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20
Mar, Nov

Foro fugaz | Enrique Atonal

La abortada aventura del Théâtre du Soleil en Canadá (ver el artículo Censura Colectiva que narra el caso) me inspira esta crónica sobre una de las figuras del teatro contemporáneo: Ariane Mnouchkine. Se pronuncia rápido, de un golpe, pero detrás de ese nombre hay una mujer de una fuerza intelectual y social incuestionable. La Mnouchkine es un coloso del teatro desde hace más de cincuenta años, y su compañía, La Théâtre du Soleil un ejemplo de trabajo colectivo creador. 

Francia es una tierra de compañías: el ejemplo clásico lo encontramos en Molière y sus compañeros de aventuras, cuya sombra se proyecta en la Comedie Française que sigue siendo una institución del teatro francés en el mundo. La aventura del Théâtre du Soleil es diferente y mucho más cercana a nosotros. Surge en 1964 y se fortifica después del movimiento estudiantil de 1968. En efecto si Ariane Mnouchkine no interviene directamente en los apasionados debates en el teatro del Odeón de los meses de mayo y junio de ese agitado año, su compañía decide presentarse directamente en las fábricas para llegar a los obreros sin el marco y distancia de una escena convencional. 

Pero aquí no quiero abordar la historia de un grupo y su directora que necesitaría otro espacio. Aquí quiero señalar su vitalidad actual, rendir un modesto homenaje a esta compañía y a su directora, a su pasión por el teatro, hablar de lo que ocurre cada noche de representación, la vida y no sus recuerdos. 

El espectador es el personaje central de esta aventura. Y para señalarlo, lo recibe cada noche la propia directora, ella es quien hace un gentil control de las entradas; asistir al Théâtre du Soleil es más que ir a una representación, es participar en un ágape, en toda la extensión del concepto: Reunión de una comunidad para celebrar y reflexionar algún suceso en el tono escénico. Porque la escena, sus misterios, su conexión con la realidad, es la materia prima de esta  compañía. 

Todo ha sido pensado para que la llegada a la Cartucherie, antiguo arsenal del ejército, sea amable y solidario. Un autobús gratuito conduce a los espectadores de la estación de metro más cercana a este inmenso centro teatral en donde conviven cuatro teatros, además del Théâtre du Soleil. El sitio, en el corazón del bosque de Vincennes, es un remanso de paz, en donde las estaciones cantan cada noche sus maravillas, desde la alada primavera, hasta el rudo y tonificante invierno. El regreso a la salida del espectáculo, también está asegurado.

El interior del teatro es pura convivencia: restorán popular, librería, encuentro con los actores que se maquillan, acogida de la directora, un gran foro digno de cualquier proeza escenográfica, y una gradería en donde se ve perfectamente bien desde cualquier punto. La música siempre es en vivo, y el tono es jocoso y ceremonial. 

Y los espectáculos, una garantía de calidad y compromiso. En cada nueva experiencia del Théatre du Soleil estamos ante un desafío de creación. El último espectáculo, Une chambre en Inde (Un cuarto en India) fue consagrado como el mejor del año en Francia, en 2017.   

Pero el Théâtre du Soleil no es únicamente el espacio de la compañía, es una escena abierta a otras corrientes y compañías del mundo; en el mes de mayo estuvo Eugenio Barba con el Odin Theatre; más tarde un grupo japonés de tambores, y en este regreso a las actividades se presenta una compañía llegada de Marsella, con obras de Simon Abkarian, y así, un largo etcétera. Por eso estamos ante un fenómeno vivo que ya está inscrito en la historia del teatro francés, como ocurre con Molière y la Comedie Française.   

Al abandonar la Cartucherie en la noche, ya terminada la representación, rodeados del silencio armonioso de los árboles, en el reposo mineral de los teatro, se entiende la inspiración que fluye en esos actores, en las compañías, pues es un remanso de creatividad. 

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