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26
Mar, Sep

Y no es coña

Yo estoy por la transparencia, la igualdad de oportunidades, los concursos públicos para nombrar directores o directoras de nuestras instituciones teatrales, pero no de la manera que se hace actualmente. Uno siente que se trata de una justificación más que de una selección hecha a la luz de los proyectos y del contexto. En estos procesos actuales se descargan los políticos de sus decisiones nombrando previamente una comisión seleccionada directamente lo que puede llevar a que sus miembros tengan una idea unívoca de lo que se necesita. Son estas comisiones quienes deciden. ¿O no?

Es malo que crezcan las dudas por falta de transparencia y problemas de comunicación enquistados. ¿Qué puede hacer un director o directora de un teatro público si nadie le ha dicho qué quieren hacer en él, de manera general? Nombran a barones o baronesas a los que les dan un torreón y al día siguiente se convierten en señores o señoras feudales que hacen y deshacen a su antojo, colocándose ellos, los nombrados, como el eje de la política teatral de ese teatro, ese ayuntamiento o gobierno. Hacen los montajes que ellos creen conveniente para sus intereses de promoción propia o incluso intereses artísticos, en el mejor de los casos, invitan a quienes les da la gana y cuando llegue el siguiente se volverá a repetir el mismo esquema, la misma costumbre. Podremos estar más de acuerdo o menos con una gestión, pero nos cuesta encontrar los objetivos básicos, las ideas previas para llegar a ofrecer esa programación ya sea de producción o de invitación.

¿Es tan difícil poner en primer lugar la noción de teatro público al servicio de las artes escénicas y la ciudadanía? Tener una carta fundacional, manifiesto, reglamento de funcionamiento basado en principios democráticos donde se establezcan los presupuestos, los porcentajes, los mínimos a seguir. Donde se detallen objetivos sencillos y claros, no vaguedades, ni retóricas como sucede ahora. Si se hace ese trabajo de establecer las coordinadas por dónde se desea navegue el contenido de cada edificio, será más fácil buscar a quien lo debe capitanear durante un periodo de tiempo tasado. Y siempre a partir de un programa concreto, en números, propuestas escénicas, colaboraciones, difusión y creación de nuevos públicos y la interrelación con los grupos o compañías privadas de su entorno. Un contrato-programa, por cuatro años, revisable a los dos años para ver si se han cumplido los objetivos.

Mientras esto no se regule desde el Estado con una buena Ley que afecte a todos los teatros de titularidad pública, la mayoría, por cierto, en manos de los ayuntamientos, iremos viendo los nombramientos como quien ve un espectáculo, y nuestras reacciones serán de alegría o de susto según quién acabe siendo nombrado. Y esa reacción tendrá que ver exclusivamente con nuestros intereses personales, si es amigo, pensaremos que nos irá mejor y si no lo conocemos dudaremos de la oportunidad de su nombramiento.

Por lo tanto no espero mucho cambio, quizás en las formas con los que van a seguir nombrando. En Los Teatros del Canal han doblado la dirección, una por sala. Conozco perfectamente la trayectoria de Àlex Rigola, pero no sé qué le han encargado, cuál es su función específica ya que hay una gestión mixta, con una empresa privada interpuesta, así que esperaremos con calma a ver qué se les ocurre. Porque ahora deprisa y corriendo deberán tomar decisiones desde lo abstracto. Y Rigola, se recuerda, fue director del Teatre lliure, es decir es creativo, y estará para hacer producción propia, me imagino.

Sabemos la terna del Matadero. Cualquiera de los tres sirven. Pero sigo con mi pregunta, ¿cuál es el plan general, el objetivo de los responsables políticos con esas salas. Porque poner un nombre, darle un buen sueldo y presupuesto para sus montajes no es suficiente. Sea nombramiento directo o por comisión interpuesta, el problema sigue siendo el mismo: no está claro qué se quiere hacer con esos teatros de manera integral, coordinada, a favor de unas artes escénicas del siglo XXI, contando con toda la profesión y, sobre todo, con los públicos diversos a los que se deben cuidar e incentivar desde una visión democrática de la Cultura.

Probablemente estemos ante un momento histórico, al menso en Madrid. Una transición, un cambio generacional, pero el fondo sigue sin estar resuelto. Y no insisto más. Que todos los que nombren se hagan ricos con rapidez, adquieran mayor gloria con el dinero de todos y si además nos proporcionan buenos espectáculos y mejoras estéticas, lo celebraremos. No en el Matadero porque su cantina es súper cara para estar en un recinto público muy concurrido.

Artez - La revista de las Artes Escénicas

 
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