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Dom, Jul

The Inheritance - Foto Sara Krulwich

Muchas y variadas son las propuestas que los teatros neoyorkinos ofrecen a un público cada vez más exigente, tanto en los teatros de Broadway como en otros espacios no menos interesantes como The Armory y The Brooklyn Academy of Music (BAM). En todos, las dinámicas han girado en torno a temas siempre actuales, dables de recuperar otras épocas y formas de vivir para constituir el sustrato de un presente cada vez más escindido.

 

Este ha sido el caso de ‘The Inheritance’ de Matthew López para el Ethel Barrymore Theater de Broadway, acerca de las experiencias de tres generaciones de hombres gay, en busca de un pasado común inspirado en la vida y novelas de E. M. Forster. De hecho, el autor aparece como personaje dentro de la obra cual figura pionera de un estilo de vida para entonces penado con cárcel y ruina social, cual lo demuestra la caída de figuras tan importantes como Oscar Wilde.

Esta pieza, que obtuvo en Londres el premio Olivier a la mejor obra original, se constituye en un tour de force de 6 horas de duración y va construyendo un amplio fresco del mundo homosexual, tomando Nueva York como punto de partida. Allí confluyen jóvenes y viejos, espectros y sobrevivientes, ricos y pobres, exitosos y fracasados; a cada uno le toca su momento para contar y contarse, preguntar y preguntarse. Dirigida con tino y sensibilidad por Stephen Daldry, la obra busca poner en perspectiva la herencia que ha permitido a las nuevas generaciones de homosexuales tener una manera más libre de vivir. Algo que costó muchas luchas y sacrificios por parte de pioneros como el mismo Forster, y que hoy los movimientos neoconservadores, ultranacionalistas y supremacistas asedian y acosan para volver al oscurantismo. Ello, por supuesto, refiriéndonos al mundo occidental desarrollado, ya que en muchos puntos del planeta otros estilos de vida pueden llevar a la tortura, la cárcel e incluso la muerte.

Una escenografía minimalista constituida por varias plataformas escalonadas actuó como un conjunto de mini escenarios donde las distintas viñetas podían yuxtaponerse o desarrollarse juntas o separadamente, dependiendo de las temáticas: desde las persecuciones del siglo XIX, pasando por la existencia de una vida gay clandestina en las primeras décadas del siglo XX, los movimientos contraculturales de los años sesenta que les dieron visibilidad a los homosexuales, la crisis del sida de las últimas décadas del pasado siglo, hasta la normalización de la diferencia en lo que va de milenio.

Otras normalizaciones tuvieron eco en una nueva versión de ‘To Kill a Mockingbird’ —la icónica novela de Harper Lee llevada a la pantalla por Robert Mulligan con Gregory Peck en su mejor papel— para el Shubert Theater de Broadway, adaptada por Aaron Sorkin y dirigida por Bartlett Sher. Jeff Daniels como Atticus Finch, el abogado que se enfrentará al racismo sureño para defender a un hombre negro acusado falsamente de abusar de una mujer blanca, logró balancear los sentimientos encontrados de los personajes, a lo largo de la línea divisoria racial, pudiendo extraer lo mejor y lo peor de los distintos caracteres, siempre actuales en Estados Unidos donde el color de la piel todavía es un factor importante para alcanzar el éxito profesional y social.

La obra giró en torno al juicio y se devolvió a distintos momentos de la vida de los personajes, alterando la estructura de la novela a fin de dinamizar los contenidos y actualizar el debate racial. Los raccontos al pasado presentaron a los distintos caracteres y estructuraron la dinámica entre ellos, extrapolando el director episodios recientes de racismo, a fin de mostrar lo poco que el país ha avanzado en términos de igualdad entre sus ciudadanos. En palabras de Sher, nominado 8 veces para los premios Tony: “Como director debí sumergirme en el período histórico de la novela para entender cómo era la vida en la segregada Alabama de 1934. Traté de recrear sobre la escena una especie de puente que me permitiera regresar a aquel mundo y lo que él significaba. Ello, manteniendo suficientemente las metáforas e ideas del libro que el espectador siente resonar en su imaginario”.

“Yo era culpable desde el momento en que me acusaron”, asienta Tom (Gbenga Akinnagbe), el hombre que está siendo juzgado, a fin de enfatizar la extensión de los prejuicios de la gente, resonando también en nuestro imaginario más de ocho décadas después. “Tenemos que curar esta herida o, de lo contrario, nunca dejaremos de sangrar”, advierte Atticus, a fin de recalcar los grandes obstáculos para lograr la plena integración racial. Algo que, con el actual presidente, se hace mucho más difícil de alcanzar, pues su incendiario discurso ha incrementado aún más las intolerancias, dividiendo profundamente a la sociedad norteamericana.

La producción de ‘Antigone’ para la Park Avenue Armory, dirigida por Satoshi Miyagi, centró la violencia, traiciones y venganzas familiares, espejeando los traumas contemporáneos; si bien la mágica producción, cercana en sus gestos y movimientos al teatro Noh, trajo un grácil elemento plástico al desarrollo teatral suavizando la fuerza de las pasiones. Un extenso lago artificial apuntalado por rocas, donde unos caracteres recitaban los parlamentos mientras otros reproducían el texto a través del movimiento, creaó una doble lectura, en la cual el espectador participó de la calidad hipnótica de gestos y voces.

La historia de una joven que arriesga su vida para desafiar el poder de un rey desequilibrado resonó en nuestro presente mediante las experiencias de tantas mujeres sufriendo hoy los abusos de lo masculino. En la dirección de Satoshi Miyagi, quien ha llevado a la escena otras tragedias clásicas como ‘Elektra’ y ‘Medea’, esta realidad estuvo representada por el conjunto de actores moviéndose al unísono sobre la escena, a fin de hacer patente la solidaridad con quienes experimentan la opresión y las humillaciones pero carecen de voz para expresarlas.

Lo contemplativo del teatro Noh y el minimalismo gestual propio del mismo acercaron al espectador a la tragedia, permitiéndole visualizarla, no obstante, con la calma interior del teatro clásico japonés, en el espectro opuesto al griego; si bien bajo la aparente tranquilidad las pasiones bullían con idéntica fuerza. Ello acercó más la producción a la filosofía budista, donde las almas de los muertos deben ser contempladas sin amarguras ni rencores, y quedó registrado en la pieza a través de la figura de un sacerdote, quien va guiándolas serenamente a través de las aguas en su ruta hacia el más allá.

‘Medea’ tuvo también un papel estelar en la temporada neoyorkina, con la producción de BAM y el Internationaal Theater Amsterdam, dirigida por Simon Stone, quien también presentó hace un tiempo su aclamada versión de ‘Yerma’ de Federico García Lorca. Una puesta en escena actual, donde las cámaras de filmación, los artilugios móviles y las pantallas de vídeo en las cuales se reflejaba a gran escala lo que los actores realizaban sobre las tablas dominaron el espacio, le dio agilidad y ritmo a este otro drama clásico en que el poder de lo femenino acaba destruyendo lo más amado.

Anna (Rose Byrne) y Lucas (Bobby Cannavale) fueron los nombres asignados a los protagonistas, enfatizando el carácter contemporáneo de esta versión escrita por el mismo Simon Stone, lo cual le dio homogeneidad al desarrollo de la historia. Los hijos de la pareja tuvieron aquí un papel preponderante, pues fue a través de ellos como quedaron al descubierto las inadecuaciones del padre y los desequilibrios de la madre. Incluso la filmación en vivo de los encuentros y desencuentros de sus progenitores quedó bajo su responsabilidad, lo cual hizo más trágico el desenlace al haber ellos tenido un rol activo en el mismo.

La fuerte iluminación, cubriendo la escena de un blanco impoluto, transformó el espacio en un aséptico laboratorio donde Anna y Lucas, científicos e investigadores en esta producción, fueron diseccionando su relación, en cuyos parámetros el público pudo encontrar puntos de contacto con su propia realidad; pues bajo la aparente normalidad se fueron conformando las pasiones encontradas, tal cual ocurre en la vida real. “Me interesa crear material para magnos e intensos performances que dejan una marca en el alma”, apuntó el director, reiterando su compromiso con la verdad y la justicia poética en un mundo cada vez más alejando de las cosas del alma.

‘Porgy & Bess’, la icónica ópera teatral de George Gershwin, llegó a Nueva York en una ajustada producción del Metropolitan Opera, avivando el debate acerca del lugar de la población afroamericana dentro de la sociedad norteamericana. La producción original abrió en un teatro de Broadway pues el autor quería “desarrollar algo en la música americana que atrajera a la gran mayoría y no a las élites culturales solamente”, en una época cuando los grandes teatros operísticos eran poco frecuentados por el público en general.

En esta ocasión el Met creó un espacio abierto e inclusivo, concebido en varios niveles, donde cantantes, actores y bailarines pudieron interactuar y traer a un primer plano sus problemas, alegrías y luchas. Una realidad que si bien hoy es ampliamente conocida, en la década de los treinta, donde igualmente tiene lugar ‘To Kill a Mockingbird’, estaba teñida del racismo y la intolerancia propios de la ignorancia y el temor al otro.

La fuerza de las voces, el ambiente de grandiosidad que la iluminación enfatizó con el uso de una paleta puesta a llevar la escena al hiperreal, el contagioso ritmo de la música y los bailes, hicieron plena justicia a esta magna obra de Gershwin, incomprendida o minimizada en el pasado pero muy actual hoy, cuando muchas voces se alzan reclamando justicia, integración y oportunidades para la gente de color, en una contemporaneidad donde la diferencia exige ser respetada y aceptada por todos.

Alejandro Varderi

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