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Vie, Nov

Y no es coña | Carlos Gil

El nombramiento de Claudia Barattini como ministra de Cultura en el gabinete de Michelle Bachelet que tomará posesión el próximo 11 de marzo en Chile, nos viene a cuento primero para felicitarla, para desearle mucha suerte en su gestión porque ya empiezan los bombardeos mediáticos a su nombramiento y su vinculación hasta antes de ayer a la Fundación Teatro a Mil en su capítulo de internacionalización, y recuerdo una de las conversaciones con ella y otros trashumantes de hace apenas unas pocas semanas en las que recordábamos que queda tanto para hacer, desde las instituciones, desde las organizaciones gremiales o sindicales, desde los movimientos ciudadanos, con un horizonte en donde aparezca la implementación de leyes, medidas de promoción, de democratización en todo lo referente a la cultura, y especialmente a las artes escénicas que es de lo que más conocemos.

No es tarea fácil asumir las labores de un ministerio de estas características. Se tienen que tener las ideas claras, la voluntad política, el amparo de la presidencia, planes específicos y mucha capacidad de diálogo para establecer vínculos efectivos, complicidades y actuar de manera rotunda en ciertos aspectos, revisar otras estructuras y planificar el futuro desde una mirada abierta, nada sectaria y favorecedora de todos los integrantes del complejo mundo cultual sin olvidarse de lo más importante, la ciudadanía, el receptor y usuario de esos bienes culturales. Un abrazo para Claudia, un deseo de que logre cumplir con sus objetivos y que salga sin muchos rasguños de todos los ataques que le van a venir inmediatamente.

Pero si nos sentimos vinculados a la ministra del gobierno de Chile, ¿por qué nos sentimos tan lejanos, ajenos, encabronados con nuestro ministerio, nuestro fantasmagórico secretario de Estado, nuestro atildado director del INAEM y todo cuanto le rodea, lo cierne, lo amortaja? Uno siente malestar al pensar en este ente, es como una pérdida de tiempo constante, un barquito de papel en un océano, sin capitán, ni grumetes. Todo parece hacerse con una inercia mortecina, sin levantar más complicidades que las de aquellos que viven parásitos en sus estructuras o con sus prebendas, sin capacidad de liderazgo. Un departamento zombi que lleva a todas las artes escénicas a la invisibilidad, con unas unidades de producción propias en su más bajo perfil artístico, que se precipita hacia el desamparo cultural para dejarlo todo en manos de lo comercial, de la oligarquía teatral a la que alguien, o todos, les debería parar los pies o al menos bajarle los humos.

Sí, queda Tanto Por Hacer, que por algún lado se debe empezar. Me gusta el movimiento para reclamar el uso de los teatros madrileños abandonados, o en mal uso de propiedad municipal. Me parece muy apropiado que la profesión, la artística no solamente los autoproclamados gestores, se preocupe por sus herramientas primordiales de trabajo como son los teatros, las salas, lugar donde se produce el hecho teatral. Y es el momento de pringarse. De no cejar, de volver a escribir el presente y el futuro. Yo juraría que fue en la primera legislatura de Felipe González, 82/86 cuando se establecieron las pautas generales organizativos, reglamentarias con las que hemos ido funcionando hasta ahora.

Desde entonces las reformas no han sido para mejor. Treinta años después la sociedad ha cambiado mucho, los espectadores, los lenguajes, las relaciones con el mundo, la forma de recibir bienes culturales, incluso la manera de utilizar el tiempo de ocio. Y debemos volver a pensar qué se debe hacer ahora, ya, con todo lo invertido y en ocasiones pervertido por su mal uso. No escuchemos solamente a estos brujos neocon, que todo lo resumen a unos resultados económicos, que proclaman el neoliberalismo, el mercado para los demás, pero que viven y muy bien con varios salarios de funcionarios y de empresarios que contratan con lo público de manera reiterada. No, escuchemos también a los poetas, a los que tiene alguna experiencia fuera de la corte, a quienes tienen algo que decir. Porque, de verdad, queda TANTO POR HACER, que lo tenemos que hacer entre todos.