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Sáb, Dic

Mirada de Zebra | Borja Ruiz
Después de más de un centenar de textos vertidos en esta esquina virtual, supongo que el lector ya conoce de qué pie cojeo, y sabe de mi querencia por las ciencias y, en particular, por las ciencias de la salud. No se extrañarán pues si les digo que el otro día quedé prendado frente a un documental de televisión que hablaba de las nuevas tecnologías que revolucionarán el seguimiento y tratamiento de las enfermedades. El protagonista del documental era el Iphone, esa máquina arribista con aspecto de teléfono que, a la chita callando, ha usurpado el puesto del ordenador, de la agenda, de la cámara de fotos, de la videoconsola y quién sabe de cuántos electrodomésticos más. Pues bien, parece que el Iphone, en su afán por hacer suyas funciones de otros, tendrá la posibilidad de, en un futuro cercano, ser nuestro médico particularísimo. Así es. Bastará con tener un chip incorporado para que este teléfono que sirve de tapadera para tantas cosas, pueda controlar nuestras funciones fisiológicas básicas: la tensión arterial, la función cardíaca, la función pulmonar, las ondas del sueño... De manera que, en cuanto detecte una alteración significativa, vibrará, hará sonar un tono tipo ambulancia o nos mandará un mensaje con el estilo de un informe médico. El teléfono nos avisará, antes que cualquier sanitario, de qué estamos enfermando. El antiguo slogan "ponga un médico en su casa", cambiará por "ponga un médico en su bolsillo". Así van los tiempos, a cada pestañeo, el mundo cambia.

Mientras veía el documental y puestos a cojear con el otro pie, el teatral, he caído en unos pensamientos que me gustaría compartir. Imagínense una nueva aplicación de Iphone para actores que permita dar con el tono adecuado de los parlamentos de un personaje. Una aplicación que, a cada frase, diga en qué tono deben ir las palabras. "Ser o no ser", dice el actor contra el telefonito, y éste le va indicando: el primer "ser" un semitono más arriba de tu voz central, y el segundo un semitono más abajo. Repite y repite, y cuando por fin atina, pasa a la siguiente frase. "Ésa es la cuestión". Y así hasta completar el Hamlet entero. Imagínense otra aplicación. Una actriz introduce las características claves de su personaje: depresiva, con arrebatos coléricos y tendencia a la introspección. Y entonces un programa, contrastado con los estudios más recientes de psicología y fisionomía, a golpe de yema, ¡bluip!, ofrece el escorzo del personaje a encarnar. La actriz imita el dibujo y se va haciendo fotografías (con el mismo teléfono, ¡Claro!), de manera que en la pantalla aparecen aquellas partes de su cuerpo que necesitan corrección: el codo izquierdo medio palmo más arriba, la muñeca derecha con una torsión supina más pronunciada, la mirada 30 grados en dirección al suelo...

El asunto da para mucho más, oigan. Podríamos disponer de aplicaciones telefónicas para escritores (y dramaturgos) que analizasen si en la obra en ciernes los personajes utilizan un léxico acorde con su carácter y situación social, y que ofreciesen mejoras en consecuencia: este personaje debe hablar con frases cortas y menos elaboradas, aquél, en cambio, debe expresarse con un lenguaje más complejo, con oraciones rimbombantes y adjetivos de segunda y tercera línea... Y todo ello aportando ejemplos concretos, por supuesto.

Visualizo también grandes ventajas para directores de escena. Programas que funcionen como ayudantes de dirección, donde se puedan introducir ensayos grabados (el telefonito puede grabar vídeo, recuerden) y se analicen cuestiones cruciales de la puesta en escena, si el espacio escénico está correctamente ocupado, si la composición lumínica juega a favor de la atmósfera de cada escena... y que, entre otras funciones, elabore gráficos de intensidades dramáticas, para que se pueda corroborar si la historia se cuenta en un juego de energías idóneo.

Imaginaba todo esto que les cuento y, la verdad, entre la broma y la trascendencia, me entró una especie de vértigo. Como si algún día aquello que hoy sólo se explica con palabras como magia y misterio pudiese ser anticipado, escrutado y modificado al gusto del consumidor. Una sensación paradójica ésa, la de sentir vértigo porque todo está excesivamente controlado. Me tranquilicé pensando que, de la misma manera que el seguimiento exhaustivo de nuestra salud no nos hace vivir mejor ni más felices, de la misma manera que recolectar muchos datos no nos hace necesariamente más inteligentes, el desarrollo tecnológico no garantiza que seamos mejores creadores. Yo, al menos, albergo esa esperanza.