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Mar, Nov

Y no es coña | Carlos Gil

Sin pasión, estos oficios que requieren de tanta intensidad y entrega personal para llevarlos a cabo se convierten en una acumulación de técnicas aprendidas que no producen nada más que frialdad, aunque se pueda considerar bella. Involucrarse en una creación artística teatral es poner mucho de uno, en ocasiones de manera excesiva, confundido la personalidad con el personaje o llegando a lugares patológicos en donde uno se cree que es el todo. Ni frialdad, ni histeria. Ni distancia absoluta ni actitud sectaria. Uno debe defender sus ideas estéticas con armas artísticas, pero no descalificar a los demás. Esta es una actitud positivista, crítica pero no destructiva.

Exacto, me ha atacado la mosca de la moderación. No voy a romperme la camisa ni por mis propias convicciones, ya que empiezo a tener la impresión de que al igual que la naturaleza, la sociedad, la comunidad teatral está formada por un número imposible de calcular de opciones estéticas, de puntos de vista, de maneras de enfrentarse al oficio, a la creación, en todos los gremios y campos. Y lo que uno defiende, aun considerando que puede ser lo mejor, lo más adecuado, lo que ayudaría a salvar el mundo, resulta que tiene unos seguidores contados, otros que dicen que sí, pero hacen lo contrario, y lo mayoritario es lo opuesto y de manera radical. Y dentro de los que están cercanos a lo que uno piensa y escribe, los que dudan y los que se oponen, se encuentran no solamente amigos, sino personas a las que admiro por su trabajo, por su capacidad artística.

Por lo tanto, vamos a ser sectarios, pero de baja intensidad, solamente lo justo para llamar la atención con la intención de decirles a todos que existen otras maneras de organización, otras formas de acercarse a la sociedad, es decir a los públicos, otras maneras de valorar, administrar, gestionar los caudales culturales, en todas sus ramas. Y todas las maneras pueden y deben tomarse en consideración, sin rechazar ninguna, con excepción de la que ha nublado el panorama español: el que solamente cuenta la estadística, lo mercantil, la economía ramplona, el número de espectadores y que han instaurado un pensamiento único demoledor que asegura que no hay otras maneras de medir el valor real de las manifestaciones culturales con medidas estrictamente culturales, políticas, es decir éticas, por lo tanto estéticas que es lo que reclamamos con insistencia.

Así que desde este púlpito seguiremos machacando este clavo: la necesidad de volver a pensar sobre la organización de la cultura dentro de un territorio concreto como es el Estado español. Que los que pueden ser responsables, o lo son ya, miren en otros lugares muy cercanos, para ver si sus sistemas son aplicables a nuestra realidad. Que se empiece a construir un nuevo andamiaje pensando a lo grande, es decir pensando en que el teatro no es de los teatreros solamente sino de la sociedad, que los políticos son instrumentos de la sociedad para armar esos andamiajes y que deben atender a los que saben, pero no entregarse de manera cobarde o ignorante a los supuestos tecnócratas que solamente atienden a sus intereses de promoción profesional y los de las empresas que les pagan, y otros pequeños detalles de estas características.

No me cansaré de repetirlo: el trabajo es difícil porque la Constitución actual y los estatutos de autonomía fragmentan, crean islas de decisión, pero estamos hablando de personas dedicadas a la cultura, es decir que deben tener una formación que supere estos niveles de provincianismo recurrente. ¿O no? Uno siente que todo lo que está proponiendo es algo que no podrá ver, que se trata de lo que sucederá mañana, o pasado mañana, o al otro, en los próximos quinquenios o décadas, pero que se debe empezar a dibujar hoy. Pero hoy, ya. Con sectarismos los justos y mucha generosidad entre todos y amplitud de miras.