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Mar, Nov

Y no es coña | Carlos Gil

Ando saliendo de México donde han coincidido un festival iberoamericano de Teatro para niños y niñas, con su correspondiente congreso y la Feria del Libro Teatral, lugar de encuentro, de presentaciones y de proclamación del ganador del premio de Ensayo Teatral que organizan conjuntamente el INBA, el CITRU, Paso de Gato y ARTEZ. Un motivo de orgullo, una muestra de colaboración, en este caso con una aportación ejecutiva y financiera por la parte mexicana. Es decir que nos sentimos muy activos, en la parte de la edición, cuya presencia de nuestras colecciones se debe, así mismo, a la ayuda inestimable del Instituto Etxepare, sin la cual nuestras posibilidades de traer los suficientes libros quedarían reducidas de manera drástica. Estamos en la parte positiva, por eso no hablaremos de las ausencias ni la faltas de ayudas de los de siempre que forman parte de una ofensa global.

Nuestra actividad en la feria nos impidió asistir a casi ninguna de las obras presentadas en el festival, por lo que nos centraremos en lo que en esas carpas sucedió, como cada año, que nos ayuda a descubrir la vitalidad de algunas comunidades teatrales, y en el caso la mexicana cuyas compañías van subiendo en calidad y cantidad, con salas independientes regentadas por compañías que van creando una alternativa muy esperanzadora y que lleva acompañada una constancia en publicar las obras estrenas por las compañías y de buscar pensamiento, teoría que ayude a la contextualización, a avanzar, a reconocer caminos.

Y es en la teoría donde encontramos mayor ansía de búsqueda. Si el arte del teatro, en todas sus ramas, es fundamental un arte en vivo, de hacer, de logar la comunión con el otro, con el espectador, lo cierto es que crece la demanda de pensamiento, de que se genere un corpus teórico en el que entender los movimientos estéticos que han ido conformando las diversas tradiciones y vislumbrar si se está anunciando algo nuevo. Porque uno empieza a sentirse impelido por una necesidad de resaltar las teorías con las que operamos y el tiempo en el que fueron formuladas. Ya que si uno de los libros fundacionales de un pensamiento que quizás desembocó en eso que hemos dado en llamar, de oídas, post-dramático, nace en "La teoría del drama moderno" de Peter Szondi, escrito a mediados del siglo pasado, quiere significar que vamos con un retraso horario evidente.

En esta feria estuvo Fernando de Toro, presentando una nueva edición revisada, corregida y actualizada de su famoso y absorbido y regurgitado por tantos, "Semiótica del Teatro: del texto a la puesta en escena", que se publicó por primera vez en 1987, es decir se trata de conclusiones que han ido operando sobre las distintas realidades durante décadas sin que apenas se hayan aportado novedades realmente definitivas, quizás variaciones sobre el mismo tema.

Y es que el campo de la teoría teatral debe moverse, al parecer, detrás de los hallazgos escénicos. Quizás como confesó Jorge Dubatti en su presentación aquí en México de un nuevo libro, él delimita sus teoría con formulaciones a partir de lo que se está haciendo en la ciudad de Buenos Aires, una cartografía teatral exacta y además, circunscrito a una docena de autores con los que ha ido caminando para intentar hacer de ello una idea de lo que se está haciendo y con qué consecuencias históricas y de poso teórico para el futuro. El investigador no se adelanta, sino que organiza los materiales para buscar unos denominadores comunes, unas tendencias, unas formulaciones nuevas, o no tan nuevas, pero administradas en el presente con proyección de significantes para generaciones venideras. O no.

Quizás por ello sea tan difícil hablar de filosofía del teatro, y sea más certero, más fácil de entender una historia del teatro contemporáneo, por ejemplo. Mantengo una duda razonada sobre si los editores de textos dramáticos somos los que estamos escribiendo la memoria del teatro actual. Las nuevas propuestas escénicas no siempre basadas en lo textual, las nuevas tecnologías, los archivos volátiles en las redes, nos hacen no estar seguros. Incluso, desde la postura de nuestra editorial, no es esta nuestra intención principal, ni siquiera en la revista ARTEZ en cuyos números de estos últimos dieciocho años ha aparecido estrenos, festivales, opiniones múltiples, tenga como base esta función, sino que nos incita la posibilidad del descubrimiento, la de la transación, del intercambio.

Existen realidades teatrales muy activadas, importantes, necesarias que hay que conocer y estudiar y mirarlas con humildad, respeto y admiración. Es lo que nos mueve a recorrer tantos kilómetros al año, a despertar en tantas habitaciones de hotel. Aprendemos. Sí, aprendemos mucho, nos ayuda a amar el teatro porque vemos compromiso estético, búsqueda de lenguajes, curiosidad intelectual fuera del conformismo garbancero y eso es acompañado por públicos generosos y bien informados. Y hasta por instituciones al servicio de esas realidades y no contra ellas.

¿Hay una teoría de y para nuestro tiempo teatral? ¿Habría que escribirla?