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Dom, Jun

Y no es coña | Carlos Gil

La noción del paso del tiempo se debe considerar como algo que está más cerca a una entelequia, a una magia circunstancial que a un dato científico mensurable. Tanto en lo subjetivo como en lo más objetivo. Con el cronómetro en la mano la vida es un mero acto administrativo, una monstruosidad estadística. Necesitamos la poética del tiempo perdido, de la inseguridad de lo imposible como amuleto contra la radicalidad pragmática. Sin incertidumbre el arte se asemeja a una fórmula. Cinco tiene más rimas que las que nos viene a la cabeza por rutina.

El productivismo ha convertido el acto de confección de un poema escénico en una circunstancia material, no es una sublimación de una manufactura espiritual. Decir que lo ideal para montar una obra de teatro son cinco semanas de ensayo es igual de irracional que decir que se necesitan tres o trescientas. Está claro que cada proceso necesita de su tiempo, de su espacio, de su asentamiento, de sus desesperaciones y las euforias que se concretan en unas sonrisas que dejan esas bellas arrugas en la cara que certifican que hemos vivido creativamente, en el filo de la invisibilidad por renuncia a la tangencialidad del manual.

Es una obviedad recreativa: hay que poner fechas de ensayos, fecha de estreno, cumplir con los procesos de producción, promoción, difusión, pero el que lo hagamos, el que nos ajustemos a los dictados de los especialistas en trapichear con los sueños, en convertir el arte escénico en un producto fragmentario que se puede vender al peso, no significa que sea la única manera de entender esta actividad tan singular por lo que tiene de incierta y de fruto de la casualidades, donde el imperio de la sensibilidad está por encima de los decretos leyes, los impuestos indirectos y la cocina austro-húngara.

Ni es mejor tardar un año o dos en empezar a pensar, macerar, ensayar, cocer y servir un trabajo artístico, ni hacerlo en unas pocas semanas tasadas fruto de unos convenios lógicos, pero fuera del mundo intangible de la inspiración y la función intangible de búsqueda y encuentro, del proceso en su máxima expresión. Eso, del proceso. A algunos lo que les interesa, precisamente, es el proceso. Y eso es parte de su declaración de principios. Por deformación, por el tiempo que llevo en este mundo escuchando tangos, aseguro que el auténtico momento de amor total, es que una vez culminado ese proceso en su parte iniciática, se confronte con esa otra parte imprescindible, fundamental de todo proceso artístico con final bendecido, los otros, la ciudadanía, el público, los públicos. Y aquí entramos ya en la rueda, donde se acaban las insinuaciones y empiezan los actos. Ya no hay excusas. Se acabaron las mentiras, todo debe ser verdaderamente teatral.

La planificación es necesaria, el ordenamiento forma parte de la sensación de estabilidad en la simulación industrial a la que nos han llevado, pero me parece que quienes han sentido alguna vez el pellizco de ese estado enajenado donde en una sala de ensayos no existe ni tiempo, ni dolor, ni hambre ni sed, solamente ansiedad creadora, exaltación del proceso como paso a la santidad artística, comprenderá que este es un oficio raro, muy raro, por eso se debe proteger con leyes de las ciencias sociales, pero sobre todo, desde una perspectiva cultural donde el tiempo sea tan relativo como un beso, un aplauso o un orgasmo en su sentido más emocional.

Me refiero a los que buscan, a los que sueñan, a los que pierden, los que se caen y se vuelven a levantar, no a los usan la fórmula, el excel, las recetas o los convenios como metodología básica para buscar una supuesta seguridad que parece una entrega voluntaria de toda ambición que no sea lo económico. Estos últimos son los que hacen funcionar el sistema. Los otros, los que no saben del tiempo, los que lo intentan cambiar, acostumbran a sufrir, a tender tensiones añadidas. Yo vivo de los primeros, pero me siento mejor con los otros, porque al menos están en estado de alerta cuando escuchan trinar a un pajarito sin saber si es macho o hembra. Y porque sus miedos, son los míos.

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