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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor
Unas manos encallecidas, que en su día fueron tiernas, dan un tirón firme y seco. Así queda hecho el último nudo de sujeción. Con ello concluyen también 7 años de trabajo de construcción. El armazón de madera descansa ahora sobre la explanada, en la que hace 2.555 días no había nada. Nada construido por el hombre. O la mujer.

(Al libre albedrío de cada cual pertenece el sexo de las manos que constituyen este relato.)

A lo largo de todos esos años, la piel de esas manos aprendió a memorizar la textura rugosa de la madera sin tratar, así como a cicatrizar los pellizcos y algún que otro mordisco que le dieron los utensilios que tuvo que aprender a utilizar. Pero antes de serruchar, de cortar con el hacha y de martillear, antes de que llegara el tiempo de sudar y de gimotear, hubo de preparar la tierra sobre la que se asentaría su obra.

Con la ayuda de un artesano experimentado a quién primero observó y después imitó, aprendió, después de un tiempo, a poner los cimientos. Hubo días de lluvia y barro, pero gracias a un dios o a la pericia de aquel formador, no hubo necesidad de enderezar la construcción demasiado, porque los cimientos estaban bien fundados. Incluso llegó un momento en el que pudo decir adiós a los dedos vendados. Fue cuando conoció el placer de saber dar en el clavo.

Comienza así un periodo en el que la espalda ya no sufre y las herramientas dejan de pesar demasiado, porque el cuerpo aprende a economizar las acciones propias del trabajo. Hasta la madera talada en el bosque cercano se transporta, cada vez, con más facilidad que nunca hasta el llano. Así es como pasan los siguientes 4 años. Hasta que llega el precioso instante en el que aquel saber, se asienta definitivamente en sus manos.

El esqueleto de madera está ahora en pie y es poderoso. El autor se permite admirarlo, por un momento, desde dentro. Desliza sus dedos por la tosca madera, toca arriba y a los lados. Advierte ahora que el tamaño de la obra no le permite estirarse demasiado. Sus brazos alargados se empeñan inútilmente en ampliar la distancia entre paredes. Con un suspiro de resignación se agarra a los listones. Sus manos advierten que se han convertido en barrotes. El artífice ha quedado atrapado por su propia creación, que se ha convertido en jaula, en prisión.