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Mié, Oct

Y no es coña | Carlos Gil

La memoria cabe en un lápiz electrónico que al penetrar en la ranura del USB nos aporta todo aquello que pertenecía no hace tanto al terreno de lo cultivado, del esfuerzo, del trabajo de recopilación. La experiencia se fundamentaba en una acumulación de sensaciones, recuerdos, vivencias que en el terreno del teatro se alimentaba tanto de lo presenciado, como de lo soñado, o esa destilación posterior que deja una impresión fundamental.

¿Quién me va a negar la importancia del Orlando Furioso dirigido por Luca Ronconi que me hizo saltar todos mis prejuicios al contemplar el montaje en Madrid, en el palacio de Deportes, a finales de los años sesenta del siglo XX? Una de las experiencias más maravillosas jamás sentidas, que no puedo atrapar a partir de un relato, ni una crítica. Las fotos me ayudan a reiniciar mi propio relato, mi propia experiencia, a magnificar a aquel actor enloquecido, o a aquella actriz que encima de una carra nos cautivaba. No, no existe otra manera para acumular sensibilidades que haberlas vivido.

Nadie duda de la capacidad de los instrumentos actuales de comunicación para diseminar nociones, crear sensaciones de intercomunicación, de sentirse en contacto con amigos lejanos a base de unos mensajes lanzados por ese botellón de Internet. Pero este simulacro de comunicación no puede sustituir al encuentro real, a los matices de una conversación tras unas cañas, de esos sencillos detalles que hacen grande el ver una obra de teatro en una sala pequeña, con mala ventilación. Nadie puede analizar una actuación por Youtube. El vídeo es un gran invento, sirve para tener una remota visión semi-completa de lo que sucedió. Pero "Wielopole, Wielopole", es una obra de teatro magnífica sentida en una sala, con Tadeus Kantor en vivo, que llena la vida entera de un teatrista que haya tenido la oportunidad de convivirla con unos cientos o miles de espectadores más, y que al verla en un vídeo, simplemente contempla una mirada fría, un instrumento, una foto animada.

Viene estas obviedades a cuento de una sensación que tiene que ver con una parte de mi yo teatral y/o periodístico: la crítica. O su simulacro. La llegada de los blogs ha traído a muchos jóvenes a ejercer algo parecido a la crítica teatral. Son legión. Después de unos años en donde se iban acumulando quinquenios en quienes ejercían la crítica, pareciendo en ocasiones un geriátrico, ahora aparecen nuevas voces, nuevos individuos dispuestos a participar de ese punto de análisis, crónica, alegato, manifiesto, en que se puede convertir un trabajo posterior al visionado de una obra de teatro.

Hay que alegrarse por esta llegada de gente preparada, con ganas de contribuir al enriquecimiento de toda la comunidad teatral. Y los hay muy formados, muy leídos, que ven mucho teatro, que lo estudian, lo escriben, lo practican, lo aman. Sin embargo, he detectado una generación Wikipedia. El prototipo es de alguien muy joven, sin antecedentes penales, es decir sin envenenamiento teatral previo, muy dados al peloteo, al retruécano, a nadar a favor de la corriente, sin apenas un destello de análisis. Como yo digo en mis talleres, son los mejores en la previa del día después, porque ponen palabras escritas en el programa de mano, como si fuesen mandamientos divinos y no propaganda, porque no aportan ninguna visión, sino que acumulan tópicos y van a lo seguro, para que les quieran, para que la atrofiada sociedad teatrera del oligopolio los considere.

Y digo que son una generación Wikipedia porque se dedican a hacer lo que algunos creemos no debe hacer la crítica, contar quién era Lope, o Shakespeare. Eso lo debe hacer, si acaso, el periodista especializado en una prestación. Porque ocupar más de tres cuartas partes de una supuesta crítica hablando de Calderón y de la historia de El Gran Teatro del Mundo, es un suponer, es perder espacio, tiempo y demostrar que no confía para nada en los conocimientos de su supuesto lector. Y utilizar el otro cuarto para decir que todos están muy bien, porque lo manda la autoridad, lo han dicho en otros periódicos y yo acabo de llegar y no sé ni quiero saber nada más que lo suficiente para que me salude un autor de moda en un estreno, o una actriz me ponga un me gusta en mi perfil de facebook.

Así, la crítica se vuelve cochinera, inservible. La más deseada y mejor utilizada por los mercaderes del teatro, pero algo inerte para todos sus otros gremios. La crítica, si de algo sirve, y sirve para mucho cuando merece llevar este rubro, no es para poner a caldo a nadie, sino para intentar desde el conocimiento, la experiencia y la sensibilidad, ayudar al entendimiento de lo sucedido para unos posibles lectores y a señalar lo bueno, pero también lo menos bueno, con el fin de completar una lectura del espectáculo. A no ser que se quieran palmeros. Y de esos hay a montones. La claque ahora está en los blogs.