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Sáb, Dic

Foro fugaz | Enrique Atonal

El crítico de teatro, Philippe Lançon, quedó mal herido tras el ataque terrorista contra la revista satírica francesa Charlie Hebdo en donde publicaba una crónica teatral. La noche anterior al atentado había asistido a la representación de La Noche de los Reyes de Shakespeare, y después de la función había escrito, rien de ce qui est n’est, es decir, nada de lo que es, es… o como decía nuestro Calderón del alma, …y los sueños, sueños son…  Era la mañana del 7 de enero de 2015, una masacre en plena conferencia de redacción, por haberse atrevido a publicar unas caricaturas del profeta del Islam. Lo impensable había ocurrido, asesinaron a los principales caricaturistas de Francia: Wolinski, Cabu, y otros periodistas importantes. Crimen contra inocentes perpetrado con la anatema del nombre de Dios. 

Esta semana el crítico publica un libro sobre este atentado al que sobrevivió milagrosamente, así como la narración de su largo proceso de recuperación: Le Lambeau (El colgajo) es el título del libro en donde narra ese momento, con su antes y después. Más de 14 operaciones para repararle la mandíbula, reintegrarle su máscara-rostro (porque comprobó que nuestra cara no es sino la efigie con la que transcurrimos por la vida), y dos años en el hospital.  

El crítico de teatro vivió el atentado como si fuera un acto teatral grotesco, ridículo, peligroso. ¿Farsa o tragedia? Porque algo le hace sentir que debe hacerse el muerto para sobrevivir, tras haber recibido, sin sentirlo, sin conciencia ni dolor,  tres balas, “la particular ficción que es el brutal exceso de realidad” nos dice. Y una teatralidad de caricatura, como pieza sanguinolenta en el que los malos son fantoches armados movidos por designios malignos y las víctimas ahogadas en su sangre, su talento y su experiencia. El mal representado en pantalones negros que el herido a muerte vislumbraba agónico por debajo de la mesa, como se asiste a la puesta en escena sangrienta en el que el espectador es la víctima propiciatoria.

Lo que me interesa en este relato de supervivencia en donde el personaje Philippe Lançon muere para revivir más tarde, (cuando yacía bañado en su propia sangre bajo la mesa de trabajo de la redacción), es la teatralidad de una horrenda realidad. Hasta en su rostro desfigurado que se convierte en una máscara que se reconstruye con otras partes de su cuerpo, máscara de la que sólo queda el original de los ojos y la mirada. El horror vivido con la distancia del acto teatral.  

Artaud nos dice en el Teatro de la Crueldad, ensayo del Teatro y su Doble, que el teatro representa mejor la violencia que el propio acto violento en la realidad. La ejecución del atentado es absurda, con su Alá Akbar murmurado por los dos asesinos tras cada infame disparo, tras cada asesinato, invocando a Dios en la vileza, momentos que a Lançon le parecen un sinsentido grotesco. Teatral y vil la mención a Dios después de cada disparo. 

Sobreviviente de la tragedia, nuestro crítico teatral reconoce el inmenso garabato de la violencia. Y cómo, a partir de ese momento es otro, uno antes de la terrible prueba, frívolo y melindroso, con sus pequeños conceptos de bien comido, otro al contacto de esa realidad de la violencia. Entrar al mundo de la tragedia para salir siendo otro: así es el verdadero Teatro, en donde nada de lo que es, es y soñamos como vivimos o vivimos como soñamos.    

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