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Sáb, Dic

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

En esta época de supuesto progreso, hay dos conceptos que etiquetan cualquier actividad renovadora que se precie. Ellos son la archi-nombrada fórmula “I+D” (Investigación y Desarrollo, por si todavía hay algún despistado) y, el menos conocido, implementar, que se refiere al acto de aplicar en la práctica una metodología. Uno y otro revelan la necesidad que guarda toda investigación de carácter científico o tecnológico para ser desarrollada y aplicada en la práctica.

Estamos ante dos términos que surgieron del mundo empresarial, un ámbito que castiga con la bancarrota toda inversión en una investigación que resulta inaplicable. Y es que, lamentablemente, el hecho de que una investigación llene el espíritu o colme el conocimiento, no justifica que vacíe las arcas presupuestarias. El saber puede que no ocupe lugar, pero sí consume dinero. Y ya se sabe, un empresario puede acostumbrarse a muchas cosas, incluso a la ignorancia o a la incultura, pero no a la ruina.

Como era de esperar, en una sociedad que marcha sin cadenas en la autopista del capitalismo, los conceptos “I+D” e implementación saltaron del mundo empresarial a otras disciplinas, incluso a áreas que, pensado en frío, deberían de estar lejos de cualquier negocio lucrativo, como son las ciencias de la salud o las artes. Siguiendo el curso de los acontecimientos, la “I+D” también llegó al teatro, por tradición una de las artes más perezosas en renovarse. Aplicada la fórmula a las Artes Escénicas, el objetivo era (y es) reconducir la tendencia natural del río, y tratar de hacer rentable algo que tiende a no serlo. De ahí todo un debate, aún vigente, sobre análisis de mercado y estrategias de gestión y producción que pretenden canalizar hacia espacios de exposición la investigación que se da en el ámbito de la creación escénica. Sin embargo, en el tránsito de la investigación a su aplicación práctica (que no es otra que aquella que se da en los escenarios) son muchos los canales que pueden obstruirse y, en tal caso, los esfuerzos creativos acaban fertilizando la nada. Como todo, esta diatriba puede analizarse, al menos, desde dos perspectivas.

Por un lado, si quienes crean siguiendo un proceso de investigación, olvidan que al final del camino vendrá alguien al encuentro de aquello que se está fraguando, pueden desembocar en creaciones que se ahogan en el hermetismo. Toda indagación creativa tiende a construir un flujo de energía endogámico, donde los participantes construyen y recrean un universo particular, con sus propias leyes, sus propios códigos y maneras de comunicarse. Es la inercia lógica que está detrás de cada innovación pero que, a su vez, muestra otro filo. Si todo aquello que se ha elaborado con disciplina, profundidad y tiempo, no tiene poros en su cubierta, si no consigue establecer nexos de comunicación con el espectador, si queda aislado como un mero acto de onanismo, se corre el riesgo de acabar encerrado dentro de la propia propuesta, haciendo señales de socorro sin que nadie las entienda. Es razonable pensar que un espectáculo que indaga nuevos lenguajes necesite de actuaciones para adaptar su comunicación con los espectadores, quizá más que un espectáculo convencional que trabaja unos códigos reconocibles por todos; sin embargo, para que esa evolución pueda darse a través de las funciones, desde un principio hay que proyectar la investigación hacia el marco escénico, un espacio necesariamente compartido en el que habrán de convivir actores y espectadores.

Por otro lado, si quienes son responsables de dar salida escénica a las creaciones, no permanecen abiertos a las nuevas propuestas, si no dejan espacios para la entrada de creadores innovadores —siempre que apunten calidad, rigor y riesgo—, se dificulta sobremanera todo esfuerzo por implementar la investigación escénica. Ello implica no dar por sentado que el público es un ente inmutable en sus gustos, sino un organismo que se renueva, formado por espectadores muy diversos, que son capaces de educarse y de asimilar los nuevos lenguajes, siempre que se les ofrezca la posibilidad y el contexto adecuado. De lo contrario, aunque la promoción de las actividades venga sustentada por un trabajo arduo y bien intencionado, la propensión es crear círculos tan viciosos como cerrados que dejan fuera las tendencias más innovadoras.

Sean cuales sean las razones (aquí sólo hemos anotado algunas que están en la superficie), si una investigación no se desarrolla en los escenarios, se llega a creaciones intermedias, a espectáculos que podríamos llamar espectáculos probeta; esto es, espectáculos interesantes, pequeñas reliquias de laboratorio, rarezas maravillosas pero que mueren nada más estrenar, sin haber evolucionado y madurado con los espectadores y, por tanto, sin haber alcanzado su cenit artístico. En estos casos, en la fórmula “I+D”, la “i” de Investigación se torna en “i” de Inútil, y la “d” pasa del Desarrollo al Desconcierto. Y nadie busca eso. Ni quien investiga ni quien implementa.