Sidebar

23
Mar, Abr

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

Hay días en los que la columna se te escribe sin querer.

Sucedió el pasado domingo. Aquel día en el que a este indisciplinado sol de verano por fin le dio por salir. Atrás quedaron bastantes días grises, muchos días grises, tantos que llegó un momento en que ya no sabía si los nubarrones estaban en el cielo o en mi cabeza. Así que ese día, aprovechando la inesperada invitación del sol, decidí dejarme caer paseando hasta el centro de la ciudad. Deseaba, por qué no decirlo, escampar la mente durante un tiempo de tanto teatro visto y leído, escuchado y pensado, del teatro que ya te ha salido y del que lucha por salirte. Pero ya se sabe, no hay como no buscar una cosa para acabar encontrándola.

Los pies, que trazaron el camino por su propia cuenta, muy caprichosos ellos, me llevaron a un bar que, según recordaba en aquel momento, tenía un pequeño escenario donde se hacían humildes representaciones. No pisaba la tasca hacía años, desde cuando proliferaban los cafés-teatro, aquella época en la que el teatro aparecía como reclamo cultural en diversos antros para el consumo de bebedizos. ¡Qué tiempos! Y qué paradoja. Entonces había gente que para pasar el rato iba a los bares a tomar algo y de paso ver teatro, y hoy hay artistas que necesitan beber para olvidar que cada vez hacen menos teatro. En fin...

Entré y pedí una caña para empapar el gaznate que el antojadizo sol había resecado. Glup, glup. Aaah... Lo primero que me sorprendió fue la habilidad de la camarera. La chica era a la barra lo que Messi al fútbol. Vaya manejo de los vasos. Con qué agilidad subía y bajaba la barra. Menudo juego de combinación con las botellas y los pinchos. Despachaba clientes a la misma velocidad que se le encimaban. Tiki-taka, tiki-taka. Y todo eso sonriendo, como hacen los cracks. Si Messi se merece la bota de oro, a ella le otorgaría sin duda la botella de oro.

Estaba admirando su destreza cuando en un momento me pareció oír, al otro lado de la puerta interior del bar, una voz flamenca. Alcé las orejas como perro guardián que oye pasos extraños. Efectivamente, aquel lamento que se confundía con el canto no podía ser otra cosa que flamenco. En lo que tardé en trincar la cerveza ya estaba frente al concierto con las orejas abiertas. El escenario era tal cual lo recordaba. Un pequeño hueco de madera con forma de ático. Y ahí dentro estaban los cinco muchachos. Guitarra, cantaor, cajón flamenco y dos palmeros. Todos sentados, en riguroso luto, el largo pelo peinado por el viento del día y con esa piel gitana que se camuflaba con la madera. ¡Cómo sonaba! Sintonizaban igual de bien en la indumentaria y en la música.

Pero el auténtico acontecimiento vendría después, cuando a los muchachos se les unió una bailaora. Saliendo entre el público, allí apareció la mujer, delgada, muy delgada, sólo piel envolviendo hueso, con un vestido granate, pañuelo y tacones, y se sentó junto a los músicos, paciente, como esperando su turno. Aquella estampa pulcra y sosegada desaparecería pronto. En el siguiente cante los muchachos se echaron a un lado dejándole el centro del escenario. Y ahí empezó todo. Se levantó y todos los ojos de alrededor fueron suyos. Al principio, eso sí, lo suyo parecía un flamenco al uso. Takún-takún, takun-taká. Pero enseguida, en cuanto calentó la sangre, su danza se desató. El sudor empezó a brotarle en gotas. Su piel, un paisaje de rocío. Qué manera de bailar. Taconeaba ritmos inverosímiles a una velocidad de vértigo. Sus giros, de tan rápidos, sólo se intuían. Qué fuerza en el martillar de los zapatos (creo que el suelo aún estará temblando). Menudos redobles. Entre dos puntas y dos talones hacían una batería entera y sobre ella todo el resto del cuerpo se acompasaba. Incluso la falda, con alma propia, armonizaba con ella en cada uno de sus vuelos.

Y sin embargo, el verdadero anzuelo del que colgaba la atención de los espectadores no era tanto su bailar como su disfrute. Cómo gozaba. El suyo era un disfrutar hondo y pleno, tan puro que no se necesitaba nada más. A cada golpe de tacón su sonrisa cogía más brillo. A cada giro, ella se hacía más grande y el escenario más pequeño. Decía que bailaba, pero en realidad la mujer cabalgaba sobre la alegría. Tal era su éxtasis que mi piel puso sus poros en pie. Y a los poros le siguieron los pelos. ¿Dónde empezaba la danza y donde la alegría? ¿Cuándo improvisaba y cuándo danzaba algo conocido? ¿Quién seguía a quién? ¿Ella a los músicos o los músicos a ella? No tengo respuesta. Cuando el duende aparece en el arte, la sencillez no se explica.

A esa sencillez sublimada que permita estrujarnos el alma hasta bañarnos en su jugo aspiramos, creo, todos quienes hacemos teatro. No buscamos más. Tampoco menos. Suena utópico, pero mientras vamos a su encuentro que nos quiten lo bailado. Con esa sensación al dente me fui una vez acabado el concierto. Para entonces el sol ya había desaparecido, no sin antes prometer que sólo volvería a salir cuando a él le diese la gana.

Por cierto, según me contaron después la bailaora se llamaba Askoa y nació en Vitoria. Quién lo diría. Lo pequeña que parecía y lo grande que bailaba.