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Jue, Dic

Y no es coña | Carlos Gil

No son buenas las purezas inmaculadas, y mucho menos en las artes. El mestizaje en todos los órdenes de la expresión artística y de las culturas parece ser una de las fórmulas más adecuadas para no ahogarse en la retórica creativa como fin en sí misma. Aplaudimos todo aquello que indague, que busque, que afronte el choque, el roce, que se mueva en los límites y que provoque preguntas, dudas, incitación a la reflexión más allá y más acá, de la obviedad y del dogma.

Por fin he visto el montaje de La casa de Bernarda Alba de Federico García Lorca con dramaturgia y dirección de Pepa Gamboa y la interpretación de mujeres gitanas que viven en el barrio chabolista sevillano conocido como El Vacie. He presenciado una representación en Bilbao, en una Sala recientemente recuperada para la exhibición pública, con un público selecto, en el sentido de estar toda la prensa especializada, mucha gente de la profesión y una amplia representación de la clase política, con el alcalde de la ciudad al frente. Es decir, se convirtió en un acontecimiento socio-político-cultural, con todas las localidades ocupadas.

Aunque ya se publicó en la sección de opinión de este periódico hace unos meses una crítica firmada por Manuel Sesma que originó una serie de comentarios y debates, de tal forma que tuvimos que salir a defender la libertad de expresión sin ningún género de dudas, ahora colocamos otra crítica sobe la misma obra, como hacemos con tantas otras, para que se pueda leer otra opinión desde el terreno del análisis ajustado a sus valores teatrales, asunto en lo que no insistiré, porque lo que esta obra, este montaje, este fenómeno ha representado, en mi opinión, es una respuesta alternativa al supuesto mercado de la programación y se inscribe en lo que podríamos considerar una de las posibilidades que puede tener todo arte, y en este caso el teatro, como vehículo portador de otras utilidades por un tiempo olvidadas, además de las que puede proporcionar una obra bien hecha.

Y es que estas mujeres gitanas no son actrices, ni pretenden hacer una interpretación y se muestran tal cual son, mujeres que se acercan a un hecho cultural ajeno a sus hábitos, donde son acogidas con todo el respecto y cabalgando en la esencialidad de un texto de Lorca, ofrecen sobre un escenario una visión de la vida, de su vida, que excede y con mucho al propio gozo artístico. Es otro tipo de comunicación, sucede en el teatro, es teatro, pero la conexión emocional, incluso racional, se hace desde otra utilidad, desde otra perspectiva y con otras herramientas y abre una brecha importante en lo que es el fenómeno productivo general en las artes escénicas.

Está Lorca, pero los públicos acuden, por lo otro, por lo excepcional, por lo que simbolizan esas mujeres que han sabido aprovechar sus necesidades de expresarse, de comunicarse, amoldándose a un proceso creativo en donde sin exigírseles más que lo que podían ofrecer, sí se han sometido a una disciplina, a unos ensayos, a unos movimientos, a unos ritmos, a unos textos, y si se nota sus deficiencias técnicas interpretativas, su bendito amateurismo, se acepta y se celebra, porque estamos ante un acontecimiento teatral, escénico, que escapa a cualquier etiquetado, y nos devuelve la confianza en la utilidad del teatro para tantas otras cosas, además de entretener a las clases medias urbanas, el valor que tiene, como en esta propuesta se demuestra, para conseguir esas sensaciones únicas, esa empatía que no tiene nada que ver con los lenguajes teatrales convencionales, sino que añaden a la puesta en escena, iluminación, vestuario, música, el texto, una verdad, una certeza incuestionable sobe al presencia de esas mujeres, una presencia en ocasiones sobrecogedora, y que coloca comillas sobre el arte bien hecho, dejando vía libre para el arte de y con verdad, socialmente útil, por importante.