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Sáb, Dic

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

En ese silencio donde la expectación murmulla, entra andando al escenario el elenco de actores. A partir de entonces comienza un vendaval de imágenes, palabras, sonidos, movimientos y acciones fulgurantes. El frenesí incontenible, capaz de arrastrar al espectador más rezagado, tiene sin embargo un sentido imbricado con aquello que se quiere contar: la compleja historia de "El maestro y Margarita" novelada por Bulgakov. Al encuentro de ese objetivo se despliega un alarde de recursos teatrales en una condensación tal que no recuerdo haber visto nunca. Y a pesar de la alta densidad de estímulos no hay en ello nada azaroso, nada que suene a fuego de artificio. Lo efectista es primero efectivo en el acto de comunicar.

Hablamos de una gama de posibilidades narrativas que estiran el lenguaje escénico hasta casi fracturarlo. Y allí, en ese límite incierto donde cada hallazgo se exprime al máximo, aparece la armonía, la conjugación simbiótica de los múltiples elementos escénicos, el acto teatral como una sinfonía escénica. En una escena un simple palo es una ventana de un piso, en la siguiente nos trasladamos a Moscú gracias a una macroproyección en movimiento que remeda los actuales mapas virtuales. Se devalúa una idea hormigonada que anida en nuestro prejuicio: la última tecnología puede combinarse con la artesanía más sencilla si se acompaña de sensibilidad y talento, si existe una manera orgánica de concebir la vida en escena. Esa simbiosis a nivel técnico es la que permite, precisamente, que se den los complejos encuentros de la historia, donde se funden realidad y la ficción, sueño y alucinación, lo religioso y lo prosaico. Todo esto sucedió el pasado sábado en el Teatre Lliure, durante la última función de la gira de "The master and Margarita" de Thèâtre de la Complicité.

Al día siguiente, en el Teatre Grec, la imagen se repite. Sobre el silencio que apenas puede callar la impaciencia de los espectadores, entra andando el elenco de artistas al escenario. Será la única similitud con lo sucedido la víspera. Para empezar, es circo lo que voy a presenciar. Además del género, hay una diferencia mayor en la concepción de la propuesta escénica. Si con la Complicité el escenario se colmaba con múltiples dispositivos, aquí el espectáculo son los acróbatas sin nada más, sin ni siquiera arneses que les sirvan de seguridad. En su abrumadora desnudez hay también una exploración desprejuiciada: jugar a romper los roles que tradicionalmente se asignan a hombre y mujer, al acróbata-portador o al acróbata-ágil. En el acto de difuminar estos roles emerge un circo humano, un circo del silencio que emana serenidad, gozo, frescura. No hay historia que sirva de transición entre unos ejercicios y otros, entre unas piruetas y otras; son sólo cuerpos jugando a volar sobre el suelo. Y sin embargo hay un mensaje que, como sin querer, llega con sorprendente nitidez: si desprendemos de etiquetas a los seres que nos rodean, si en las diferencias percibimos sinergias en lugar de fricciones "el más difícil todavía" es más fácil de lo que aparenta. Es La Compagnie XY con el espectáculo "Le gran C" quienes han convertido el cómo en un qué, su forma de hacer circo en un mensaje lleno de humanidad.

En apenas 24 horas, casi en la misma manzana de una ciudad, tuve la sensación de haber recorrido los confines de la escena, desde la espectacularidad ostentosa hasta la exquisitez más sencilla. Pese a las divergencias extremas de las obras presenciadas, en ambos casos percibí ese placer único que pone a vibrar esa fibra interior que sólo el arte es capaz de tocar. Al volver a casa, en la red virtual leo por enésima vez el slogan de moda: "la cultura no es un lujo". Después de lo vivido el fin de semana pienso, más bien, que la cultura es un lujo que debería estar alcance de todos.