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Mié, Oct

Sangrado semanal | Juana Lor

Estoy guiando estos días unas sesiones intensivas de entrenamiento actoral en el marco de un workshop que ofrece mi compañía. Es el tercer año consecutivo en que llevo a cabo esta tarea y, por primera vez, me siento perdida. Dudo acerca de mi competencia pedagógica, el poco o mucho "saber" que llena o llenaba mis bolsillos teatrales se me mezcla, desdibuja y vuelve a mezclar sin ordenarse de forma clara y precisa. Sé que se debe al hecho de haber sido madre recientemente. Sabios como Mircea Eliade inspiran para llegar a saber que el acto de dar a luz constituye un ritual de paso tan perfecto en sí mismo que ningún ritual de iniciación ideado por el hombre puede equiparársele.

Salimos transformadas, entramos en un estado de consciencia alterado que dura algo más que el denominado puerperio (periodo "oficial" de 40 días tras el parto según el cual el aparato reproductor femenino tiene la obligación de recuperarse, según la medicina imperante). Estado de conciencia alterado, digo, perfectamente programado e ideado para poder estar a lo que hay que estar, que, por supuesto, presenta sus desventajas si te empeñas en seguir con otras tareas que realizabas sin problemas antes de embarazarte. Por ejemplo, actuar: en mi caso, al menos, la concentración orientada a la actuación, brilló por su ausencia durante bastantes meses, aunque parece que, poco a poco, tiende a recuperarse.

Una vez puesta en forma en la parte de la actuación, le llega el turno hoy al asunto pedagógico, es decir, a la tarea de transmitir a otras personas ciertos principios escénicos que les puedan servir de herramienta para construir su presencia escénica, su discurso artístico, su ética teatral y su posicionamiento como actores dentro del hecho escénico. Desdibujada y bastante perdida respecto a este asunto pedagógico teatral, parece que el Teatro susurra y alienta desde las casualidades que se convierten en sincronicidades por ser hechos externos que casan perfecta y asombrosamente con las realidades interiores.

Llega en estos instantes a mis manos un libro para traducir: Se trata de un libro que habla de la formación del actor en el Teatro de los Andes, escrito por la dramaturga Giulia D'Amico. Sus palabras no sólo reconfortan, sino que son gasolina para continuar y reforzar la fe en un proyecto personal y profesional basado en hacer y vivir el arte escénico desde un colectivo estable que sueña con hacer su propio teatro desde la libertad. El Teatro de los Andes, su fundación, nos queda más cercana que la del Odin Teatret. Estamos hablando de 1989. Al menos, yo ya existía por aquel entonces. Cierto que eran otros tiempos y distintas coyunturas.

Deberemos estar atentos para saber aprovechar las oportunidades que nos brinda la nuestra, para lograr traer a tierra los sueños teatrales sin renunciar a vivir plenamente nuestras maternidades.