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Dom, Ene

Foro fugaz | Enrique Atonal

Palidezcan de envidia teatreros. Aspiren a aquellos tiempos gloriosos cuando una obra, una soirée en un teatro, terciopelo rojo, molduras de oro, era una fiesta, un peldaño hacia la inmortalidad de una noche. Fama inmediata para los autores, actores, productores, seguida de un cruel olvido. El siglo XIX, hoy más lejano que nunca, fue el reino del teatro. En París lo que perdura de aquel esplendor son los teatros: la Comedia Francesa y su gran sala Richelieu, el escenario de la Puerta de Saint Martin, el teatro del Gymnase, el teatro del Odeon, entre otros, herederos de aquel pasado glorioso y decimonónico.

 

Con el final de la Revolución Francesa el teatro fue indispensable y muchas salas fueron construidas. La Revolución había convertido al teatro en Escuela primaria para adultos, y para la entrada del siglo XIX los teatros florecieron tanto en la capital como en provincia. Recordemos que incluso el Marqués de Sade se interesa más al teatro que a cualquier otra afición literaria y que si perduran sus narraciones es por su escándalo sexual y rebeldía filosófica. Tal vez si hubiera puesto el mismo desenfreno para su teatro, en este tiempo seguiría representándose, hipótesis imposible de comprobar.   

Pero regresemos a ese siglo XIX que fue una expansión vertiginosa del teatro y de su principal motor: el dramaturgo. La vida teatral giraba en torno al autor; lo curioso es que de aquel siglo XIX francés, lo que se distingue con mayor fuerza es la novela, ya que los melodramas románticos han pasado de moda. Perduran aquellos autores que se lanzaron con audacia irresponsable a la renovación de la escena, como Alfred Jarry, que en 1890 presenta la obra fundamental del teatro contemporáneo Ubu Rey en donde rompe con todos los paradigmas de ejemplaridad teatral, al iniciar la obra con un categórico MIERDA que escandalizo al público de la época, cuyos únicos excesos eran sentimentales. Jarry también es el creador de la Patafísica definida como la ciencia de las soluciones imaginarias. 

Siglo XIX en el que todos los literatos querían ser dramaturgos porque el dinero circulaba en la escena. Cuando necesitaba liquidez Víctor Hugo escribía una obra que le aportaba capital inmediato, el que se recolectaba cada noche de representación. Igual ocurría con Alexandre Dumas padre que llegó a hacerse millonario con sus obras de teatro y después con sus novelas. Su hijo (que por facilidad llamaremos Alexandre Dumas II) también fue un distinguido dramaturgo, aunque le faltó audacia y sus obras han perdido interés para este tiempo, si acaso perdura La Dama de las Camelias.  

Todo ese furor se desvaneció en el siglo XX. Primero fue el cine y su industria internacional la que apagó los fulgores del dramaturgo y dio dimensión a una nueva figura: el realizador. Después vino la televisión, que introdujo al espectáculo en el ámbito doméstico… finalmente en este nuestro siglo XXI, son las series difundidas por Internet las que han acaparado el capital y el talento. El teatro, los espectáculos escénicos tratan de sobrevivir apoyados en la fuerza del ritual escénico, aunque ahora la moda del streaming, durante los confinamientos, puede significar el fin de cualquier sala, sea, cine, teatro, ópera, ballet… Enclaustrados en nosotros mismos, víctimas de nuestros encierros y de los virus que circulan, el temor substituye al placer de ir al teatro. Sentados ante nuestra pantalla conectada a Internet, vamos dejando poco a poco las salas vacías y nuestros cerebros en el limbo.

París, noviembre de 2020