Sidebar

28
Dom, Feb

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

La hoja en blanco frente a mis ojos, parece juzgarme de manera inquisidora, claro que eso de hoja en blanco es solo un resabio de antiguos usos y costumbres, porque la verdad sea dicha, hoy en día debiésemos hablar de pantalla en blanco. La tecnología de la informática de nuevo presente en nuestras vidas.

 

Inmediatamente eso me hace pensar en cómo el romanticismo sepia de un intercambio epistolar capaz de durar años, ha sido exterminado por la inmediatez de los correos electrónicos. Aunque parezca increíble, las partidas de ajedrez por correo, alguna vez sí existieron, práctica inconcebible en estos tiempos de instantaneidad.

Fui muy aficionado a la fotografía, incluso llegué a tener un laboratorio en el baño de mi casa, donde la magia de la imagen se iba literalmente, revelando poco a poco. Los rollos de película comprados eran de 24 o 36 exposiciones pudiendo llegar hasta 38, eso, si uno mismo los preparaba. Al estar limitado en el número de tomas, se ponía especial atención en la luz, la perspectiva, la composición, la profundidad de campo, los planos... uno se tomaba su tiempo antes de accionar el obturador. Si a esto se le sumaba el proceso requerido para revelar el rollo y luego ampliar la imagen, el tiempo no era menor. Tanto el rollo como después los papeles, debían pasar por varias cubetas con productos químicos, lavar con agua entre cada paso, colgar, secar, ampliar, enfocar... Si se prefería evitar este trabajo, o no existía un segundo baño en la casa, existían los laboratorios fotográficos donde hacían todo el proceso, que nunca demoraba menos de un par de días. Entonces, el tomar una fotografía, digámoslo, relativamente seria, se transformaba en todo un ritual, y como en todo ritual que se precie de tal, el misterio de la magia estaba presente. La sorpresa siempre existía, ya sea porque la toma que creíamos genial, había resultado un rotundo fracaso, porque el objeto fotografiado se movió a última hora o simplemente pestañeó, o porque un disparo que pensábamos insulso, resultaba ser de una belleza sugerente. El nerviosismo dado por la espera aumentaba la magia. 

Tiempo y magia siempre van de la mano, sino pregúntenle a un mago profesional, quien realiza un largo preámbulo antes de deslumbrar con el verdadero truco. Envuelve el regalo de la ilusión con el papel del tiempo necesario como para que el espectador crea, sienta, piense, adivine... incluso el preámbulo puede llegar a ser tanto o más importante que el truco mismo.

¿Cuánta de la magia necesaria para vivir se ha perdido en manos de la eficiencia?

Esta simple pregunta podría dar para un interesante debate entre el grupo de los románticos poco prácticos y el de los prácticos poco románticos.

Sin intentar descubrir la pólvora, puedo afirmar que una vez más es cuestión de equilibrio. Es difícil imaginar este mundo sin la funcionalidad indispensable, pero es imposible pensarlo, sin el romanticismo de un atardecer frente al mar, con la brisa marina acariciando la piel y el sonido de una rompiente de espuma como banda sonora del espectáculo.

Aunque claro, quizás necesite un poco más tiempo como para validar esta afirmación.