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Vie, Oct

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

No es nuevo decir que cada tiempo, lugar y cultura ha conocido un particular modelo de belleza, de manera que lo que hoy calificamos como bello, no siempre se ha considerado así. De esta frase, Humberto Eco hizo un apasionante ensayo titulado "Historia de la belleza", donde ponía en evidencia el carácter camaleónico de la belleza, que en su devenir ha experimentado todo tipo de formas: voluptuosas, mágicas, religiosas, románticas, abstractas, monstruosas, provocativas... Hasta llegar a hoy donde, al parecer, hay tantos patrones de belleza como maneras diferentes de mirar el mundo. En esta abundancia estética, sin embargo, debido al inevitable rodillo de la globalización que hace que nos parezcamos cada vez más los unos a los otros, entre todas esas nociones de belleza hay una que se impone a las demás. Me refiero a ese culto por una belleza espigada que selecciona cuerpos altos, extremadamente delgados, donde la piel abraza hueso, y que en su lucha contra la arruga ha descubierto la cirugía plástica, el lifting, el botox o el Photoshop. Un modelo que en busca de una estética de porcelana, anula el infinito abanico de expresiones y microexpresiones que atesora un cuerpo en vida.

Tomo prestada la palabra microexpresiones de Paul Ekman, un psicólogo norteamericano que ha dedicado su vida al estudio de la relación entre las emociones y su expresión facial. Ekman acuñó dicho término para referirse a las expresiones emocionales que duran breve tiempo y que frecuentemente pasan desapercibidas para quien observa. Se trata de expresiones que brotan en la cara de forma involuntaria y, en consecuencia, son fiel reflejo de lo que la persona piensa y siente. Así, por mucho que intentemos disfrazar el odio con una sonrisa, éste puede salir de su escondite inconscientemente y contaminar la sonrisa con una mueca que nos delate. El descubrimiento se ha utilizado después como detector de mentiras, pues las microexpresiones muestran lo que pasa por la cabeza y no lo que sale por la lengua, y por lo tanto sacan a la luz las contradicciones entre lo que se dice y lo que se piensa.

La mención a los estudios de Ekman viene a colación, pues el modelo de belleza al que aludía, en su afán por estirar, depurar y menguar, tiende a suprimir toda expresión espontánea. Se trata de una belleza que se justifica a sí misma, sin importar lo que pueda haber más allá de la piel. En consecuencia, nos sentimos atraídos por unas figuras de una pátina tersa y delicada, pero que no trasladan ningún pensamiento, ninguna emoción, ninguna contradicción. Si como se dice, la cara es el reflejo del alma, da la impresión de que, a día de hoy, esculpir la hermosura conlleva ahuecar el alma.

Pienso entonces en los actores y las actrices, cuyo trabajo linda de forma particular con la belleza y con su capacidad de atracción. A diferencia de esa belleza de porcelana, que se reafirma a costa de hacerse inexpresiva, el actor busca que lo bello no niegue lo expresivo, lo espontáneo, la humanidad más cruda. El suyo es un manual de seducción secreto, de reglas no escritas, de consejos que se precipitan por las grietas que se abren a los instintos. No es que haya aprendido a expresar emociones o pensamientos, es que su cuerpo es ya pensamiento vivo, emoción desvestida. Tampoco necesita ningún espejo externo para disimular arrugas, blanquear el gesto o potenciar su mejor perfil. Su piel es su propio espejo. Y allí lo oscuro y lo cruel también es bello.