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Mié, Jul

Mirada de Zebra | Borja Ruiz
Alguien dijo que naciendo y muriendo solos, el resto de la vida consiste en buscar con quien compartir esa soledad. Parece un tema muy actual este de la soledad, una marca de la casa de estos tiempos modernos, pues es fácil concluir que cada nuevo avance, con la coartada de facilitarnos la existencia, tiende a aislarnos cada vez más. Echen cuentas: ¿Cuánto tiempo comparten con máquinas y cuánto con sus paisanos? ¿Pasan más tiempo frente a una pantalla o frente a un rostro? ¿Por cada conflicto que resuelven por correo electrónico o teléfono móvil, cuántos solventan cara a cara? Aplicando esta perspectiva, uno se erige sin dificultad en un mártir de cartón, en un plañidero superficial, en una supuesta víctima indefensa de la forma de vida actual, como si la soledad fuese un mal endémico de este periodo ultra-tecnológico. Sin embargo, a poco que se eche la mirada atrás, nos damos cuenta de que la soledad, en su versión oscura y destructiva, es algo que acompaña al humano desde que tiene memoria. Muchos dicen que el arte, en cierto sentido y en sus múltiples formas, es una estrategia para aplacar esa soledad patológica. Podríamos pensar en consecuencia, amparados en esta solitaria cotidianidad nuestra, que es ahora cuando el arte mitiga el aislamiento más que nunca, pero en realidad lo hace desde mucho tiempo atrás, desde cuando las casas eran grutas.

Siempre que se analiza el arte prehistórico se concluye que aquellas expresiones, cuyas huellas hoy son pinturas rupestres o megalitos, tienen un componente religioso fundamental. Es sencillo imaginar que el humano de entonces se sintiese pequeñito y desamparado ante una Naturaleza salvaje y caprichosa de la que tanto dependía para sobrevivir, y que buscase su favor por medio de eso que llamamos arte. Nadie discute que el arte primigenio guardaba un impulso trascendente para comunicar con ese más allá que hoy unos llaman Dios, otros Destino y otros Azar. Sin embargo, frente a esta función de índole religiosa, se suele obviar otra función que los antropólogos cada vez enfatizan más: el hecho de que el arte también servía como instrumento de cohesión social, o dicho de otro modo, para hacer tribu, para juntar soledades y hacer que se desvanezcan. Ello habría dado al arte una ventaja evolutiva, pues permitía a las personas funcionar en grupos bien avenidos y hacer frente a las vicisitudes de la supervivencia con mayor eficacia.

Quienes estudian el arte prehistórico lo hacen examinando pinturas y esculturas, pues éstos son los únicos vestigios que han sobrevivido al tiempo. No obstante, hay consenso en afirmar que, de la misma manera que se pintaba o se esculpía, también se danzaba, se tocaba música o se representaba, si bien esto último no se ha registrado en ninguna pared ni en ninguna piedra. Hay estudiosos que incluso creen que los murales pintados de las cuevas se llevaban a cabo durante rituales tribales donde convergían simultáneamente la música, la danza y la representación (¡La multidisciplinariedad y el mestizaje de lenguajes no serían pues tan modernos como pensamos!). Por tanto, cuando se dice que el arte prehistórico servía para cohesionar y fortalecer las estructuras colectivas, habría pues que incluir la danza, la música o la representación.

Recientemente varios neurólogos han tratado de observar la relación entre la danza, el canto y la cohesión social en un nivel más pequeño, ampliando el zoom, observando lo que sucede a nivel biológico. Estos estudios intuyen algo que bailarines, actores y cantantes saben desde hace tiempo: que danzar o cantar en grupo es una manera de poner en sincronía las emociones. Al tiempo que sincopamos un movimiento sobre una música con un compañero, al tiempo que armonizamos las voces en una melodía con una compañera, tendemos a unificar lo que sentimos. Cantar y danzar en coro es una manera de consensuar sentimientos sin que medien las palabras, una estrategia que sintoniza las almas en una misma frecuencia para que el colectivo pueda actuar de forma unitaria ante cualquier evento. Cantar y danzar es pues comunicar lo intangible, lo que nace sin nombre, aquello que permanece en silencio hasta que se hace pirueta, melodía o grito, una expresión que convierte los cuerpos y las voces en olas de un mismo mar sin deriva. Cantar y danzar para no perderse en la soledad. Una bella idea. Hay quien incluso tiene la fortuna de hacer profesión de ella.

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NOVEDADES EDITORIALES

Los cinco continentes del Teratro

Querido lector, quisiera contarte aquí cómo nació la idea de este libro porque el origen, como sabes, es al mismo tiempo, el inicio y el fundamento. A fines del siglo pasado, estábamos sorprendidos de que nuestro libro El arte secreto del actor. Diccionario de antropología teatral –publicado por primera vez en 1983– continuara siendo editado y traducido en diferentes idiomas. Probablemente resultó eficaz su fórmula simple en la que textos e imágenes tienen la misma importancia, y uno constantemente remite al otro; las ilustraciones se volvían protagonistas para sostener un nuevo campo de estudios, la antropología teatral ideada por Eugenio. Si como estudioso del teatro yo había colaborado con la antropología teatral, ahora le pedía a Eugenio su participación en la vertiente de la Historia, con un libro que imaginábamos como un complemento del precedente. Aun teniendo que decidir toda la organización del libro, me respondió que era una buena idea y me propuso que los argumentos giraran en torno a las técnicas, nunca lo suficientemente estudiadas, de los actores.
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Puntos de vista

Es un privilegio el poder dar a conocer el trabajo que desde finales de los años 60 Suzanne Osten ha desarrollado tanto en Suecia como en el resto del mundo, a través de presentaciones, giras, conferencias y workshops. El alcance de la obra de Suzanne se se debiera condensar en unas pocas palabras toda su obra hablaría de: riesgo, compromiso, comunicación, lucha y una inalterable apuesta por los olvidados dentro de los olvidados: los niños. Y junto a ellos los jóvenes. Es a ellos a los que Suzanne ha dedicado una enorme parte de su actividad creadora.
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Poética del drama moderno

El objeto de esta obra es el de definir el nuevo paradigma de la forma dramática que aparece hacia 1880 y que continúa hasta hoy en las dramaturgias contemporáneas. Se tiende así un puente entre las primeras obras de la modernidad en el teatro como las de Ibsen, Strindberg o Chejov, y las más recientes, ya se trate de las obras de Heiner Müller, Bernard-Marie Koltès o Jon Fosse. Jean-Pierre Sarrazac desvela la dimensión rapsódica del drama moderna: una forma abierta, profundamente heterogénea, en la que los modos dramático, épico y lírico, e incluso argumentativo (el diálogo filosófico que contamina al diálogo dramático), no dejan de ensamblarse o de solaparse. Lejos de compartir las ideas de “decadencia” (Luckàcs), de obsolescencia (Lehmann) o de la muerte del drama (Adorno), Poética del drama moderno dibuja contornos, siempre en movimiento, de una forma la más libre posible, pero que no es la ausencia de forma.
Precio : Próximamente

La zanja

¿En qué momento compartimos el viaje que nos hizo ser tan iguales? ¿Cómo reprocharnos y atraernos tanto? La respuesta está en el tiempo pasado, en nuestros ancestros, en el recuerdo común que permaneció oculto. Porque en definitiva, hemos heredado las acciones de unos hombres sobre otros y las influencias sobre el colectivo. La Zanja refleja el encuentro entre dos mundos, ese ciclo infinito que se repetirá una y otra vez. Es un trabajo exhaustivo de creación, surgido de la documentación de las crónicas de la época y nuestros viajes al Perú actual.
Precio : 10€

Pasarela Senegal

En enero de 2007 el diseñador Antonio Miró presentó en la Pasarela de Barcelona un desfile no exento de polémica con ocho inmigrantes sin papeles y una escenografía con una patera y cajas. De tal acontecimiento le surge la idea de la obra a López Llera, quien, a raíz del suceso siente la necesidad de reflexionar sobre el papel del artista en la sociedad del espectáculo2, sobre la validez y efectividad de las denuncias sociales a través del arte y sobre el sentido de su propia escritura. La pieza constituye una magnífica denuncia dramática de la banalización de la cultura y del espectáculo.
Precio : 10€

Hacia una poética del arte como vehículo de Jerzy Grotowski

La reinvención de Pere Sais ondea en el título de la obra: Hacia una poética del arte como vehículo. Grotowski, como se sabe, imaginaba que la “cadena” de las performing arts podía mantenerse tensa entre dos extremos: el arte como presentación por una parte y el arte como vehículo en el extremo opuesto. Al hablar de poética del arte como vehículo se realiza un salto epistemológico.
Precio : 24€