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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor
Ayer vi a una novia pronunciar sus votos. Sus ojos sinceros, densos y líquidos, miraban desde muy cerquita la cara de quien pronto se convertiría en su marido. Susurraba aquellas promesas de amor con tal sencillez y transparencia que pensé: la escena jamás alcanzará estas cotas de verdad.

Y luego me dije: Pues claro que no. No es comparable. Mira dónde estamos. Una iglesia. Un lugar santo, te guste o no. Hay recogimiento de siglos aquí dentro. Y, fíjate en ellos. Mira a los novios. Están actuando su propia vida, no la de otros. La están haciendo realidad aquí y ahora. Vale que hay paralelismos con la actuación: los nervios antes de un estreno, las pruebas de maquillaje y vestuario. La extrema dedicación a la preparación de cada detalle, la puesta en escena. El deseo de que todas las personas presentes se sientan verdaderamente partícipes del acontecimiento, la voluntad de que el acto sea una fiesta en todos los sentidos y para todos los sentidos. La celebración del gozo de estar vivos.

Además, tanto en el hecho teatral como en la ceremonia matrimonial hacen falta testigos, me dije. Personas que presencien lo sucedido. Si no, no vale, pensé. Y aquello me llevó a plantearme el grado de implicación y participación de los invitados a la ceremonia: Entran en el espacio antes que los actores, aguardan con expectación la primera aparición de la protagonista del acto, se levantan y se sientan, se dan la mano, cantan, meditan y recitan en voz baja, abandonan la iglesia antes de que lo haga la pareja, les esperan de pie tras la puerta por la que saldrán y les lanzan deseos de buena esperanza al aire en forma de granos de arroz. ¡Joder! Quién lograra movilizar así a los espectadores en un espectáculo, ¿no?

No. No es comparable, me volví a repetir. Esto de la boda es un rito y el teatro no lo es. ¿Seguro que no lo es?, me pregunté. ¿Por qué no lo es? Y entonces me acordé de haber leído en alguna parte que el rito es el ser humano comunicándose con dios y el mito es dios comunicándose con el ser humano. ¿Intentamos los seres humanos comunicarnos con dios cuando hacemos teatro? ¿Tiene el teatro una esencia sagrada?, me pregunté. Acudieron de inmediato a mi mente el concepto de actor santo, el trabajo de Grotowski y estas palabras de Stanislavski: "se puede llegar, por así decirlo, a una actuación astral, esto es cuando no se interpreta la pasión de un determinado individuo, sino de toda la humanidad."

La ceremonia nupcial es un acto mil veces repetido que, sin embargo, se hará de nuevo aquí y ahora por primera y única vez, pensé. Al igual que ocurre con las grandes óperas, los grandes ballets y las grandes tragedias, la ceremonia nupcial también es una obra de sobra conocida: los mismos roles, las mismas acciones y el mismo desenlace una y otra vez. Nada ha cambiado en lo esencial desde hace siglos. Y, sin embargo, las personas que realizan el acto si son nuevos cada vez. Nunca son los mismos. Los protagonistas encarnan el acto una sola vez. En eso sí se diferencia del trabajo de los actores de teatro. La repetición, me dije. La repetición si es un elemento diferenciador.

Y, entonces, crucé los dedos para que la novia que había pronunciado aquellas palabras con tal verdad, fuera capaz de repetirlas y revivirlas con la misma intensidad al día siguiente. Por un momento había olvidado que aquello que estaba presenciando no era más que el ensayo general de la gran ceremonia que al día siguiente iba a tener lugar.