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Dom, Sep

King Lear

Variadas y polémicas han sido las propuestas recientes, donde los altibajos, contradicciones e intolerancias actuales tuvieron eco de la mano de autores, directores y actores dables de reflejarlos, en producciones de mayor o menor envergadura, pero siempre cuidadas e incisivas, poniendo en perspectiva la escena a lo largo del tiempo para el público de la Gran Manzana, siempre en el ojo del huracán.

 

Desde ‘King Lear’ bajo la dirección de Sam Gould, y dos obras escritas para la corte francesa del siglo XVIII, en ‘Rameau, maître à danser’ por Les Arts Florissants, pasando por ‘Ionesco Suite’ con el Théâtre de la Ville de París, hasta ‘True West’ de Sam Shepard y ‘The Lehman Trilogy’ de Stefano Massini, dirigida por Sam Mendes, mostraron un espectro amplio de situaciones, estilos y temáticas sobre las tablas de Broadway, off-Broadway y la Brooklyn Academy of Music (BAM), principalmente.

Actores como Annette Bening, Paul Dano, Adam Driver, Nathan Lane, Ethan Hawke, Glenda Jackson, John Lithgow, Laurie Metcalfe y Kelli O’Hara protagonizaron piezas claves de la temporada cuya temática abordó lo político, lo social y lo amoroso sin concesiones ni eufemismos, con lo cual la audiencia pudo airear sus propias tensiones, haciéndose eco de las palabras de Oscar Wilde, acerca de que el teatro es la forma más inmediata para poder compartir lo que nos hace realmente humanos.

Glenda Jackson, quien obtuvo el Tony como mejor actriz en ‘Three Tall Women’ de Edward Albee el pasado año, realizó un intenso tour de force en el papel de Lear, trayendo a la escena del Cort Theatre su personal manera de abordar a los caracteres; el histrionismo presente en gestos, desplazamientos y lenguaje se adaptó perfectamente a los excesos, carencias, frustraciones y miedos del personaje shakesperiano. Una puesta en escena puesta a espejear la vulgar estética del actual presidente norteamericano, contribuyó a reforzar los paralelismos con el mandatario, histerizando por momentos el drama. Ello, sin embargo, redundó en una farsa no exenta de riesgo e ironía, cónsona con el pulso contemporáneo, donde la resistencia de sectores amplios y concientizados de la población busca actuar como dique contra los desmanes de autócratas y dictadores.

“Cuando trabajas con una obra que trata de un autócrata loco, no es difícil hacer estas conexiones. Quizás sea por ello que esta pieza ha sobrevivido por 400 años, pues siempre hay un autócrata loco en alguna parte”, apuntó el director, movilizando desde su lugar la frustración de muchos espectadores; si bien recalcó, igualmente, el hecho de que alguien tan ególatra como Donald Trump estaría muy satisfecho de verse tan bien representado y validado en la figura de Lear, pudiendo así sumergirse más desvergonzadamente en su propia megalomanía.

Emmanuel Demarcy-Mota profundizó en ‘Ionesco Suite’, con gusto en el delirio de caracteres alucinados, mediante selecciones del teatro del dramaturgo donde el absurdo intrínseco al argumento calcó de manera similar la incoherencia contemporánea. Una mise-en-scène organizada en torno a una gran mesa cubierta de manjares, que incluyó al público dispuesto alrededor de los personajes para participar del festín sobre la escena de BAM, subrayó la desproporción de las acciones de quienes manejan, controlan e imponen. Y, en tanto el banquete devenía en bacanal, así las fronteras entre realidad, sueño y pesadilla fueron borrándose, poniendo en entredicho la veracidad de la existencia misma, amén de hacer más verídica la certeza de que el arte tiene la capacidad de empinarse por encima de las miserias y constreñimientos de los gobernantes a fin de hacernos más humanos y más libres.

“La política separa a los hombres acercándolos solo en la superficie de sí mismos. El arte y la cultura nos unen en una angustia común, que es nuestra única y posible fraternidad; una singular existencial y metafísica vida comunitaria”, refrendó en cierta ocasión el dramaturgo, anteponiendo con ello la solidaridad, al individualismo y el sectarismo que, como las malas yerbas, brotan no obstante en la conciencia de nuestras sociedades cuando menos se espera, sembrando el caos y destruyendo todo lo bello.

‘Daphnis et Églé’ y ‘La naissance d’Osiris’, compuestas por Jean-Philippe Rameau para la corte de Luis XV, trajeron a las tablas de BAM la profusión metafórica y alegórica del espectáculo barroco. Lo escénico, musical y plástico se aunaron a la ópera y la danza para llevar al estadio de lo sublime los altibajos de la pasión entre Daphnis y Églé, dos jóvenes quienes confunden amor con amistad hasta que Cupido les hace caer en cuenta de su error, no sin antes recalcar que “el amor se esconde tras un velo de amistad, y todos los amigos son amantes cuando se hallan cerca del objeto de su adoración”. En la segunda pieza, escrita para celebrar al nacimiento de Luis XVI, Júpiter se hace presente a fin de anunciar el nacimiento de Osiris, el gran héroe por el que la gente ha estado esperando; algo que la Historia nos hizo mucho más paradójico, al destinarle un lóbrego final al último rey de Francia.

La disposición de actores, cantantes, bailarines y músicos en grupos a ambos lados del escenario otorgó fluidez a la puesta, al tiempo de marcar las entradas y salidas de los protagonistas sin obstruir el progreso del argumento, elegantemente interpretado por Les Ars Florissants, bajo la experta dirección de William Christie, quien cumple ahora 40 años como fundador y director del grupo.

Otro aniversario, los 50 años de Stonewall, trajeron a la ciudad dos obras dedicadas a celebrar la diversidad sexual y los escollos para lograrla, de la mano de Tarell Alvin McCraney (‘Choir Boy’) y Taylor Mac (‘Gary: A Sequel to Titus Andronicus’). La primera, vista por primera vez en el Manhattan Theatre Club en 2013 y ahora trasladada a Broadway, centró la educación sentimental de un joven de color, eficazmente interpretado por Jeremy Pope, quien es elegido como solista del coro de la escuela en la graduación de su promoción de bachiller, pero el director de la escuela teme que estalle un escándalo, dado su carácter apocado del muchacho. Este, sin embargo, se crece ante el acoso de algunos compañeros y muestra sus dotes histriónicas, superando la homofobia latente.

Una producción minimalista, donde frente una pared de ladrillos rojos sucedía todo, permitió admirar sin trabas el desarrollo de la acción, poderosamente expuesta por un talentoso conjunto de actores y bailarines afroamericanos, espejeando al joven héroe de ‘Moonlight’, el film basado en la autobiografía de McCraney que obtuvo el Oscar en 2017 como mejor película. Idénticos obstáculos para desarrollar su potencial, como hándicap en la comunidad de color estadounidense, coartan al protagonista de la pieza, si bien la academia logra superar las trabas del sistema educativo y solidarizarse con el muchacho. “¿Cómo una escuela que no ha sido concebida para darle espacio al colectivo LGBT puede abrirlo para Pharus y su condición queer?", se pregunta el autor.

Tal interrogante fue llevada a la irrisión por la pieza de Taylor Mac para el Booth Theatre, en esta secuela de la obra de Shakespeare contada desde la óptica queer de un payaso, incisivamente interpretado por Nathan Lane, quien bandea vendettas, crímenes e intrigas. Alegoría entonces del sobreviviente, el desclasado, el marginado en el cual este realizador se centró para denunciar el ambiente político norteamericano actual donde, en sus palabras, “vivimos una especie de tragedia revanchista” espoleada desde la Casa Blanca.

Santo Loquasto, ganador de 4 Premios Tony y 5 Drama Desk, ideó una escenografía puesta a aunar lo grotesco y lo sublime, en tanto lo tragicómico acaparó la escena agudizando el ambiente de farsa continuada llevando a girar sin rumbo a la nación. El deseo del payaso de “salvar al mundo” se transformó aquí en un acto desesperado no exento, sin embargo, de realidad; pues en la América de Trump siguen acumulándose las injusticias y las demandas de los ciudadanos, contra él y las autocráticas medidas de su maquinaria política que perjudican grandemente a los sectores más vulnerables de la población.  

Aunque esta situación no es nueva en los Estados Unidos, donde muchos han sido los titanes de la industria y la banca abriendo progresivamente la brecha entre pobreza y riqueza. En tal sentido, ‘The Lehman Trilogy’, para el Park Avenue Armory, trajo a un primer plano a los hermanos de una dinastía financiera, cuyos manejos contribuyeron sobremanera a la crisis de 2007, sin parangón desde el crack de la Bolsa en 1929.

Sam Mendes dirigió acertadamente la obra de Massini, vehementemente interpretada por Simon Russell Beale, Ben Miles and Adam Godley, como los integrantes de una familia de mercaderes judíos quienes, desde una pequeña tienda de ropa en Alabama a mediados del siglo XIX, construyeron un imperio y acumularon una enorme fortuna que se hundió con la creciente especulación de los créditos hipotecarios, sembrando el caos y llevando al mundo a una profunda recesión de la cual todavía sufrimos hoy las consecuencias.

Pero las ciclópeas proporciones del guion no exigieron grandes desplazamientos de escena ni muchos actores. Russell Beales, Miles y Godley se bastaron para acercarnos a los integrantes de la dinastía Lehman, resaltando los manejos del grupo económico, mediante una escenografía igualmente concisa, conformada por un espacio acristalado, en cuyo interior se desarrolló la acción, permitiéndole al espectador seguirla cual si se hallara frente a una vitrina. La sensación de voyerismo y de encontrarse ante una mercancía expuesta a los ojos de todos, contribuyó a hacer más honda la fisura, llevando a la audiencia a reflexionar en cuanto a la ausencia de controles reguladores del sistema monetario, donde el valor de cambio es cada vez más abstracto y volátil dada la creciente especulación.

“Quise crear un ambiente donde pudiera sentirse el modo como se mueve la historia con los personajes mismos”, remarcó el director, espejeando así la velocidad de circulación del dinero en los centros internacionales. Un dinero del cual la inmensa mayoría no podrá disfrutar nunca pero sufrirá las consecuencias cuando estalle la próxima crisis.

Otra obra que destacó los lazos entre hermanos fue la reposición de ‘True West’ de Sam Shepard, para el American Airlines Theatre, sobre las rivalidades e inadecuaciones de los protagonistas, en un entorno violento donde se enfrentan también civilización y barbarie. Austin (Paul Dano) y Lee (Ethan Hawke) colisionarán por sus maneras diametralmente opuestas de ver la realidad y lidiar con sus particulares fantasmas, que también responderán a las diferencias del entorno.

De este modo, el choque entre la vida en Hollywood y los pueblos del lejano oeste se hizo patente mediante intercambios verbales donde no faltó el humor, la vulnerabilidad y, por supuesto, el salvajismo de seres marcados por el medio donde se desenvuelven y el fantasma de un padre alcohólico y autoritario. Ello, en un escenario donde la reconstrucción de los espacios pertenecientes a una casa suburbana, alternaron con el brillo y el glamour hollywoodense, a fin de crear un paralelismo visual con las marcadas diferencias entre Austin y Lee, manteniendo cada quien en su terreno una postura negada al otro, cual característica en personalidades abusadas y abusivas.

“La violencia en los hombres surge de la humillación y los juegos psicológicos espoleados aquí por los maltratos del padre”, aseveró el director James Macdonald, quien respetó las directrices de Shepard, fallecido en plena producción de la obra, con lo cual esta reposición fue también un homenaje a uno de los dramaturgos más versátiles de su generación, que la temporada teatral trajo a la escena una vez más para el disfrute de la audiencia neoyorkina.

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