Sidebar

15
Vie, Nov

Y no es coña | Carlos Gil

El madrileño barrio de Lavapiés vuelve a ser noticia teatral porque le han cambiado el nombre a una sala (Triángulo) que lleva años, décadas, estando ahí, en su mismo lugar, en el mismo barrio, haciendo la programación que le ha ido permitiendo las circunstancias hasta este traspaso que se ha convertido en una curiosa noticia, simplemente porque al frente del nuevo proyecto está un buen comunicador, Alberto San Juan.

Lo cierto es que Lavapiés, es un barrio teatral en pleno auge. Juan Diego Botto se ha hecho cargo de la programación de la Sala Mirador, donde se destetó teatralmente, y ahora la gestiona. Pero hay varias salas más que tienen al frente profesionales de larga trayectoria, no tan mediáticos, pero que realizan una labor imprescindible. Lo mismo que las dos salas institucionales del Centro Dramático Nacional, El Circo Price, La Casa Encendida y las numerosas escuelas vinculadas a las salas o independientes. Y la única librería teatral actualmente existente, Yorick.

Es decir, merece la pena Lavapiés como centro cultural global. Como lugar de referencia sobre un teatro que está acosado por las instituciones, pero defendido por sus colectividades más activas de manera incondicional. Y es en los barrios donde proliferan estas salas por cuestiones económicas, principalmente. A unos metros de Lavapiés, en la zona de Embajadores hay más de media docena de salas de toda la vida, Cuarta Pared o recién abiertas, creando otro espacio teatralmente imponente. Los alquileres son todavía asequibles en ciertas zonas de las grandes capitales. Las reglamentaciones y leyes de policía de espectáculos son la gran amenaza. La no existencia. O la interpretación arbitraria que se puede hacer de los vacíos legales existentes. De seguir en este progreso, Madrid, va a estar irreconocible en unos años.

Escribimos esto desde Buenos Aires, donde hemos ido a ver espectáculos a salas por diferentes barrios, todas ellas dotadas de los medios suficientes para propuestas que no requieran de gran aparataje escenográfico, pero que amparan unas programaciones realmente significativas por su calidad, por ser el vivero de nuevos autores, pero también de compañías de larga trayectoria. Y lo más importante, en nuestra experiencia veraniega, en todos los casos con una gran afluencia de públicos, en algún caso, con lleno total. Una ruta por salas de barrio que pueden ser el contrapeso a la centralidad de la calle Corrientes y sus teatros más institucionales y sus programaciones más comerciales.

Pero de nuestra experiencia porteña, lo que realmente nos interesó como una línea socio-política a seguir con atención es la sala del Grupo de Teatro Catalinas Sur, El Galpón de Catalinas, en La Boca, un barrio cuyas poblaciones tienen problemas de toda índole, una experiencia de treinta años de un Teatro Comunitario. Un teatro comprometido con la realidad, que es usado como una fuerza expresiva, vindicativa, de implicación individual con una colectividad concreta y que canalizan sus energías a través de un arte socializado.

Vimos un gran espectáculo, "Carpa Quemada", con más de cincuenta actores y músicos, una epopeya popular, una mirada a la historia de Argentina contada por una legión de payasos, un teatro formalmente expansivo, épico, muy crítico con la historia oficial. Los actores son vecinos, son aficionados que reciben formación teatral continuada durante años y que se comprometen con actitud profesional y exigencia artística en sus actuaciones, en algunos casos de un alto nivel de calidad, y en su conjunto con esa fuerza de lo colectivo, de lo orgánico, de lo hecho con el corazón y la razón ética y política que trasciende socialmente.

Estamos hablando de una utopía  forjada por Adhemar Bianchi y su equipo que dura 30 años. Una idea de lo que puede llegar a ser el Teatro. Un Teatro de barrio, auténticamente surgido de su entrañas, no colonizado desde el diletantismo. Teatro político en su concepción más noble. Una experiencia a estudiar, ayudar y diseminar, pero desde la verdad, no desde la mímesis y la postura fotogénica.

Nos ha tocado profundamente esta experiencia, algo importante, una manera de hacer del Teatro una herramienta de integración y concienciación colectiva. Y con sus armas propias, texto, música, movimientos, actuación, arte. ARTE comunitario, al servicio del barrio, del pueblo.