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Lun, Jun

Long Day's Journey Into Night

Alejandro Varderi analiza la temporada teatral neoyorquina en esta crónica titulada "Encuentros y desencuentros de unas jornadas siempre inquietantes".

 

La primera parte del año culminó con la ceremonia de los premios Tony, en su 72 entrega durante el mes de junio, recompensando las obras y musicales que hacen de Broadway el centro de las fastuosas producciones norteamericanas. ‘Harry Potter and the Cursed Child’, como mejor obra original, ‘Angels in America’, como mejor reposición, ‘The Band’s Visit’, como el mejor musical y ‘Once on this Island’, como la mejor reposición de un musical, se llevaron las preciadas estatuillas, en medio de las polémicas concernientes a la mercantilización del teatro que se presenta en esta zona de Manhattan.

De hecho, todos los nuevos musicales nominados se basaron en films y, menos el ganador, estos provenían de la fábrica hollywoodense, caracterizada por sus enormes presupuestos, la banalidad de los temas y su deseo de satisfacer al gran público. Ello se explica por el hecho de que los astronómicos precios de las entradas, solo se costean atrayendo a los multitudinarios contingentes de turistas, ávidos por ver sobre la escena lo que les entusiasmó en la gran pantalla.

‘The Band’s Visit’, sin embargo, se basó en una película poco conocida, manifestando la resistencia de Broadway a premiar el teatro exclusivamente comercial, donde una banda musical egipcia llega accidentalmente a un ficticio pueblo israelita y logra limar, las asperezas existentes entre ambas naciones. La mejora momentánea de las relaciones árabe-israelíes tuvo, en su versión musical, el añadido de una elegante producción que también resultó premiada y que, sin duda, sedujo a un público poco interesado en el film, logrando hacerse con 10 premios Tony.

El minimalismo de la puesta en escena enfatizó la intimidad de los caracteres, descubriendo y descubriéndose, más allá de los conceptos aprendidos y la presión social queriendo separar en lugar de unir. La relación amistosa entre Tony Shalhoub, Tony al mejor actor en un musical, como el director egipcio de la banda, y Katrina Lenk, Tony a la mejor actriz en un musical, como la dueña israelí del café donde llega la orquesta, permitió a la audiencia explorar la psicología de dos pueblos con una historia compartida, más allá de los odios y la violencia que desgarran hoy a Oriente Medio. En palabras de Itamar Moses, Tony al mejor libreto: “creo que no debemos temer a la diferencia. Y, a través de esta historia, observamos que paradójicamente podemos vernos reflejados en el otro, el extranjero. Evadir a ese extranjero que hay en nosotros implica darle la espalda al conocimiento y la aceptación de nosotros mismos”.

‘Harry Potter and the Cursed Child’, por su parte, fue coescrita por la autora de la popular saga y estrenada en el West End londinense, pasando luego a Nueva York donde ha obtenido 6 premios Tony. El costo de la ambiciosa producción fue de 68 millones de dólares, siendo hasta el momento la obra teatral más cara de la historia de Broadway. Los ingeniosos dispositivos ideados para reproducir el mágico mundo de las películas basadas en los libros de J.K. Rowling, fueron lo que, más allá de la actuación, atrapó definitivamente a la audiencia, en su mayoría compuesta por fans del imperio Potter. De hecho, para un espectador poco avezado en los laberintos de la épica del personaje, el guion puede parecer obtuso, pues contiene múltiples referencias a los textos y películas que han hecho multimillonaria a la escritora. Una capa más de sinsentido que sumar al género dramático, volviéndose repentinamente ininteligible para quienes no hayan visto previamente los films que, en el caso de este desarrollo específico de los libros de Rowling, está siendo ahora negociado con Hollywood, a fin de seguir explotando la jugosa mina de oro en la cual se ha convertido la serie sobre Harry Potter.

Estrenado en 1990, ‘Once on this Island’, puso la nota étnica de los premios Tony, al inspirarse en leyendas antillanas, sincretizando los cultos africanos e indígenas. Esta nueva versión, contó con una elaborada producción y la actuación de Lea Salonga, quien saltó a la fama con ‘Miss Saigon’ a fines de los años ochenta. El estilo realista del libreto sirvió de contrapunto a la poética puesta en escena que enfatizó el mestizaje racial y la construcción de una sociedad más inclusiva, donde el color de la piel no sea un hándicap sino un motivo de orgullo, a fin de desafiar la intolerancia creciente en nuestra contemporaneidad.

Un escenario deslastrado de efectos especiales, permitió apreciar la rica gama de matices histriónicos y rítmicos, aunando el calipso a los ritmos caribeños y africanos para crear un sensible tapiz de referencias, no exentas de actualidad, especialmente cuando la mayoría de los países que componen el archipiélago siguen sometidos al neocolonialismo o a las interminables autocracias. Las supersticiones nativas y las brutales realidades de un mundo dividido por la intransigencia y el clasismo, constituyeron el sustrato de las mágicas leyendas, no al estilo de los mundos ocultos de ‘Harry Potter’, sino de los mitos fundacionales de donde emergió el mestizaje y la formación de las sociedades americanas.

‘Angels in America’, igualmente afrontó los cánones prestablecidos, mostrándonos el lado compasivo de la naturaleza humana. Escrita durante los años duros de la crisis del sida, esta obra alegoriza las distintas reacciones de la gente en momentos donde se pierde la esperanza por un mejor futuro. Crear conciencia y pelear contra el fanatismo de quienes controlan, deciden e imponen, se constituye en el fin último de la pieza. De acuerdo a Marianne Elliot, quien dirigió esta versión de la obra de Tony Kushner, “lo importante es mostrar la erosión del entorno y, en especial, de las ilusiones en tiempos difíciles”.

La producción enfatizó la brecha entre realidad y sueño, mediante un conjunto de compartimientos aislados, dentro de los cuales se desarrollaban las distintas tramas, y una iluminación puesta a resaltar la soledad de los personajes. El poderoso trabajo actoral, donde destacó Nathan Lane, Tony a la mejor actuación dramática, permitió a la audiencia adentrarse en la psicología de los caracteres, al tiempo que abrió una ventana hacia el entendimiento, el respeto y la aceptación del otro, ahora cuando la solidaridad escasea y los países tienden a cerrarse sobre sí mismos.

Glenda Jackson, la polémica y elusiva actriz británica y parlamentaria del Partido Laborista inglés, por más de tres décadas alejada de las tablas, volvió a la escena neoyorkina con la reposición de ‘Three Tall Women’ de Edward Albee, en una memorable actuación que le valió el Tony a la mejor actriz. El rol de una mujer amargada por el paso de los años, el recuerdo de la felicidad perdida, el fracaso matrimonial y la desilusión de tener un hijo gay, espejean a la madre adoptiva del dramaturgo, a quien Jackson logró retratar con toda la acidez y agudeza que la caracterizan.

El choque emocional entre Jackson y su cuidadora, interpretada con gusto por Laurie Metclaf, Tony a la mejor actriz secundaria, se creció en el segundo acto de la pieza, cuando los restantes personajes se transforman en facetas de la gran dama, a la cual no quieren parecerse si les llega el turno de envejecer. Joe Mantello, dirigió con tino esta producción, rescatando el gran potencial de Jackson quien, sin embargo, no opacó los múltiples matices de las otras dos mujeres en esta perspicaz elegía a la vida y sus múltiples meandros. De hecho Glenda Jackson regresará el próximo año a Broadway, retomando el papel de ‘King Lear’, que le valió varios premios de actuación en el Old Vic de Bristol hace un par de años y, probablemente, vuelva a coronarla en la meca del teatro norteamericano.

Otra producción del atormentado personaje shakesperiano arribó a la estación teatral neoyorkina, en la producción del Royal Shakespeare dirigida por Gregory Doran. El laureado actor británico Antony Sher, realizó un extraordinario tour de force sobre las tablas del Harvey Theater de la Brooklyn Academy of Music (BAM), mostrando a la audiencia las diversas capas de sentido y lo poético del texto, además de rescatar para esta contemporaneidad lo intrincado del chantaje emocional de Lear hacia sus tres hijas. Probar la fortaleza de los afectos se constituye en el fin último de la obra, tejiendo el director un ambiente de gran intimidad entre Lear y los demás personajes, aún en medio de la violencia de las pasiones y la mortífera ambición de poder donde se sumergen.

Todo ello respaldado por una ajustada mise-en-scène y una iluminación que resaltó la riqueza de los ocres y dorados, dables de encuadrar sobriamente el estallido de rencores, luchas, asesinatos y componendas, que la locura del rey produce entre sus súbditos y allegados, haciéndole justicia al poder del bardo universal para sacudir a la audiencia. Según el director, “la relevancia de Shakespeare reside en su acertada visión de la naturaleza humana, vista en trescientos sesenta grados, utilizando el medio teatral para motivar la imaginación y desafiar el intelecto del espectador”.

Otra pieza que también profundiza en las inadecuaciones y miserias del ser individual y colectivo es ‘Long Day’s Journey Into Night’ de Eugene O’Neill. Esta subversiva obra llegó a BAM de la mano del Old Vic bajo la dirección de Richard Eyre, con Jeremy Irons (James) y Lesley Manville (Mary), como el matrimonio que se desintegra por culpa de las adicciones de Mary y el egoísmo de James. La excelente actuación de estos dos veteranos de la escena y la pantalla, se complementó con el atinado desempeño de Matthew Beard (Edmund), como el hijo afectado de tuberculosis, y Rory Keenan (James Jr.), el primogénito, cuya mediocridad a ojos del padre le lleva al alcoholismo.

La autodestrucción de los distintos caracteres, a lo largo de este largo viaje del día hacia la noche, contó igualmente con una acertada puesta en escena, puntuada por un enorme ventanal que aislaba y a la vez exponía las consecuencias de los males internos y los temores externos de los protagonistas, centrando el angustioso paso de las horas y el oscurecimiento de los anhelos por un mejor futuro.
El importante aspecto autobiográfico del texto quedó inscrito en el acertado manejo de los actores por parte del director quien buscó, en sus palabras, “mostrar los diferentes ángulos no solo de los personajes sino de las historias” que, como cajas concéntricas, se insertan una en la otra, revelando el amplio tapiz de trastornos, impresiones y desconciertos propios de la existencia; especialmente cuando esta se percibe como un doloroso recorrido donde los obstáculos parecen insalvables.

El Mali Drama Theatre de San Petersburgo se hizo con esta premisa en su versión de ‘Love and Intrigue’ de Friedrich Schiller para el Harvey Theater de Brooklyn. Aquí el enfrentamiento entre padre e hijo, por el derecho de este a escoger a una pareja muy alejada de las intrigas del padre, calca la tragedia de los amantes shakesperianos y, como Romeo y Julieta, también ellos morirán por amor, aunque no sin antes denunciar los males de la sociedad de su tiempo.

Escrita durante la Ilustración, la obra se ajusta a los preceptos filosóficos del Siglo de las Luces, anteponiendo el conocimiento y la razón a las emociones, si bien los héroes de la pieza acabarán sucumbiendo al romanticismo, como reacción contra el racionalismo imperante. En la dirección de Lev Dodin, alterar el orden redundó en un canto a la libertad de las acciones y los sentimientos, llevando a los caracteres a parodiar, mediante la danza y la gestualidad exagerada, las imposiciones del aristocrático entorno a fin de salvar las diferencias de clase.

Un escenario que fue llenándose de mesas, manteles, candelabros, copas, cubiertos y viandas, en tanto iba desarrollándose la acción, alegorizó los pormenores del festín que, sin embargo, quedará frío, pues nadie disfrutará de sus excesos. Ello, igualmente, como una crítica a la contemporaneidad, donde el abismo entre riqueza y pobreza, conocimiento e ignorancia, tolerancia y fanatismo se abre cada vez más y amenaza con engullir a nuestras sociedades. De ahí que las palabras del mismo Schiller sigan teniendo eco en este difícil presente: “Nuestra era es la de la razón… ¿Por qué, entonces, todavía vivimos sumidos en la barbarie?”.

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Querido lector, quisiera contarte aquí cómo nació la idea de este libro porque el origen, como sabes, es al mismo tiempo, el inicio y el fundamento. A fines del siglo pasado, estábamos sorprendidos de que nuestro libro El arte secreto del actor. Diccionario de antropología teatral –publicado por primera vez en 1983– continuara siendo editado y traducido en diferentes idiomas. Probablemente resultó eficaz su fórmula simple en la que textos e imágenes tienen la misma importancia, y uno constantemente remite al otro; las ilustraciones se volvían protagonistas para sostener un nuevo campo de estudios, la antropología teatral ideada por Eugenio. Si como estudioso del teatro yo había colaborado con la antropología teatral, ahora le pedía a Eugenio su participación en la vertiente de la Historia, con un libro que imaginábamos como un complemento del precedente. Aun teniendo que decidir toda la organización del libro, me respondió que era una buena idea y me propuso que los argumentos giraran en torno a las técnicas, nunca lo suficientemente estudiadas, de los actores.
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