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" Babel sin interferencias. Todos se entienden, todos quieren entenderse. Todos absortos ante las primeras palabras de Eugenio Barba, ante las técnicas de voz de Julia Vearley. Todos conviviendo en una antigua granja convertida en un espléndido complejo formado por cuatro salas de ensayo y exhibición, las oficinas de administración, el Archivo del Odin, el Centro de Documentación y Estudio, con los espacios necesarios para acoger confortablemente a todos los participantes, procurando la organización crear el ambiente propicio para el trabajo, la comunicación, la convivencia formativa, creativa, casi mágica. "

Carlos Gil (GARA, 16-08-2010). Odin Week Festival, allá donde el teatro se volvió ciencia


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Columnistas
Escrito por Borja Ruiz   
Miércoles, 21 de Octubre de 2009 15:03

Quien hace arte sin esperar una remuneración a cambio suele tener una mirada especial. Es la mirada de la pasión, de la desvergüenza creativa, de la inocencia que ciega el miedo al fracaso, de la voracidad por probar ideas que otros considerarían descabelladas. Es la mirada de quien ve un espacio sin límites en un oficio que tal vez nunca será el suyo.

Cuando se habla de teatro “amateur” cunde el recelo en los profesionales e, incluso, en quienes lo practican con gran dignidad. No es para menos: con el tiempo el concepto ha acumulado adjetivos peyorativos a la misma velocidad que un trasto viejo acumula polvo. La palabra en cuestión es un préstamo del francés, que a su vez deriva de la raíz latina que significa “el que ama”. El origen de la expresión “amateur” nos remite, por tanto, a la pasión inexplicable que moviliza una actividad. En este sentido, todo profesional debería seguir siendo “amateur” para mantener en cocción permanente el ansia por desarrollarse en el oficio que ha escogido. Sin embargo no siempre es así: los años de profesión instauran una inercia de la que es difícil escapar. Llega un momento en que la experiencia deja fósiles, formas que una vez fueron vivas pero que se han anquilosado en clichés y prejuicios creativos, a los que se recurre en una comodidad incómoda. Evitar caer en ella requiere recuperar la pasión original; renovar técnicas, estéticas e inquietudes. Es el momento de desaprender lo aprendido.

Con la particular atmósfera del Oriente tradicional, el relato japonés de la taza vacía ilustra a través de una parábola este aprendizaje paradójico. La narración cuenta el encuentro de un maestro Zen con un guerrero ávido por ampliar su sabiduría. El guerrero se presentó ante el maestro y después de alardear sobre los conocimientos que había adquirido tras largos y arduos años de estudio, se mostró dispuesto a continuar el aprendizaje en su compañía. Ante la ostentación del guerrero, el maestro le invitó a una taza de té. Al servir, premeditadamente siguió vertiendo té sobre la taza del guerrero hasta rebosarla. El guerrero, sorprendido, le llamó la atención por ello, a lo cual el maestro contestó:

“Así como la taza de té, cuando está llena, impide que podamos introducir nuevo líquido; de esa misma manera, tu taza de conocimientos y de experiencias, en estado rebosante, impide que tú puedas construir, sentir e incorporar vivencia o aprendizaje alguno. [...] Si de verdad quieres aprender [...], tendrás primero que vaciar tu taza”.[1]

El teatro “amateur” bien puede ser una taza vacía que guarda la capacidad de llenarse con sustancias inimaginables. Así lo entendieron, al menos, dos grandes maestros del siglo XX como Eugenio Barba o Jacques Copeau que construyeron sus proyectos teatrales intencionadamente con actores no profesionales. Sabían que un nuevo teatro se cimenta no con la comodidad académica de quien cree saber, sino con el riesgo ciego de quien nada sabe pero que todo lo ambiciona. Curiosamente, con el tiempo, volteando la lógica inicial, los teatros de Barba y Copeau se convirtieron en referencia para multitud de profesionales de la escena.

Observado desde este ángulo, el teatro “amateur” debería ser un cúmulo de potencialidades donde lo mejor está siempre por llegar. Algunas veces, no obstante, el potencial queda anulado por la displicencia y la desgana. En estos casos la escasez de recursos suele excusar el mal hacer. Habría que recordar, sin embargo, que “amateur” no significa ser diletante ni es el sello de la chapucería o el descuido. Más bien lo opuesto: la pobreza de medios debería ser un estímulo para enriquecer el rito. Ello significa que tanto quienes organizan y programan como quienes crean deben cumplir unas exigencias mínimas. Hablamos de que cada parte vele para que se cumplan las condiciones horarias, higiénicas, espaciales, acústicas y creativas elementales. En definitiva: cuidar los detalles para que el encuentro entre actor y espectador se dé en una atmósfera sencilla pero artística. De lo contrario ya no estaremos ante un teatro en yema que espera brotar, sino ante un teatro que nace ceniza.

 


[1] Palacios, Juan. El crucigrama. Retos e ideas para desaprender a pensar. Ediciones Díaz de Santos, Madrid, 2005, p. 72-74.

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