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Mié, Nov

Tebas Land: un mito irascible

I. Otra vez Tebas es una tierra alimentada con sangre

Ciudadanos de Tebas. Hijos míos. Descendencia nueva del antiguo Cadmo. ¿Porqué estáis en actitud de plegaria ante mí, coronados con ramos de suplicantes? La ciudad está llena de incienso, a la vez que de cantos, de súplicas y de gemidos, y yo, porque considero justo no enterarme por otros mensajeros, he venido en persona, yo, famoso entre todos, el llamado Edipo”.

Este es un fragmento del monólogo final del personaje Martín Santos, joven parricida de veintiún años, pieza vital de ese pedazo de (auto)ficción que se llama Tebas Land, firmada por el dramaturgo y director franco-uruguayo Sergio Blanco. Tebas Land es una impresionante tragedia moderna, inspirada en el mito de Edipo y escrita con una lucidez impecable. Es el importante aporte del autor a la dramaturgia universal, al recorrer los espacios más íntimos y esenciales de un argumento-mito que se empeña en perpetuarse.

Se estrena en Madrid luego de múltiples producciones internacionales, ahora en coproducción de Salvador Collado y El Pavón Teatro Kamikaze. Con puesta en escena de Natalia Menéndez, la trama parte del proceso de escritura de una obra de teatro que le han encargado a S, dramaturgo, interpretado por Israel Elejalde. Tras solicitar sucesivas autorizaciones al ministerio, a S se le permite asistir a un centro penitenciario, varias veces por semana, para escribir su nuevo material. Tales permisos tienen como objetivo el encuentro con Martín, encarnado por Pablo Espinosa, quien además interpreta a Federico, el actor que va a representar en escena el papel del encarcelado. La inserción de este nuevo personaje, el actor, se debe a que a S se le ha prohibido su proyecto inicial: la concurrencia real de Martín para “representarse a sí mismo” en escena.

Estamos ante una ficción sumamente delicada. Una invención de las entrañas del autor, expuestas en un acto de inquietantes textos y situaciones dramáticas que la directora reconstruye. No se trata de un simple relato de (su) vida, sino más bien de un acontecimiento que lo atravesó sensitiva e intelectualmente: la experiencia de S, el escritor de teatro, y Martín, el parricida. En Tebas Land se tiende una cuerda entre lo que es legítimo y lo que es invención en las biografías de S y de Sergio: ficción y realidad quedan a merced de la lectura individual que cada espectador asuma.

Sobresalen la agudeza y la dinámica del sistema de diálogos en Tebas Land. Los dos actores, que representan a los tres personajes envueltos en las espirales morales y sentimentales del relato, cuestionan la relación entre lucidez y pasión, además de la conducta de un sujeto con nivel cultural y la de otro iletrado. El escritor –otra vez S, otra vez Sergio– quiere conocer los motivos que llevaron a un joven a matar a su padre, confrontarse con su naturaleza, escuchar su versión y no atenerse a los informes fríos y estrictamente burocráticos que le han facilitado los funcionarios.

II. Reconstrucción de los hechos

Martín asesina a su padre con un tenedor. Fue un domingo. De madrugada. Bien temprano. Martín llega a casa y el padre está en la cocina, se había levantado a buscar un vaso de agua. De golpe este le dice que es incapaz de traer a casa un vaso de leche. “Sos una puta”, le dice. Martín no le contesta. Le repite otra vez que es una puta, y le reprocha que ni siquiera es capaz de defenderse ante sus humillaciones. “Entonces es ahí. Es ahí que tengo la visión. Es ahí que veo la imagen. Como en el Dios te salve María. Es igual. La imagen está ahí. Delante de mí. Y me hace un gesto. Con el brazo. Así. Entonces voy hasta el cajón de los cubiertos y lo abro”. Pudo elegir un cuchillo o cualquier otro objeto contundente, pero eligió un tenedor.

¿Quién es capaz de matar a su propio padre? He ahí la interrogante habitual en este tipo de casos. Solo un animal podría actuar de manera tan disparatada y brutal. Herir a su progenitor veintiuna veces en el cuerpo con un tenedor, dejarlo desangrarse, es un espanto. Un acto que creemos que nunca puede sucedernos, que les pasa a otros, pero no a nosotros. Entonces habríamos de preguntarnos cuáles son los móviles que llevan a Martín a asesinar a sangre fría a su padre.

A menudo la respuesta a esta interrogante la tenemos justo frente a nuestros ojos, y sin darnos cuenta nos damos a lo más cómodo, tanto actores de la realidad como espectadores: culpar a la ligera. Sin ir a la esencia de las cosas. El autor se encarga en la estructura de la obra de hacernos testigos de nuestras propias conductas ante determinadas situaciones: nos manipula en un primer momento de la trama para que veamos la parte culpable de Martín y lo juzguemos tal cual la ley lo hace, sin darle el beneficio de la duda o posibilidad alguna de integrarse en la sociedad. En lo particular pensé, sentado en la butaca: No quiero como vecino a un monstruo llamado Martín al que apodo el “matapadres”. Sin embargo, la realidad de los hechos en Tebas Land varía según qué móviles llevan a un hijo a matar a su padre. La verdadera cara de la moneda puede resultar emocionante y abrumadora para quienes dictan las leyes y juzgan en una sociedad. Para mí, ciudadano y espectador, llega a ser frustrante el hecho de intentar testificar en esta crítica, aún desconcertado y conmovido por el espectáculo, las verdaderas razones que llevan al protagonista a cometer el acto siniestro.

Con el trascurso de la obra, según va estrechándose la relación entre los personajes, vamos percatándonos de las capas que guían el impulso y la pasión. Capas que irán abriéndose, de forma sutil y verosímil, a la par que se revela la bomba debajo de la mesa. Ante la paradoja de si Edipo es parricida absoluto o no –dado que mata a su padre sin saber que lo es, y luego se casa con su madre sin saber que lo es–, el autor crea una analogía con el mito. ¿Acaso Martín, al clavarle a su padre el tenedor veintiuna veces, era presa de algo que iba más allá de sí mismo? Tengo la certeza, y escénicamente creo que ello se esclarece de manera intensa, de que Martín sí fue consciente de que era su padre a quien atacó. Intuyo que, mientras lo asesinaba, no dejaba de pensar en su infancia, en los maltratos del padre a la madre, cuando llegaba ebrio a casa y les pegaba a ambos y les marcaba la hebilla del cinturón en la piel. Seguramente imaginaba todos los momentos en que de adolescente tuvo que prostituirse, incluso con los amigos de su padre, y cuando en reiteradas ocasiones lo humillaron llamándolo “marica”. Esa madrugada, cuando cometió el parricidio, Martín descargó toda su ira contra el verdadero monstruo de esta historia.

Las familias se destruyen y descomponen con frecuencia debido a disfuncionalidades internas, conflictos de intereses, prejuicios o simplemente por esquemas culturales. Esta es una constante que podemos localizar en otras dramaturgias contemporáneas importantes como Chamaco, del dramaturgo cubano Abel González Melo, que se me antoja mencionar por su marcada relación temática con Tebas Land en lo referente a las luxaciones familiares en el vector padre-hijo que, en ambos casos, conducen a fatalidades trágicas. Al igual que en Chamaco, la obra de Sergio Blanco provoca un diálogo agónico con la sociedad en la que nace y sobre la cual discute grandes ideas.

Natalia Menéndez ha traducido el texto de Blanco en una puesta en escena íntima y sobria. Acierta con una escenografía, a cargo de Alfonso Barajas, que resulta coherente con el discurso de la trama, dispositivo que proponen las indicaciones previas del autor en el texto –el mérito está justamente en no innovar demasiado sino ser fiel a ese concepto. La escena, que presenta una jaula de metal de prisión, una cesta de jugar al basketball, un banco y un buró, se complementa con el trabajo videográfico de Álvaro Luna y Bruno Praena, y con la iluminación de Juan Gómez Cornejo.

Una obra como esta, de gran solidez intelectual y capaz de suscitar profundos matices emocionales, demanda una labor virtuosa y vehemente por parte de los intérpretes. Israel Elejalde y Pablo Espinosa trasmiten una sinceridad en sus intervenciones que es apreciable durante toda la representación. En la voz y el cuerpo de estos actores se resignifican los enormes textos escritos por el autor, que traen consigo, como el rosario de jazmín –o de rosa–, el aroma del teatro clásico convertido en carne de hoy.

Roger Fariñas Montano

 

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