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Mar, Ene

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

De tanto en tanto recuerdo una serie televisiva de hace algunos años atrás, donde se contaba la sufrida vida de un esclavo negro; Raíces. Una especie de Cabaña del tío Tom, pero con recursos cinematográficos avanzados.

Para evitar fugas, muchas veces los esclavos eran encadenados, e incluso castigados a golpes por su osadía de querer la libertad perdida. Cuando nada lograba aplacar sus espíritus inquietos, otros miembros del grupo eran castigados duramente para hacerlo recapacitar, y si eso no funcionaba, los elegidos eran algunos de sus familias. El dolor de un ser querido, ese que muchas veces se siente más que el propio, desde siempre ha sido una eficaz herramienta de manipulación. Poco a poco, por la fuerza muchas veces desmedida del amo, el ser interior era domesticado para enrielarlo en el sistema imperante. Las más de las veces, los castigos eran propinados por otros esclavos ya domesticados.

Cuando teóricamente la esclavitud ya había sido abolida en muchos países, sueldos de miseria y dependencia absoluta de un plenipotenciario terrateniente, hacían de sus trabajadores y sus familias, verdaderos esclavos en libertad, libertad para no tener ningún futuro auspicioso.

Afortunadamente ya no existen ni las cadenas, ni los trabajos forzados, ni los castigos.

¿Qué no?

Cuando las cadenas han sido reemplazadas por tarjetas de crédito y teléfonos móviles, los trabajos forzados por jornadas laborales extenuantes cargadas del stress por cumplir metas de productividad y los castigos no son otra cosa que pagar intereses sobre intereses y sobrevivir a punta de fármacos, ya no se llama esclavitud, se llama vida contemporánea regida por las leyes no escritas del libre mercado.

Nos creemos libres, o eso nos forzamos a creer, pero vivimos encadenados a un sistema capaz de programar nuestro actuar.

El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.

Todos tenderíamos a agacharnos para recoger algún proyectil, pero en nuestras ciudades pavimentadas ya pocas piedras quedan y las únicas que he visto volar últimamente solo han atravesado la atmosfera contaminada de odio para estrellarse sin ningún efecto real en algún vehículo policial o militar.

Libertad, un ideal utópico abandonado por muchos. Agachar la cabeza y someterse a las leyes del sacro santo mercado parece ser la alternativa más sencilla, pero…

La libertad no es comprar lo que se nos antoje ni ser los flamantes poseedores de aquello que no necesitamos, idea que se nos ha inoculado a punta de una publicidad manipuladora de conciencias.

Es difícil resistirse a la seducción psicológicamente estudiada, esa que nos muestra imágenes ideales de lo que podríamos llegar a ser u obtener para convencernos de que al comprar tal o cual artículo, la felicidad está asegurada.

Siendo honestos, todos hemos caído en tal seducción, y muchas veces.

La única libertad verdadera es cuando el espíritu se siente tranquilo por vivir un presente con perspectivas de futuro.

Problemas siempre existirán. No es necesario inventarlos.

¿Para que inventarnos cadenas?

¿Para qué auto flagelarnos?

¿Para qué sufrir por irrealidades?

La esclavitud del espíritu solo depende de nosotros.

Vivir al contado es mejor que vivir a crédito. Liberarse de las cadenas no debería ser tan difícil, eso claro está, si tenemos la voluntad de hacerlo.

Ya permutamos los eslabones metálicos por eslabones de plástico.

¿Y ahora?

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