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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor

Dicen las viejas historias y los arquetipos de siempre que las edades de la mujer son tres: la doncella, la madre y la vieja. Ahora, hay autoras que han incorporado una más, que se situaría entre la madre y la vieja. Es la hechicera: Una mujer madura, otoñal y crujiente como una cereza bien roja. De esta forma, la triada se convierte en cuarteto y cuadra -¡qué casualidad!- con las fases de la luna y las estaciones del año.

Gran tragedia ha sido para las actrices en general y las de Hollywood en particular, cumplir años y quedarse en ese limbo indeterminado en el que ya no podías ser bella enamorada ni amantísima mamá (porque a los productores, creadores, directores y empresarios no les daba la gana) y aún quedaban tiempo y arrugas para convertirte en cándida viejecita de cabellos almidonados o enrevesada arpía de nariz retorcida y bulto en la chepa.

Pues bien señoras: me complace anunciarles que la luna menguante está haciendo, por fin, su aparición en el horizonte. Autoras como Miranda Grey han abierto esa brecha necesaria y lógica que, pensándolo fríamente, cuesta creer que haya tardado tanto en llegar. De momento, no se le pueden pedir peras al olmo, porque las estructuras de pensamiento en las que se mueven la mayoría de seres que pueblan las sociedades de este planeta no dan para más. Pero todo se andará.

El nuevo arquetipo que empieza a existir más allá de los libros, para habitar conciencias, sociedades, películas y cuerpos de carne y hueso es la mujer que ha mirado dentro de sí y conoce el aspecto interior de la naturaleza femenina. Ya no es joven, ha superado ciertos ciclos y no muestra pudor ni temor alguno a la hora de ejercer aspectos como el misterio, la magia, el magnetismo y la atracción. Esta nueva etapa femenina está asociada a un aumento de la sexualidad, la conciencia, la intuición y la ensoñación. Y a una creatividad desenfrenada.

Hasta ahora, estos atributos en una mujer han sido causa de pánico, rechazo y demonización. Incluso para las propias mujeres. En realidad, todas las características recién nombradas suelen atribuirse a un tipo de personaje femenino específico que es la madrastra maligna de los cuentos. No se si habrán advertido que, últimamente, la industria cinematográfica norteamericana está dando trabajo y papeles a aquellas que fueron en su día novias de Hollywood. Me refiero a mujeronas del tipo Julia Roberts o Charlize Theron. Primero fue la Roberts, en su papel de madrastra de Blancanieves. Ahora aparece Charlize Theron en medio de una valla publicitaria con miles de cuervos que anuncian su llegada y la de su película. Los enamorados de la historia, el joven y la joven, ocupan los laterales del póster promocional, uno a cada lado, separados por la presencia de esta hechicera negra, que ocupa un primerísimo plano.

Es más que probable que en el desarrollo de los personajes de hechiceras y malignas madrastras que asumen estas dos actrices no haya demasiadas vueltas de tuerca al manido rol de:La-mujer-bella-entrada-en-años-que-hace-lo-que-quiere-y-por-lo-tanto-lo-único-que-hace-es-el-mal. Pero sí que hay una cosa nueva en todo esto digna de mención: esta vez, es la madrastra, la mujer madura, la que ocupa el centro de la fotografía. Eso es lo remarcable: que un personaje femenino que había estado relegado a un segundo plano en los cuentos, historias y mitos de la sociedad actual, haya sido colocado en el centro del relato.

Una vez que las mujeres pueblen esta vida con todo el derecho a existir, dejarán, poco a poco, de ser demonizadas para ocupar con sus magnificas presencias el lugar que les corresponde en el mundo y en esta sociedad. Y dejarán de ser clichés de hombres, aquellas que hagan valer su poder gestador. Generarán proyectos desde su femineidad, a su manera. Y llegarán nuevos papeles en la vida y el teatro que trascenderán a la malvada madrastra Llegó la etapa de las cerezas maduras. Porque tal y como dice Gioconda Belli en una de sus novelas: Es tiempo de frutos y no de floraciones.

Este artículo está dedicado a una actriz que está con ganas. Tiene un nombre y más poder del que cree. Podría abrir una brecha importante en el panorama escénico del estado español si tan sólo se atreviera. En este sentido, resulta inspirador el Magdalena Project, red escénica tejida por cientos de manos de mujer.