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04
Mar, Ago

Foro fugaz | Enrique Atonal

El teatro es un espectáculo en tres dimensiones, (x,y,z según las leyes de le geometría), y en sus mejores momentos, cuando acierta en sus búsquedas, se acerca a la cuarta dimensión, es decir lo inmaterial, lo desconocido, aquello que está más allá de la frontera de la realidad: son los fantasmas de Shakespeare, los ritos chamánicos del ruso Anatoli Vassiliev, la búsqueda de la verdad de Peter Brook, el trabajo sobre el inconsciente del actor en el teatro ceremonial de Jerzy Grotowski, el Camino de la Flor del teatro Kabuki, y tantas experiencias teatrales que dejan una huella en nuestra memoria, consciente e inconsciente. El verdadero teatro tiende a la cuarta dimensión. 

 

Vassiliev dijo en su mensaje para el día del teatro en 2016, en el que se preguntaba: ¿Necesitamos el teatro? ¿Por qué?: 

Porque el teatro puede decirnos todo. 

El cómo los dioses habitan en el cielo, 

el cómo los presos languidecen en cuevas olvidadas bajo la tierra, 

el cómo la pasión nos puede elevar, 

el cómo el amor nos puede arruinar, 

el cómo nadie necesita una buena persona en este mundo, 

el cómo reina el engaño, 

el cómo la gente vive en departamentos, mientras que los niños se marchitan en campos de refugiados y todos tienen que volver de nuevo al desierto, 

el cómo día tras día nos vemos obligados a desprendernos de nuestros seres queridos. 

El teatro siempre ha sido y seguirá siendo por siempre. 

Y ahora, en estos últimos cincuenta o setenta años, es particularmente necesario. Porque si echas un vistazo a todas las artes públicas, se puede ver de inmediato que sólo el teatro nos da una palabra de boca en boca, una mirada de ojo a ojo, un gesto de mano en mano y de cuerpo a cuerpo. 

En cambio el teatro que tiende a dos dimensiones es un teatro amputado, limitado, sin profundidad. En su versión más generosa se presenta en un foro a la italiana, escena y platea frente a frente. En su versión más pobre es la obra captada para difundirse en televisión, o peor aun, el teatro difundido en directo en una sala de cine, como ocurre muchas veces en Francia, con las representaciones a distancia de la Comedia Francesa o de la Ópera de París. 

Esta modalidad, teatro en pantalla, se ha puesto de moda debido al confinamiento colectivo impuesto por la epidemia actual, pero está hecha para un registro sin alma, captura esquemática de lo que es una puesta en escena, archivo de una creación efímera. 

En el nacimiento del cine los directores de mayor talento gritaron con fuerza: ¡El cine no es teatro filmado! Y tenían razón. Pues ahora nosotros debemos gritar: ¡El verdadero teatro ocurre en un espacio en tres dimensiones, y respira en conjunto con su público! 

El teatro es rito, en un espacio dado ocurre una evocación fuera del tiempo, tragedia griega de hace 2500 años, o el drama fársico presentado con temas de hoy. Porque una ceremonia siempre es teatral: pienso en un rito Vudú, con sus semidioses poseyendo a los oficiantes; pienso en cualquier boda, entierro o misa, filmados de cierta manera pueden tener un lejano sentido dramático o testimonial, pero cuando asistimos al acto el impacto es otro, participamos en el rito, somos parte de la acción. 

El teatro es ceremonia, aunque sea burlesca… Pienso en el circo y su noción de riesgo compartido, pienso en la danza y las experiencias en múltiples espacios como colmena, y pienso en la carpa cuyo aliento cómico nos sacude, en escenarios callejeros, que transforman las noches de verano en fiesta. 

Recuerdo al espectro del padre de Hamlet sobre un caballo blanco, en la puesta en escena de Patrice Chéreau en el Palacio Papal de Aviñón. Su galopar en la madera del foro era un llamado a otras potencias que se manifestaban ahí, en ese momento, sin interferencia… Pienso en el zapateado del flamenco, en el sudor de la bailarina que cae como una perla sobre el templete, en el carraspeo del cantor que ha desgarrado la noche… Si se filma ¿tiene sentido? Si se vive, es una experiencia única. Veo en los conciertos miles de manos alzadas con un celular tratando de atrapar lo inatrapable: ni participan en el rito, ni captan lo que deberían captar. Engaño, espejismo de lo inasible, reducción a dos planos. 

Porque en el teatro, en las artes escénicas se manifiesta lo inatrapable, en ese jadeo íntimo del actor-oficiante hay una raíz cósmica… en ese juego de luces y sombras, en las palabras proferidas con cierto sentido, en el espacio sacralizado del escenario. 

El verdadero teatro tiende a la cuarta dimensión.   

Cd de México 2020