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Mar, Nov

Y no es coña | Carlos Gil

Vengo de una semana realmente impresionante. De Donostia y su dFERIA, con una actividad normal y una excepcional, el estreno de una obra escrita por este servidor en la soledad de las veladas creativas a tras horas, la coordinación de una mesa debate sobre las otras aduanas invisibles de las artes escénicas, de la que tanto aprendimos los apenas dos docenas de presentes (los demás, los que no pudieron (sic) venir tenían muchas cosas que soñar en sus siestas), y sobre todo, la presencia de espectáculos teatrales o de danza, de esos que conmueven, que le alteran a uno la vida.

Sin solución de continuidad me incorporé al ALT de Vigo, desde donde escribo estas líneas, y además de lo programado en este festival de la alteralidad escénica, pude concluir el domingo viendo la última producción recién estrena de Teatro Ensalle. O sea, una semana completa, inolvidable, repleta de sensaciones encontradas, que la titulo como Terapia Teatral ya que pese a la acumulación de quinquenios, canas, venganzas e imbecilidades a granel, algo me reafirma ante mi espejo, mi biografía, la historia y la estulticia general: NO LOGRARÁN JAMÁS QUE DESAPAREZCAN LAS ARTES ESCÉNICAS. Ni siquiera los que la hacen con desgana y de manera transitoria buscando otras estaciones de destino.

Podremos ser mediocres, creernos geniales, ofrecer obras, coreografías, poéticas trasnochadas, resplandecientes, magníficas u horrendas. Nos equivocaremos mucho, poco o nada, haremos teatro complaciente o hiriente, con lucidez o desde la obturación del riego creativo, desde el compromiso o desde la frivolidad, pero siempre, siempre, a alguien le servirán nuestros trabajos. Siempre que logremos cambiar a alguien un segundo de su destino a base de emociones, sacarle de su ensimismamiento, hacerse alguna pregunta durante y después de ver nuestra obra, de escuchar nuestra música, seremos útiles.

No escribo desde la ampulosidad del converso, ni con ningún atisbo de magnanimidad preventiva, sino desde el convencimiento. Vale más una pirueta mal trazada de un joven danzante balbuceante, que mil discursos. El Teatro debe conmover, debe hablar a los hombres y mujeres de hoy, con multitud de lenguajes, pero siempre desde lo artístico, es decir superando lo administrativo, lo reglamentario. NADIE PUEDE PARAR LA FUERZA TRANSFORMADORA DE LAS ARTES ESCÉNICAS.

Por lo tanto tengo que confesar que mi compromiso con esta fuerza imparable, es vocacional, entera, ABSOLUTA, TOTAL Y TOTALITARIA. Yo me purifico viendo un espectáculo de Matarile. Salgo mejor persona, más convencido en que merece la pena hacer teatro desde el lugar que en cada momento le toque a uno. Y nadie puede invisibilizar lo intangible, ese pálpito de comunión en las ideas, en el espacio, en el tiempo, cuando la ley de la gravedad es una obviedad, pero el amor una certeza que se escapa, como se escapa la vida, que es esto que hacemos más allá de respirar.

Podría decir lo mismo al escuchar unos versas satíricos de Quevedo, al ver a una compañía mexicana de actores institucionales, es decir funcionarios, que se cuestionan sus cincuenta años de profesión con lucidez, escuchar una evocación de Mikel Labora, disfrutar de un baile que me hace suspender el aliento esperando ayudar a acompasar la respiración de la bailarina. Esto es único, IMPAGABLE. Por lo tanto arrebatemos la posibilidad de censura de los tontos con gorrita a cuadros. Liberemos al TEATRO de sus controladores. Proclamemos la buena nueva de que EL TEATRO ESTÁ DE VUELTA, que estamos aquí para entablar con nuestros convecinos, de escalera, de barrio, de ciudad, comunidad o cosmos una relación completa, con final feliz, porque aunque sea una obra imperfecta, aunque técnicamente podamos encontrar mil fallos, incluso aunque sea hecha desde la impudicia o el diletantismo, siempre hay un momento que solamente lo proporciona esto que yo llamo TEATRO, y que conocemos para despistarnos como ARTES ESCÉNICAS.