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Lun, Nov

Y no es coña | Carlos Gil

Marea penar en la cantidad de fotografías que se hacen en el mundo cada día. Los políticos buscan esas instantáneas que les aúpen, esas piezas audiovisuales que les vayan dotando de un discurso externo que se pueda ir incorporando internamente hasta conseguir la gran ficción. Los equipos de asesores no se dedican a procurar una idea fuerza que mueva e inspire a todas las acciones, sino pequeñas acciones incidentales que configuren una suerte de iniciativa performática a la que se da un sentido instrumental variable. La fragmentación de la nada para intentar que parezca un todo desfigurado que tiene un valor de la inmediatez, del flash que deslumbra y ciega, para que al segundo siguiente estar en otra irrealidad convertida en otro espacio de la nada que busca el todo.

 

Así estoy enredado en estas descripciones aleatorias y fútiles, que me sirven para introducirme en un lugar que se va difuminando desde hace años, quizás quinquenios, posiblemente décadas. Intento hablar de los Festivales de Artes Escénicas. Este año de 2020 es propicio para la reflexión dada la inflexión real y constante. La pérdida de algunas citas, la transformación de otras, el imperio del discurso líquido, acomodaticio, la desorientación y el estado de incertidumbre que siempre sirve para que florezcan los oportunismos, los profetas del situacionismo propio y de paso, y si se tienen ganas de fijarse, la impúdica exhibición de un vacío estructural, ideológico, cultural de la mayoría de esos festivales, notándose mucho más en aquellos donde la rapiña ya estaba presente, pero que otros han demostrado que no hay patata, ni mata, ni alpargata. Simplemente rutinas, intereses económicos y mesianismo barato.

Escribo un día después de estar en la Muestra de Teatro Español de Autores Contemporáneos de Alicante. No me refiero a esta cita que en su enunciado tiene ya toda la enjundia de un manifiesto de intenciones, que se celebró, no suspendió ninguna función y alcanzó esa normalidad tan anormal en la que vivimos. Una cita que cada año al terminar, no se sabe si existirá la próxima, lo que es un desagradable estado de la negligencia donde, de nuevo, aparece el INAEM, como máximo responsable de esa situación. Una Muestra que cumple una misión clara, objetiva, y que se debería reestructurar en sus entrañas, pero para fortalecerla, no para mantenerla en la duda.

Asistí a un conferencia debate de dos periodistas culturales locales que desgranaron anécdotas, contaron algunas cosas de esa cotidianeidad tan poco conocida de lo que es un medio de comunicación. Y un evento cultural de esta entidad en una ciudad como Alicante. Me sorprendió un tono paternalista que como involucrado en ambos lados, la información y la creación, me pareció hasta insolente. Decir en casi cada párrafo que tal medio, o tal persona, “ayudaba” a la Muestra, es partir de una mentira. Sin obras, sin autores, directoras, actrices y autores, no hay Muestra y sin ella no hay información. Un medio de información debe informar de lo que sucede en su zona de influencia. Profesionalmente, no caritativamente. Y me gustaría saber hasta dónde hubiera llegado esa “ayuda” sin la publicidad insertada por la Muestra. He dicho.

Otros festivales que han sufrido cambios, movimientos internos, nombramientos de dirigencias, padecen de algo curioso, se creen que ellos y ellas, recién llegados, son más importantes que el propio Festival. Es como si pensaran que su nombramiento es para darle importancia al festival, y es, con perdón, justo lo contrario. ¿Saben el nombre de algunas de las personas que han dirigido el Festival de Otoño de Madrid desde hace décadas y que lograron cuotas de importancia cultural inmensamente superiores a las actuales? A los más listos de la clase les pregunto, ¿quién es el actual director del Festival de Aviñón? Consulten en Internet.

Los discursos paternalistas, triunfalistas, de esa falsa modestia que roza con la soberbia absoluta hacen que se focalicen las miradas en una sola persona. Sea en Mérida, Cádiz (dos) o Madrid, por no extenderme, y lo importante es el festival que heredaron, y a ver en qué condiciones lo sueltan, porque con excusas o sin excusas, no lo están mejorando. Y aparecen demasiado en los medios como para no sospechar que los que les interesa es su carrera, no la del festival.

Porque al final, volvemos al principio, programar es una función, dirigir un festival es otra cosa. Contratar a base de amistades, vendedores de cercanía, sin otra inspiración que el propio mercado, es decir tengo tanto, esto me cuesta tanto, ya hemos cuadrado las cuentas es algo bastante común, pero es justamente lo contrario a lo que debería ser un festival en territorios, como Madrid, por ejemplo, en donde, por suerte, hay programación internacional durante todo el año, festivales de diversa entidad y muy cargados de intención previa, para que se estudie de una manera más profunda, seria y fuera del paternalismo de que hay que hacer para dar de comer, que me parece que a veces se escapa de las declaraciones de sus responsables. Y a un veterano de estas circunstancias, le duelen mucho.

En cualquier caso, bienvenidos todos los festivales, o sus simulacros, porque dan señales de mantenerse vivo el espectáculo, aunque puedan quedar en un espejismo. Después ya veremos si este sistema de bajo perfil se instaura para siempre o es el paso para su desaparición. De momento todos estos recién llegados están más atentos al pajarito, que a la importancia de su oferta, que es la única declaración de principios que se puede medir. Y ahí, ahí, hay mucho que opinar.

Llevo décadas recorriendo festivales internacionales por Europa y América, y llevo décadas reclamando la necesidad de hacer un congreso, cerrado, sin alharacas, sin fotos, donde una serie pequeña de especialistas propongan una declaración simple, de lo que se debe entender hoy es un festival, su incardinación en el conjunto de las políticas (JE, JE, JE) culturales y otros detalles más funcionales. Un nuevo paradigma para que todos se reinventen (si quieren) a su alrededor. Esto no es nada revolucionario. Es una revisión de materiales para continuar sin peligro al estropicio final inopinado.