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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor

Cuando empezó tenía 15 años. El teatro la encontró en un instituto. Tenía fuerza y el pelo muy corto. Fue actriz guerrera en un grupo donde la energía era de hierro, fuego y cemento. Cuando había actuación, subía y bajaba las pesadas estructuras de la furgoneta, las montaba y actuaba. Apretaba tornillos a la par que apretaba los dientes cuando las cosas se ponían difíciles.

Una actriz de raza es alguien a quien no le tiembla el pulso después de 2 décadas en esta profesión y dentro de un mismo colectivo. Una persona que es capaz de reinventarse a sí misma y de encontrar tesoros escondidos en su propio ser, después de haber vivido los últimos 20 años en un entrenamiento constante.

Para una actriz con menos años de experiencia es un privilegio poder trabajar con alguien que es ejemplo vivo de teatro en vida y de no darse nunca por vencida. Junto a un ser humano así, una aprende cómo mantener el timón con el súper-objetivo encaminado para que de esa forma, no pesen demasiado los vientos que soplen, ya sean estos favorables o tramontanas cargadas de aguaceros con escasas monedas en el bolsillo.

Y así, haciendo camino, resulta que un buen día, una actriz que lleva más de 20 años en la misma compañía descubre una piedra gigantesca de rubí sin pulir: Su voz. Un nuevo territorio por explorar donde la vemos explotar en mil direcciones distintas como una supernova. Después de tantos años, un nuevo renacer, una presencia nueva, una cualidad de energía distinta. Aparecen los sonidos, la música, el solfeo y el violín. Y un buscar a tientas la nota precisa que anuncia el pentagrama y que dará paso a las armonías, sintonías y afonías.

Es entonces cuando el hierro y el fuego abren paso a una sensibilidad sutil como la lluvia fina. Después de tantos años de teatro en un mismo colectivo, a una actriz le brota una nueva planta artística en el cuerpo. Y después de recorrerla en sus carnes, comienza a elaborar un entrenamiento propio que ofrecer a los demás. Y eso, es esperanza.

Por eso os digo: No nos demos por vencidos. Sigamos trabajando, mirándonos a los ojos sin perder el soplido vital de re-descubrirnos, re-inventarnos, re-escucharnos. En cualquier momento puede suceder. Tras años y años de "no tirar el telón", aparecen, de pronto, nuevos tesoros escondidos y, estos, son aún más valiosos que los anteriores porque estaban más soterrados, porque no abandonamos el sendero y, porque si en algún momento lo hicimos, fue para sentarnos a descansar a la vera del camino y alzar la mirada para asombrarnos con la velocidad a la que las nubes cruzaban el cielo de una mañana de otoño. Y porque aquello nos dio alas nuevas para soñar con los ojos despiertos sobre el escenario.

Madurar actoralmente significa comenzar a elaborar un discurso propio. Un entrenamiento propio. El punto de partida puede ser la unión de varios fragmentos pertenecientes a diferentes métodos que hemos aprendido de maestras, encuentros y vivencias. Pero hay una diferencia clara entre aquellos que transmiten el método de otro y aquellos que elaboran su propio discurso a la hora de poner el ser actoral a punto de caramelo.

Para generar un entrenamiento propio hacen falta, entre otras cosas, muchas horas activas durante las que poder recorrer en el propio cuerpo la propuesta que nace de dentro, muchos años trabajados que nos den el poso necesario para saber buscar, estructurar y explicar, un tesón a prueba de balas, crisis y demás zarandajas, responsable de que sigamos en la sala ensayo tanto tiempo después, una firme determinación por lanzarse al vacío, porque es sólo en el momento en el que nos abandonamos o entregamos por completo cuando surge la chispa creativa y, por supuesto, tampoco puede faltar algún que otro conejillo de indias dispuesto a seguir a la creadora-exploradora hasta el final o hasta que el cuerpo aguante y más allá. No en vano, alguien dijo una vez que la diferencia entre el maestro y el alumno es que el maestro tiene, tan sólo, un poquito menos de miedo que el segundo.