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Dom, Ene

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

Hoy vi literalmente, cómo nuestra sociedad contemporánea esconde la suciedad bajo la alfombra de hormigón. Igual que las callampas que aparecen en los bosques después de una lluvia abriéndose paso hacia la escasa luz empujando material en descomposición, hoy vi unos refugios hechos por algunos de los tantos sin casa, esos habitantes anónimos de toda gran ciudad, que han proliferado después de la lluvia de supuesta prosperidad económica de mi país. Lugares donde dormir, con muros de cartón y ventanas de bolsas plásticas armados bajo un paso sobre nivel de una autopista, todo un condominio de desechos.

 

Durante décadas creímos, o más bien, nos hicieron creer, que éramos los tigres de Sudamérica. Avanzábamos a gran velocidad. Se construyeron centros comerciales donde antes había pequeños negocios, multicines con palomitas de maíz reemplazaron a pequeñas salas, enormes supermercados en vez de la tienda del barrio, autopistas de alta velocidad dejaron atrás a pequeños caminos... prosperidad, pero hoy se evidencia cómo, con suerte, podríamos aspirar al título de gato callejero del barrio.

Con falso orgullo y muy poca modestia, de manera despectiva tildábamos a algunos de nuestros vecinos como países bananeros oauquénidos metamorfoseados, según declaraciones a la prensa del almirante Merino, uno de los 4 integrantes de la dictadura militar de los años ochenta, quienes nos impusieron a fuerza de tarjetas de crédito, el despiadado sistema de libre mercado, donde el consumo es el primer mandamiento, la premisa máxima, aunque no todos puedan consumir. Un libre mercado capaz de hacernos prisioneros de un sistema sin rostro, sin otro objetivo más que el de enriquecer monetariamente a la cúpula de sus administradores.

Como caballos de carrera en un hipódromo, aceptamos el hecho indesmentible que nos pusieran anteojeras para mirar en la dirección que querían que mirásemos. Creímos estar ganando y en esa carrera desentrenada, perdimos la visión de nuestra realidad hasta llegar a ver solo lo que los medios de comunicación, cómplices perfectos a la hora de montar una realidad alternativa, nos querían mostrar.

Lamentablemente, no somos la excepción a la regla ni un caso aislado digno de un detallado estudio social, solo somos parte del sistema global. La pequeña aldea digital en la que se ha transformado nuestro planeta, después de haber tenido variados procesos humanizadores basados en luchas por optimizar los derechos civiles para una mejor vida, está retrocediendo a pasos agigantados hacia un horizonte donde el valor humano se tranza en las bolsas del esquema económico mundial.

Ha vuelto la esclavitud disfrazada de mano de obra mal pagada, subcontratación y por supuesto, las cadenas del dinero plástico.

No queremos, o ya no podemos darnos cuenta de la realidad, y ante la imposibilidad de comprar un robot capaz de aspirar la suciedad de nuestra casa, preferimos esconder la mugre bajo las alfombras de hormigón de nuestras ciudades. Sabemos que la mugre está ahí, pero hemos optado por ignorarla.

No hay peor ciego que el que no quiere ver, y estamos muy ciegos.