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Mar, Nov

Y no es coña | Carlos Gil

Cuando uno atraviesa polígonos industriales, barrios del centro o de las periferias de las ciudades, en la montaña o en la costa, encuentra una decoración extra en muchas fachadas, unos carteles que dicen: se vende o alquila. Es un síntoma. Dentro de esas casas, pisos, almacenes o lonjas había hasta hace meses vidas, ilusiones, sueños, esperanzas, familias o empresas. La proliferación de esos carteles, de particulares o de agencias inmobiliarias, planos o con colores fosforescentes, nos remiten a una desolación, a una inquietud, una incertidumbre, quizás a la constatación de una sintomatología de una enfermedad que se agrava.

¿Llegará un día que se coloquen estos carteles en los cientos de salas, teatros y locales habilitados de los ayuntamientos? Mirado desde la perspectiva de las Artes Escénicas, es decir de los que amamos la cultura expresada en vivo y en directo, la situación está mal, pero tenemos una suerte extraña producto de una desgracia ajena: la crisis en la exhibición del cine es más grave, estructural y sin signos de reducirse, por ello, todavía, quedan en la titularidad y la gestión pública, muchísimas de estas nuevas salas, de estos nuevos teatros que florecieron en el boom inmobiliario y que se construyeron, en demasiadas ocasiones, no por una motivación de necesidad objetiva, calibrada y con miras al futuro, o sea, que parece ha sido hasta ahora bastante fácil construir un edifico, dotarlo de las infraestructuras de funcionamiento mínimas, pero lo realmente complicado es el funcionamiento diario, su contenido, y ahí es donde entramos en territorio peliagudo actualmente.

Decía, que si el cine funcionase como hace dos décadas, esas salas “echarían” películas comerciales, tendrían convenios, cesiones con las distribuidoras y de esa manera se aliviaría el coste del mantenimiento. Sin esta posibilidad, se buscan otras maneras de encontrara ingresos atípicos, y ahí entra el alquiler. Es decir, muchos de nuestros emblemáticos coliseos, teatros referenciales, están en alquiler, y si llega una emisora de radio, un concesionario de coches, una marca de productos de peluquería o una productora de televisión, son bien recibidos, siempre que paguen el alquiler y los gastos. Y aquí se nos abre otra casilla dudosa: ¿no es una manera de privatizar lo público?

En la mayoría de las ocasiones los ingresos por estos alquileres no se traduce posteriormente en recursos para programar, sino que engrosan las arcas municipales generales, que a través de los presupuestos difiere unas cantidades básicas: el capitulo uno, es decir el personal fijo, funcionarial o laboral, y el mantenimiento imprescindible. Las cantidades para la programación propia son cada vez más escasas. La ansiedad, la necesidad, el desbarajuste actual lleva a que en algunos lugares no es que se haga programación a porcentajes de taquilla, una manera que dentro de lo que cabe tiene algún sentido, sino que también se alquilan las salas para programar espectáculos de teatro. Empresas, productoras, compañías o grupos optan por esta fórmula. Y ahí vemos una gran trampa, una grieta que se convertirá en un sima en el futuro.

Si los concejales, y políticos en general, ven que sus teatros siguen funcionando, incluso con más actividad que antes, con los alquileres y con la iniciativa privada, ¿por qué van a aportar recursos económicos públicos de aquí en adelante? Si nadie les presiona ni social, ni política, ni sindicalmente, si hagan lo que hagan con estos edificios, no reciben críticas, ni ven mermadas sus posibilidades electorales, ¿quién nos dice que por la vía de los hechos consumados no se ha terminado con el modelo cultural existente? Las actuales programaciones están muy mediatizadas, muy dependientes, incluso fruto de un obvio oligopolio, pero si la programación es externa, es decir solamente para quien puede o quiere alquilar, el desastre será total.

Otro tipo de alquileres: el INAEM (El otro día en una de esas jugarretas del corrector de textos se me escribió INANE y quizás sea la definición más acertada en estos momentos), sabe mucho de alquileres, pero al revés: con el dinero público, alquila a la empresa privada teatros. Lo más escandaloso es lo del Teatro de la Comedia de Madrid, en alquiler durante décadas, hasta que por fin se compra, para inmediatamente cerrarlo, dicen que para restaurarlo, y al minuto siguiente volver a alquilar el Teatro Pavón, sede de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Y todo esto, claro está, sucede en un lugar del globo terráqueo: Madrid. Pero eso sí, con los recursos económicos de todos los ciudadanos del Estado español.

Alguien debería pedir explicaciones por estos alquileres, por estos, aparentemente, despilfarros o, cuando menos, gestiones cuestionables. Al gobierno central, a los autonómicos, provinciales y locales. En cada lugar se hace lo que les da la gana a cada responsable, sin apenas control, y sospechamos que, sin entrar en asuntos que puedan rozar la mala gestión consciente y con ánimo de lucro desenfocado, no se cumplen los objetivos, ni está equilibrado el gasto con su repercusión socio-cultural. La Cultura es un bien común, y su gestión pública debe pasar los mismos filtros de transparencia que cualquier otra actividad. Un edificio cultural vacío, cerrado, en alquiler, al albur de la oferta y la demanda más obtusa es un fracaso colectivo.