crítica, el género en sí no es malo. En el melodrama familiar que es Roma, el lado luminoso está de parte de las mujeres, mientras que los hombres pertenecen al horizonte gris amenazante. El padre, figura sintetizada en un monstruoso auto que entra en un estrecho garaje, es insignificante, cobarde y huidizo; la otra figura masculina es Fermín, el novio de la sirvienta, cuya violencia juvenil está puesta al servicio de un estado opresor. Violencia ciega, tragedia de hoy en México. 

Estamos solas le dice la madre a su empleada, a partir de hoy estamos solas, ¡recuérdalo!  Las mujeres salvadoras del universo familiar, solas ante su destino, solas ante el desafío de mantener una familia, solas ante la adversidad cotidiana. Matriarcado de un país machista, hombres irresponsables que repiten su propia historia. Las dos mujeres que sostienen el film están nominadas a los Oscars por sus estupendas actuaciones, lo que habla de su importancia en la película y la fuerza de su interpretación. Ellas sostienen el film, acompañadas por la abuela, así como los cuatro niños que componen el reparto, en especial el más chico que recuerda su vida de antes de nacer. Los recuerdos de Cuarón rinden un homenaje a esos personajes femeninos confrontados a la adversidad. 

El segundo plano de este melodrama es la opresión política que tiene una difusa simetría con el abandono familiar. Simetría que encuentra su vértice en el nacimiento de un bebe muerto y el ataque del 10 de junio de 1971 en la ciudad de México por un grupo de choque juvenil llamado Los halcones. Violencia política contra la juventud perpetrado por jóvenes, que concluye con una imagen de la Pietà en el asfalto: una muchacha pide ayuda con un joven muerto (Cristo o el Che Guevara) en sus brazos. El PRI omnipresente, pero también un auge económico de la ciudad reflejado en la vitalidad comercial de sus calles, contradicciones de un sutil estado dictatorial. 

Del realismo al surrealismo

La tentación del surrealismo es grande en Roma a pesar de su gran apego a la realidad. Como en el caso de Fellini que del neorrealismo saltó hacia un estilo personal que incluyó una visión subjetiva-surrealista del mundo, en Cuarón hay en ciertos momentos esta necesidad de avanzar hacia un reflejo más allá de la realidad. La secuencia de la noche de año nuevo de 1971 está llena de augurios : jarro roto, bosque incendiado, un canto como plegaria del fuego. Noche de excesos de los de arriba y los de abajo. 

También está el mar, como símbolo de liberación, que ya encontramos en Y tu mamá también, y que en esta Roma queda ratificado como la gran fuerza elemental, fuerza que aterra y libera. O los aviones reflejados en el agua, los aviones que pasan como un suspiro en el cielo mientras el patio de la casa está lleno de mierda. Un mundo que de pronto puede volverse absolutamente irreal, como en el reto de un personaje salido directamente de la lucha libre y que entrena a los halcones. Tal vez porque como lo intuyó André Breton, México es un país surrealista como puede sentirse en muchas secuencias de Roma. 

Encuentro de dos mundos

Dos mundos conviven en México, el indígena con sus descendientes urbanos más o menos adaptados, y el de los criollos, con una posición social dominante. Entre ambos se encuentra la gran masa del mestizaje, dispareja clase media. En la película estos mundos se confrontan en el espacio doméstico. Cualquiera que ha tenido una nana en México, aprende a conocer el mundo indígena con sus idiomas, sus cantos, sus alimentos, y frecuentemente sus pueblos. Es un mundo de comprensión y paciencia, opuesto al activo y agresivo  mundo occidental. Yalitza Aparicio y Marina de Tavira resumen muy bien esos dos mundos, con sus físicos contrastados y sus actitudes que sólo se unen en el dolor. Las sirvientas, señoras de las azoteas, gatas como se les llama de manera peyorativa y degradante, (Fermín el amante de una noche la insulta así) representan la riqueza de ese otro mundo mexicano, así como en los andaluces en España subyacen vestigios de la cultura árabe. Tal vez el impacto mayor de la película sea precisamente este puente de dolor y abandono entre dos mundos. 

La cábala Roma

Un título puede caer por azar, pero nunca es inocente. El paralelo que surgiría entre las dos Romas era evidente y Cuarón lo aceptó. Roma, la sede del antiguo imperio, la capital de la Italia reunificada, la ciudad cinematográfica de larga tradición, es evocada desde el mismo título. Significativo, en especial para el neorrealismo italiano con la película Roma ciudad abierta, y la Roma de La dolce vita de Fellini, entre otras. El título vendría a ser un reconocimiento de la importancia que tiene para el cine la herencia italiana, una manera de evocar los fundamentos de todo cineasta que se respete. Homenaje pues a una cinematografía con la que Cuarón queda emparentado en está increíble reconstrucción del pasado. 

Pero, Roma también es Amor, eso lo sabe cualquiera que lee al inverso. Y la película, de principio a fin es una confesión de amor por parte de Cuarón, amor por su madre, por su nana, por su barrio y su infancia, por el cine, el verdadero, el que se hace con las tripas. Casi las primeras personas que vieron la película, ya terminada, fue su mamá (que falleció unas semanas después ) y Libo, inspiradora de la película a quien le está dedicada. Historia de amor; Roma un melodrama dedicado a las mujeres que ha conquistado al mundo.

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