Sidebar

23
Jue, Ene

Y no es coña | Carlos Gil

Se ha hablado mucho de la generación ni-ni, esos jóvenes que ni estudian ni trabajan, pero se ha puesto poco énfasis en señalar que estamos ante una nueva campaña electoral sin objetivo ninguno más allá que ocupar unos escaños que sumen unas mayorías, para gobernar. Sin teoría ninguna sobre el propio ejercicio del poder, sobre cómo afrontar los retos económicos, sociales y de convivencia territorial y mucho menos sobre algo que haga una referencia a la Cultura.

Ya sé que es lo normal. A la Cultura se la despacha con cuatro frases hechas, unos conceptos abstractos, se ahueca uno con aspiraciones de sillón, pone detrás, delante o delante, lo de popular y se queda uno tan ancho, creyendo que se ha descubierto el funcionamiento de una alfombra. Los otros usan los mismos conceptos, las mismas vacuidades, y le ponen España, o siglo de oro o cualquier otra noción imperial y del pasado y parece que nos han dado la felicidad que proponía la constitución de Cádiz. Es decir, tendremos que aguantar una plomiza, personalizada, desideologizada campaña electoral e iremos a votar sin teoría sobre la Cultura que defender, ni apoyar, esperando, una vez más, tener suerte. Y suerte es lo que no tiene la Cultura. Eso es una obviedad, por utilizar términos piadosos.

No puedo sustraerme a esta corriente, yo tampoco tengo ninguna teoría que defender en este artículo. Quizás sea lo mejor. Así puedo divagar, añadir adjetivos, cosas oscuras y al final esperar que me den un like en alguna red social. Porque voy tejiendo una sensación empírica al estar yendo al teatro cada día en Madrid, y como todavía no puedo redondear esa aproximación a una realidad variable y cambiante y que si uno se fija en la opinión de los compañeros de la crítica especializada y la espontánea, es diametralmente distinta según quién y desde dónde opine. Un adelanto: todo es cada vez más confuso.

Me explico, si es que puedo, sé o debo. Asisto a espectáculos en sedes de teatros institucionales, es decir unidades de producción que se realizan con cargo a los presupuestos generales, que son de dudosa entidad para ocupar esas programaciones. Está sucediendo como sucede o ha sucedido en Barcelona en donde la diferencia entre los teatros públicos y algunas producciones privadas no se distinguen. Y esa transversalidad no me parece buena. Todo se desgasta hacia la comercialidad de manera irremediable. Se rebaja la exigencia artística y el carácter cultural del Teatro. Todo ello sin entrar en el territorio algo más confuso de la excesiva permeabilidad entre productores privados y gestores públicos. Y aquí me paro por hoy.

Una coincidencia o un síntoma. Viajo esta noche a Montevideo a su primera feria del libro teatral, pero voy a estar inmerso en una serie de mesas de debate sobre al función de la crítica. En La Paz, hace dos semanas, dicté una conferencia-taller sobre la crítica. En junio, en el CDN, se abre otras sesiones de similar objetivo sobre la crítica, al igual que el FITEI de Oporto, con fechas coincidentes por lo que no podré asistir a ambas. Parece un buen síntoma que se hable, sinceramente, sobre esta función. Y sobre quienes la ejercen. Y sobre sus vinculaciones.

Seguiremos insistiendo, alguien debería tener una teoría sobre la función de la Cultura, sus maneras de expresarse, su importancia vital y cómo colocarla en el imaginario colectivo de manera habitual y consecuente en un tiempo prudencial. O algo así.