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Dom, Ago

Y no es coña | Carlos Gil

Recibí una alerta de una cadena de radio dos minutos antes de entrar a ver una representación de la Muestra de Teatro de Autores españoles contemporáneos de Alicante, advirtiendo de unas explosiones en París. No espero a las indicaciones, yo cierro mi teléfono, en el peor de los caso lo pongo en modo avión. Es decir hasta que no acabó, no empecé a saber del calibre de la tragedia. En el teatro había franceses, un traductor y una investigadora que recibieron la noticia con estupor. También otras personas que tienen familiares directos en París. Y casi todos tenemos amigos.

La noche fue larga, el dolor, la incomprensión, la secuenciación de las noticias que iban agrandando la dimensión del acto violento, los pocos matices de los primeros momentos. Recuerdo tomar decisiones evasivas: vamos a seguir viviendo fue la consigna de urgencia. Y entre las muchas maneras de analizar desde la impresión lo sucedido, sus consecuencias sus posibles motivaciones, un pensamiento reiterado: qué hace la cultura, el arte, el teatro ante estas situaciones de violencia extrema, de una guerra difusa tan cargada de connotaciones y tan manipulada semánticamente.

Yo escribo para el episódico GARA un artículo diario desde hace más de treinta años y he vivido circunstancias similares o de mayor repercusión mediática, o de mayor trascendencia por cercanía o localización de los acontecimientos, y siempre me ha sucedido lo mismo: bloqueo, las imágenes se superponen, hay que medir las palabras, encapsular los sentimientos en paquetes verbales que no reproduzcan la tensión más allá de lo primario y ineludible. Pero el teatro no es una expresión de urgencia, no tiene por qué dar constancia de temporalidad y ubicación concreta. Todo el arte tiene otra función más reparadora, más concienciadora, no exenta de sentimientos, pero sí de respuesta de emergencia.

Además, un periódico, una radio, un canal televisivo afecta inmediatamente a decenas de miles de personas, quizás millones, en cambio el teatro interviene en el plano corto, en la permeabilización minoritaria, de cien en cien, acaso quinientos de golpe, y sin embargo pensamos que nuestra capacidad de intervención es superlativa. Probablemente tiene más calado, pero entre otras muchas de las reflexiones y dudas que siempre me atrapan en estos momentos, está el de hacer un ejercicio de aproximación real a la auténtica incidencia del arte y específicamente del teatro o la danza, no sea que lo hayamos sobredimensionado sin ninguna comprobación medianamente científica.

Mi comunicación con mis semejantes en las redes sociales es profesional. Pongamos que el noventa por ciento de mis "amigos y seguidores" son gente del periodismo o las artes escénicas. El resto familiares y amigos de siempre. Me conmueve el seguidismo en el que caemos, cómo repetimos consignas, frases, conceptos de manera gregaria. De repente es la bandera francesa la que vela las caras de casi todos. Es un acto solidario, de buena voluntad. Fruto del impacto de esta guerra publicitaria a base de muertes que estamos sufriendo todos y nos obnubila.

Quienes tenemos incapacidad para identificarnos con banderas, estos actos nos disparan una actitud defensiva, el escepticismo en sangre crece y nos intoxica casi todos los gestos y pensamientos. No recriminamos nada a nadie, simplemente pedimos atención a las gestualidades sobreactuadas.

Por eso cuando en el Teatro Principal de Alicante, el sábado pasado antes de empezar la función se recordó a las víctimas de la masacre parisina y se pidió al público allí presente que se levantara para escuchar el himno francés, sentí un dolor añadido, una vaga sensación de que nunca acabarán los conflictos armados, las guerras. Imposible ponerme en pie. La inmensa mayoría se levantó. Desde mi butaca vislumbré a dos personas sentadas y estupefactas como yo. Después me confió la investigadora francesa que ella tampoco se había levantado de su asiento.

Frente al himno cuya letra seguro no conocía la inmensa mayoría de las personas que se pusieron en pie me sonaba en mi cabeza una canción de Georges Brassens. Por eso tengo tan mal reputación.