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Sáb, Dic

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

¿Y cuál sería la novedad en mi afirmación, si todos y cada uno de nosotros somos poseedores de la verdad,... de nuestra verdad? Y no peco de egocéntrico, es verdad. Las ciencias duras tales como las matemáticas, la física, la química, la astronomía, la biología u otras, pecan de suprema arrogancia al declamar sus propias teorías basadas en acuciosos estudios orientados al desarrollo del conocimiento, como verdades absolutas, como si fuesen un dogma irrefutable.

Puede que en el momento acotado a la insignificancia temporal de quien o quienes la declaman frente al infinito de las múltiples realidades posibles, tenga validez, pero hasta donde sé, desde hace algunos siglos ya, el universo dejó de girar en torno a la tierra como sostenían científicos muy reputados defensores del heliocentrismo imperante en el siglo 17, los mismos que eran contradichos por las ideas revolucionarias de Galileo Galilei. E pur si muove, era la verdad del perjuro para su época, verdad que lo condenó.

Incluso un juicio consensuado puede ver mermada y hasta anulada su veracidad. Algo amarillo ¿por qué lo es? ¿porque un grupo de cultura afín decidió que así fuese? y para un daltónico perteneciente al mismo grupo ¿el amarillo será amarillo? y para alguien que hable otro idioma ¿a qué le sonará la palabra amarillo? ¿a una preparación gastronómica?

Después de estas afirmaciones, nada asegura que las verdades aceptadas como válidas hoy en día, a pesar de todo el sostén investigativo que las generó, realmente continúen siendo aceptadas como tales en el futuro.

Dentro de las múltiples características de la verdad como concepto, están el hecho de ser única y a la vez diversa, grupal e individual, un constructo social dado por la dinámica propia de un grupo humano o por un íntimo convencimiento basado en valores morales, unívoca y equivoca, blanco y negro a la vez... Dado esto, la única verdad confiablemente valedera es que la verdad no existe, sino aproximaciones a lo que se piensa podría llegar a ser.

En contraposición a la verdad, debería estar la mentira, pero ¿si la verdad no existe, podría entonces existir la mentira?

Las afirmaciones categóricas de la juventud, esas que desde siempre han cambiado al mundo, con el transcurso del tiempo se van suavizando hasta que el blanco y el negro absolutos, se transforman en tonos de grises.

La verdad, esa que creemos cierta, guarda estrecha relación con el momento vital por el cual estemos atravesando. Mientras para un niño todo es verdad porque aún no tiene los elementos de juicio necesarios como para cuestionar, para un joven todo es cuestionable porque en su búsqueda de identidad necesita respuestas, para un adulto existen múltiples verdades porque la mayoría de sus creencias de juventud han cambiado y un anciano ya ha vivido al alero de su verdad.

No creo que sea egoísta decir que yo soy poseedor de la verdad porque todos y cada uno de nosotros somos poseedores de nuestras propias verdades. Ahora, si queremos descubrir la verdad colectiva, no nos queda más que escuchar, compartir y evaluar. Nunca dejarse seducir por cantos de sirenas vendiéndonos verdades dogmáticas de todo tipo.

Y esto sí que es verdad.

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