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Dom, Sep

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

De pronto me di cuenta de que el tiempo estaba pasando irremediablemente y que ya demasiados granos han caído en el reloj de arena de mi vida, sin marcha atrás posible. La abulia producto de una rutina pacificadora, no me dejaba darme cuenta del supremo valor de este recurso no renovable que solemos despilfarrar en lo que mal llamamos descanso.

¿Es acaso descanso refugiarse en las imágenes hipnóticas de esa caja boba llamada televisión capaz de secuestrar nuestras conciencias para llevarlas a ningún lado?

¿Recuperamos energía al jugar con nuestros teléfonos inteligentes matando extraterrestres que nos hacen aumentar nuestra barra de energía para seguir jugando?

¿Después de haber dormido inquietos por las últimas noticias del mundo nos levantamos con energía renovada para escuchar las nefastas noticias con las cuales nos apabullan los medios de comunicación masiva?

Somos continuamente sobre estimulados por la negatividad de una realidad fantástica diseñada para impedirnos pensar. La mayor arma de dominación masiva es sin duda lo que llamamos "medios de comunicación masiva" pues se transforman en la droga que nos mantiene subyugados a la voluntad de quienes inteligentemente la manejan como herramienta capaz de manipular conciencias sometidas al facilismo del no reflexionar.

Día a día nos van cargando la mochila de nuestra existencia con pesados acontecimientos mostrados cada vez de manera más explícita. Antes nos parecía terrible cuando en una película, el villano hacía de las suyas porque entrábamos en ese juego fantástico de la imaginación que todo lo puede, hasta creer que el villano no solo era despreciable en la pantalla sino que fuera de la pantalla también.

La vida real ha aprendido de la ficción para hacerla real. No me refiero a los relatos futuristas de Julio Verme donde maquinas impensadas hasta ese momento podían navegar bajo el mar o llegar a la luna. Hoy por hoy en que la información está al alcance de los pulgares de quien la quiera encontrar, podríamos investigar sobre los asesinos en serie más atroces de la historia con el fin de superarlos e idealmente pasar a los archivos digitales del futuro.

Fabricar bombas ya no es un enigma de alquimistas y torturar con sofisticadas técnicas es algo que dejó de estar al alcance de mentes enfermizas auspiciadas por mentes aún más enfermizas pero supuestamente pulcras en su actuar.

Desde niños aprendemos a matar, ya no montados sobre el caballo de la escoba, empuñando una pistola de palo disparada al aire para ahuyentar a los forajidos, sino que administrando complejos recursos atómicos y armas láser para exterminar civilizaciones extraterrestres convertidas en amenaza vital por el solo hecho de no conocerlas.

De manera continua se nos hace estar orgullosos de defender nuestra ignorancia por todos los medios, incluso los más violentos.

El tiempo, ese precioso tiempo que alguna vez las tribus primitivas "mal gastaban" sentados en torno a una fogata para empaparse con la sabiduría del anciano relatando historias de vida, ese tiempo es el que nos falta para volver a transformar una caja de zapatos en un potente camión y no deprimirnos porque no somos capaces de comprar el ultimo adelanto tecnológico.

No al tener más tiempo para producir más y tener más sino un tiempo para mal gastar en escuchar lo que el tiempo pasado nos quiera decir.

Tarea difícil ya que es el propio tiempo quien condena a los improductivos a guetos llamados casas de reposo, asilos u otros, donde lentamente son engullidos por el olvido de sus afectos.

Pero eso no importa porque ya fue su tiempo, está viejo, ni siquiera se da cuenta de lo que pasa, es mejor para el estar donde lo cuiden bien.

El tiempo que hoy no damos a nuestros hijos será el mismo que ellos nos darán a nosotros en nuestro ocaso.

El tiempo que no malgastamos en un ocio bien entendido será el mismo que nos falte para completar nuestras vidas con emociones gratificantes.

El tiempo es el recurso más valioso que tenemos y al mismo tiempo el más fácil de regalar. Eso, solo sí estamos dispuestos a hacerlo.

Hay que darle tiempo al tiempo.

Sí, pero hay que dárselo.