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Vie, Abr

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

La vida de los salmones tiene aspecto de fábula. Lo habrán visto en algún documental de televisión. Nacen donde nacen los ríos, se dejan caer corriente abajo para poblar algún lago o mar y después, cuando la vida ordena el toque de queda, se retiran y retornan a su lugar de origen para desovar y perpetuar la especie. Esta última etapa adquiere tintes heroicos. Primero tienen que encontrar el camino de vuelta a casa, lo cual requiere de un instinto tan sensible como misterioso, pues generalmente viven a cientos de kilómetros de distancia de su origen; y una vez alcanzado su río natal, deben nadar contracorriente (el único enrevesado pez que lo hace) hasta alcanzar el yacimiento de sus aguas, donde pondrán los huevos en lugar seguro. En este último tramo, el más épico de todos, les espera su mayor enemigo: el oso. Este animalote, que tiene una astucia de la dimensión de su cuerpo, espera paciente en la cascadas, allí donde los salmones, en alarde suicida, deben saltar para continuar su periplo contra la corriente. En ese momento los osos aprovechan para pescar en pleno vuelo al despistado salmón que salta en su dirección. La escena produce tal empatía hacia los salmones que, cuando uno la ve en la tele, no es inusual sorprenderse tratando de animar a estos pececillos escaladores con la vehemencia con la que se anima a los ciclistas del Tour de Francia en el Tourmalet. Pasada la aduana de las fieras, sólo aquellos salmones que no la cascan en la cascada y que consiguen depositar los huevos en la cima del río, pueden asegurar su descendencia. Poco después el pez muere en la paz que le confiere saber que su linaje continuará al menos una generación más.

Para quienes hacen teatro es fácil identificarse con este pequeño David de los ríos: nadar contracorriente, esquivando el zarpazo del Goliat de turno, para alcanzar un objetivo que se estima profundo y verdadero es una fábula muy real en el, a veces, no tan fabuloso mundo de las Artes Escénicas.

Pienso en los grupos de teatro, profesionales o no, que mantienen vivo el espíritu colectivo por encima del lucrativo; en las revistas de teatro que tienen que renovar esfuerzos e ideas para no tener que tirar la toalla después de cada tirada; en los programadores que arriesgan por la innovación y la calidad por encima de la comercialidad; en asociaciones culturales que promueven actividades artísticas fomentando la educación y la cohesión social; en actores que mantienen la dignidad de su oficio en trabajos que no la tienen; en editores que continúan publicando libros a pesar de saberlo deficitario; en escuelas de teatro no oficiales que luchan por ofrecer una educación de la calidad de una oficial; en dramaturgos que persisten en la escritura cuando sus obras difícilmente encontrarán escenario... Todos ellos me parecen salmones empeñados en ir a la contra por un río donde abundan los osos del cansancio, de la falta de presupuesto y de la falta de complicidad del entorno. Han escogido un ciclo vital en el que lo más fácil es quedarse a medio camino.

En estos casos se podría apelar al romanticismo de la fábula del salmón y aceptar, incluso con cierto orgullo, que uno nació precisamente para ir contracorriente. Me consta que alguna religión ha utilizado esta metáfora del salmón para inyectar algo de fe entre sus fieles más infieles, aunque sin mucho éxito. Es lo que a veces sucede cuando se quiere extraer un aprendizaje de una metáfora, palabra que literalmente quiere decir “trasladar más allá”: en ocasiones la metáfora lleva su significado tan allá que acá no resulta nada útil. De ahí que en este relato del salmón tal vez lo más válido sea aplicar una perspectiva biológica más que poética. Observamos entonces que los salmones, que nada saben de retórica, tienen una estrategia de supervivencia clara. Para aumentar las probabilidades de subsistencia en este periplo viajan siempre en bandada. De esta manera, unos a otros se trasmiten los peligros de la ruta y cuando llegan a la cascada de los osos, aprovechan para saltar en comandita y despistar así al enemigo. El oso puede apuntar con sencillez a un solo salmón, pero cuando le vienen cientos, su instinto duda y éstos se escurren entre sus garras con mayor facilidad.

Tal vez el secreto, cuando se navega hacia aguas de las que el resto se aleja, no sea nadar contracorriente sin más, de forma ilusoria y utópica, sino establecer colaboraciones para que la ruta tenga mayores probabilidades de éxito. No hablamos de instaurar un compadreo superficial, ni de buscar un consuelo recíproco por compartir una misma sensación de desdicha. Hablamos de buscar puntos de colaboración eficaces entre aquellas propuestas en apariencia más débiles y marginales, establecer sinergias para que las opciones minoritarias lo sean cada vez menos, comprender que, a veces, caminar en grupo es la única manera de llegar lejos. Es tratar de pensar en grande sabiéndose pequeño. Es afilar el instinto colectivo para perpetuar otro teatro en estos tiempos depredadores.