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Dom, Sep

Y no es coña | Carlos Gil

Siempre hay varias apreciaciones sobre toda obra de arte, especialmente sobre el teatro que es una expresión artística que llega directamente a los sentidos de los presentes, que tiene tantos mensajes, tantos lenguajes superpuestos, tantos niveles de comprensión y de codificación que hace a cada espectador un receptor único e indivisible. Siendo así, resulta que es también una comunión, que hay una confraternización, una manera de convertirnos en un concepto, el público, tan explotado por los teóricos de la industrialización y los evangelizadores de las doctrinas mercantiles.

Como es habitual en mi vida profesional ordinaria, en la semana pasada he visto diez espectáculos, en diversos teatros, de formatos y contextos muy diferentes. Reconociendo que los supuestos especialistas cuando estamos con dolor de muelas, un reuma sobrevenido o un disgusto empresarial o personal somos un problema físico en las salas de teatro al producir unas ondas expansivas de enfriamiento de las capacidades de recepción de lo que sucede en escena, uno puede reivindicar un cierto conocimiento de las tendencias actuales, de los lenguajes en boga, de las técnicas, de los rigores y hasta de los errores que son fruto de una indagación que conlleva un riesgo y no de una negligencia.

Me he educado en ello, me he formado con lentitud y en diversos frentes, tengo experiencia y quinquenios, por lo tanto puedo asegurar que nunca me coloco delante de los espectáculos con ánimo destructivo y, sobre todo, jamás me lo tomo de manera personal. Es un acto público, una representación, un ejercicio artístico y lo miro y, sobre todo, lo analizo de manera fría, sin más emociones que las que me ha podido provocar. Aplico mis conocimientos, mis capacidades y emito un juicio que en muchas ocasiones está muy tamizado, muy elaborado, fuera de cualquier espontaneidad amigable u ofensiva. Las palabras escritas lapidan.

Por lo tanto es habitual que me quede sorprendido por las reacciones de los públicos al finalizar las representaciones, especialmente si son estrenos. Esos bravos finales, esas muestras de alegría, de emoción, ese ponerse en pie de unos cuantos espectadores que acaban contagiando a los demás, esa multiplicidad de saludos, me dejan en ocasiones anonadado. Un paréntesis. La primera vez que fui al teatro en Brasil me quedé totalmente asustado porque de manera automática todo el público se puso en pie. Después comprobé que era una costumbre extendida. Me falta poder detectar cuando les gusta mucho una obra, porque siempre reaccionan de manera parecida.

Por eso cada vez me gusta más ir a ver las obras con público normal, no cuando la platea está llena de periodistas, programadores, amigos, conocidos y compañeros de serie de las actrices. En estas últimas circunstancias es cuando las energías chocan, los que lanzan envidias silenciosas y quienes abrazan incondicionalmente a lo que hacen sus amigos, novios o parientes. Yo he asistido esta semana a una función, por cierto donde estaba Ana Pastor, la presidenta del Congreso de los Diputados de manera discreta, es decir como espectadora normal, en donde la reacción de los muchísimos profesionales del ramo presentes en la sala me pareció un acto de voluntaria entrega, de papanatismo, de actitud folclórica, fuera de cualquier actitud crítica responsable. Yo diría, resumiendo y sin mojarme: no era para tanto.

Y así sucesivamente. Hay muchas teorías sobre el aplauso, sobre la actitud de los famosos en sus maneras de expresarse en las salas de teatro para que les vean, de esos ambientes forzados, excesivos que crean falsas expectativas. Tengo muchas horas en las salas de teatro y creo saber cuando las reacciones son espontáneas y cuando forman parte de un ritual, de un pacto, de una convención o de una campaña. Cuando los públicos de verdad actúan, aunque esté en desacuerdo con ellos, los acompaño, me hacen pensar en lo dicho anteriormente: cada uno espera del teatro una cosa diferente y cada obra transmite cosas comunes, pero con intensidades diferentes según el receptor. Recuerdo ahora mi época de claque en Barcelona, el aviso del jefe para que riésemos o aplaudiéramos. Una institución perdida. O con otro funcionamiento. ¿Reacciones espontáneas?