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Sáb, Dic

Y no es coña | Carlos Gil

Acabo de abandonar Loja, la ciudad ecuatoriana en la que se ha celebrado la tercera edición de su Festival Internacional de las Artes Escénicas. Una ciudad rondando los doscientos mil habitantes que, literalmente, se transforma en las dos semanas del festival, convirtiendo las calles de su centro histórico en una suerte de fiesta constante, una feria popular, donde las artes vivas aparecen por todas las esquinas, pero que lleva un título confuso, como si fuera el Off del propio festival, y eso no es un off, es una ampliación, una fiesta callejera y las obras y espectáculos allí presentados se suceden al lado de ventas ambulantes, acciones peregrinas, desfiles y otros elementos que distorsionan, por lo que deberían, a mi entender protegerse, situarse en espacios mejor acondicionados y muy bien señalados para poderse disfrutar en las mejores condiciones. 

Es un gran complemento, una manera de tener presencia constante para los lojanos y lojanas no acostumbrados a ir a las salas de teatro, pero insisto, se debe protegerse la programación de artes escénicas en horarios, espacios y condiciones técnicas y de comodidad para los espectadores.

Sería muy soberbio intentar dar una idea del teatro ecuatoriano por las obras que he visto. Conozco desde hace muchos años a dramaturgos y compañías, he estado en otras ocasiones en Ecuador en diversos festivales, los he visto en otros lugares. Y existe, como sucede en todos los lugares grandes diferencias. La falta de un sistema de educación en artes escénicas solvente y continuado (recién se ha creado dentro de la Universidad de las Artes de Guayaquil, un departamento específico), se nota de manera evidente. Las propuestas adolecen, en términos generales, de un rigor formal, profesional, artístico superlativo. Hay muchas buenas ideas, magníficas energías y algunos trabajos que están en un nivel de comparación ventajosa con su entorno iberoamericano o incluso europeo. 

Ya mencioné la semana pasada la, a mi entender, extraordinaria experiencia de juntarse tres grupos, tres directores y un coordinador general, Arístides Vargas, para ofrecer “Sangurimas”, basada en la obra del escritor guayaquileño José de la  Cuadra, una coproducción del propio festival, que eleva el nivel general, que demuestra que cuando existen condiciones objetivas, es decir, presupuesto para entendernos, tiempo y profesionales trabajando con un objetivo en común se logra un espectáculo realmente importante. Pero, por las circunstancias de la producción, por las características de la situación política y económica ecuatoriana, puede ser un gran esfuerzo, de calidad contrastable, que se quede en esa única actuación, lo que sería, a mi entender un crimen de lesa teatralidad. Y un despilfarro de recursos económicos achacable a los políticos.

Repaso sólo algunos de los trabajos presenciados que me parecen de alto nivel: “Medea llama por cobrar” texto y dirección de Peki Andino y una actuación estelar der María Beatriz Vergara, estrenado hace casi veinte años pero que suena como escrito ayer y ofrece una interpretación repleta de calidades y matices.

“Celeste” es otro trabajo con un buen texto y una puesta en escena muy sugerente que necesitaría de un reposo y decantación, de una mirada depuradora a la dramaturgia escénica, para convertir lo que ahora es algo que despierta interés, en algo más consolidado, porque tema, forma y actores lo apuntan de manera clara.

“Polvo” es un trabajo incipiente, de un grupo de jóvenes actores y bailarinas, que tienen un potencial exuberante, que bajo la dirección de Nathalie Elghoul, logran acotar una vida familiar, unos personajes desestructurados, un relato social de gran intensidad, pero hecho con una desbordante energía, una entrega fascinante y con riesgo, lo que es de agradecer. Es algo bello que parece inconcluso, que tiene errores, pero que transmite esa cosa tan preciada como es la verdad escénica en su conjunto.

De la presencia internacional, además de la siempre eficaz, modélica, popular versión de “Othelo” del argentino Gabriel Chamé, nos quedamos con la versión que de “Mucho ruido…” de William Shakespeare hace la compañía peruana Teatro de la Plaza. Todo el reparto hecho por hombres, música en directo, incursiones de música pop, una propuesta volcada hacia el público que tiene eso que tanto reclamo en las versiones del teatro clásico (yo insisto en el español del siglo de oro), que es una mirada, una forma crítica de afrontarlo sin necesidad de una intervención textual adaptativa explícita. Aquí, los actores, todos varones, con vestuarios mixtos, se juntaban vaqueros con ropa historiada, deciden al final de la obra que la protagonista no se puede casar porque ha sido maltratada, vilipendiada y no debe aceptar esa boda. Se abre un debate. Interviene espontáneamente el público, y en una vuelta de tuerca, una vez rota la ceremonia, dos actores, se desprenden de sus ropajes, se besan y son casados por el cura, previo plebiscito general. Una lección. Un trabajo de una calidad excepcional. Se recomienda desde aquí a todos los programadores y curadores de festivales, tomen nota. Es una buena experiencia teatral total, y con este añadido de contemporaneidad discursiva que le hace imprescindible.

Insisto den algo excepcional, de repente, tras el taller de crítica que impartí, un grupo de mujeres han empezado a hacer críticas de las obras de este festival, con un nivel literario excelente, una capacidad de análisis realmente deslumbrante y se están publicando en la web oficial del festival, con lo que se está dejando constancia de un Gran Documento sobre lo programado. Una acción a imitar. He dado decenas de talleres, y este es sin duda, el que ha tenido mejor funcionamiento en las clases teóricas y una calidad de este grupo de talleristas que deberían tener medios a su alcance para publicar habitualmente sus críticas, porque son excelentes en fondo y forma. 

Como todo ser vivo, este festival, tiene sus desajustes, sus desarreglos, sus partes a mantener y aquellas a las que hay que darle una nueva vuelta conceptual. Tuvimos reuniones con la parte ministerial de la organización. Encontramos receptibilidad a las críticas. Si existe la continuidad apropiada en presupuestos y personas que lo desarrollen de manera institucional, fuera del mercantilismo que representa de entregar la ejecución a una productora privada que se lleva un porcentaje escandaloso del presupuesto y le falta sensibilidad teatral, podremos esperar con ilusión la llegada de la cuarta edición.

Este y todos los festivales que en el planeta son, tienen un valor de uso, que es su relación con las poblaciones donde se celebran, con su futuro cultural, y un valor de cambio, que en ocasiones es más confuso. El de uso en Loja, evidentemente es un acierto y por eso necesita la confirmación inequívoca de su consolidación y desarrollo. Del de cambio, no opino, que estoy muy feliz y no quiero amargarme. 

 

 

 

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