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Mar, Ene

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

Con ese infinito ego que lo caracteriza, en un afán por tratar de controlar lo incontrolable, el ser humano se genera rutinas de comportamiento para no verse en la necesidad de evaluar alternativas a cada momento, sino, simplemente actuar como lo hace siempre. Cuando, a fuerza de repetición una rutina se instala en su sub consciente, cree de manera ilusa, que de esta manera es capaz incluso, de predecir el futuro.

Dormir del mismo lado de la cama, levantarse con el mismo pie, cepillarse primero los dientes de abajo a la derecha, tomarse por la mañana un café con una y media de azúcar antes de salir a la calle, son cientos de mini ritos repetidos a diario. Lo único malo es que mientras más rutinas tengamos, gradualmente vamos perdiendo nuestra capacidad de enfrentarnos a nuevas situaciones de todo tipo. Los desafíos, logremos superarlos o no, nos hacen crecer al aprender de los logros e intentar no repetir fracasos. Las rutinas carecen de ellos por completo.

Para muchos es cómodo el no pensar y, sobre todo, el no decidir, haciendo caso omiso a esa gran verdad de que, cuando no decidimos por nosotros mismos, estamos dejando que otros decidan por nosotros y, por lo tanto, el derecho a réplica o el expresar nuestra disconformidad con respecto a tal o cual situación de la cual nos auto marginamos, literalmente nos estaría vedado, aunque estemos repletos de vociferantes disconformes incapaces de actuar.

Cuando esa actitud de hacernos los desentendidos se transforma en rutina es cuando comienzan los problemas. Por evitar disgustos nos marginamos de una situación conflictiva y esto a la larga acarrea más problemas de los que, si nos hubiésemos equivocado en nuestra elección al momento de tener que optar por una u otra alternativa.

Siempre va a ser preferible el arrepentirnos por lo que decidimos o hicimos, que por aquello que no hicimos o no decidimos.

La famosa pregunta ¿y si...? se puede llegar a transformar en un malestar permanente menoscabando nuestra capacidad de decisión.

Por otro lado, el tener que decidir constantemente, es sin duda agotador.

Pero que es la vida sino el resultado de nuestras propias decisiones.

Inmediatamente saltarían los deterministas o los fanáticos religiosos para desmentirme tajantemente porque todo ya está escrito en el plan divino o porque todo lo que pueda suceder, sucederá, sagradas escrituras, Karma, destino...nombres para elegir sobran.

Podría ser ¿por qué no? pero que aburrido sería pensar que hagamos lo que hagamos, el resultado sería el mismo.

Partiendo de la verdad de que la verdad no existe.

Al menos mi verdad es evitar rutinas aplastantes.

Siempre se puede tratar, aunque no lo logremos a la primera, ni a la segunda, y quizás tampoco después de muchos intentos, si somos capaces de sobreponernos a la fatiga evidente, tanto física como mental de los fracasos repetidos, nada asegura el éxito, pero si podemos estar seguros de que con cada nuevo fracaso estamos más cerca de lograrlo.

La única rutina valedera es la de intentar e intentar, una y otra vez.

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