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Jue, Dic

Y no es coña | Carlos Gil

Se está celebrando en Madrid, en conmemoración de los quince años de Residui Teatro, el encuentro Territorios Teatrales Transitables. Maestros internacionales de diferentes disciplinas que dan conferencias, clases magistrales, se plantean debates, conferencias, actividades que indudablemente ayudan al crecimiento de quienes participan en ellas. Hemos acompañado este tránsito en sus primeros días y no seguimos inmersos en su dinámica por un viaje programado previamente a México, a la Feria Internacional del Libro Teatral, una cita importante que se celebra cada año en el DF, en el complejo de El Bosque, otro tipo de encuentro, en esta ocasión con el libro sobre artes escénicas como eje central. Un tránsito por unas realidades teatrales que crecen, que se mudan de piel, que son la memoria y la fijación de un tiempo, de una dramaturgia, de una técnica o una teoría.

Si existe en la historia del teatro un grupo, una organización, un conjunto de personas que más haya aportado a la memoria, a la reflexión, al estudio, a la publicación de sus experiencias y de sus dudas, ese es el Odin Teatret, y sus hombres y mujeres, encabezados por Eugenio Barba. Él fue quien inauguró este encuentro TTT, y lo hizo, además, con un clase magistral junto a Julia Varley, nada menos que en la sala principal de la RESAD madrileña, la escuela oficial de la enseñanza reglada y académica. Lo más importante de este hecho fue que estaba la sala repleta, el aforo completo, es decir cientos de estudiantes que probablemente por primera vez en su vida escuchaban otras ideas sobre el teatro, sobre su significación, sobre su práctica.

Quizás ese encuentro con Barba, junto a otros maestros internacionales, como Parvathy Baul de la India, el clown ruso Vladimir Oishansky, el balinés Wayan Bawa, entre otros presentes en el acto inaugural y que después dieron y darán talleres y clases, pueda significar para muchos de los alumnos un descubrimiento, una luz que les puede hacer entrar en cierta contradicción con sus enseñanzas regladas, esa idea académica unívoca de lo que debe ser la interpretación, el oficio, la responsabilidad, el compromiso del artista con su propia formación, con su manera de afrontar la profesión, con la necesidad de crecer en una dirección no basada solamente en el éxito, la televisión como objetivo, el aplauso fácil, el repertorio universal repetido y copiado.

La actitud de la dirección actual de la RESAD, abriendo sus puertas, primero a la colaboración con un espacio como Residui, dedicado a la investigación teatral, y dando paso a que sus alumnos vivan esa experiencia que puede ayudar a un porcentaje de ellos a cambiar su idea del mismo teatro es valiente, seguramente le causará más de un problema, pero es una magnífica forma de que entre aire fresco en esa institución. Y que esos alumnos sepan que existen otras formas, otras ideas, otros mundos teatrales que pueden transitar.

El domingo hablamos en el Centro de Artesanía de las Artes Escénicas, que así se llama la sede de Residui, sobre el lema de estos encuentros, La herencia teatral y su manera de transmitirla, y la capacidad de transformación del teatro. Pero intentando circunscribirnos a Madrid. Y empezamos con un jarro de realismo: Mientras preparaban este encuentro, se dirigieron a veinte salas del entorno de Embajadores y solamente respondieron, de una manera u otra, cuatro, de las que tres, al final, acogieron actividades conjuntas. Es una certificación de que muchas salas, estudios, escuelas o talleres viven en una angustia de supervivencia que les impide levantar la cabeza de sus asuntos y mirar a su alrededor y relacionarse, aprovechar sinergias, atender a algo más que la urgencia.

La propia composición y origen de los inscritos como alumnos en este encuentro nos da una idea, parcial, claro está, de una realidad sobre el interés en la formación continúa, del espíritu de aprendizaje, del compromiso. Lo cierto es que hemos vivido unos días en un ambiente que consideramos saludable. Escuchar a José Sanchis Sinisterra o a Hernán Gené, hablando de sus experiencias y de sus anhelos es siempre fructífero. Saber que en estos ambiente el libro teatral, de teoría principalmente, la transmisión de la herencia a través de la palabra escrita vuelve a tomar sentido, es reconfortante. Encontrarse con viejos compañeros como Ricardo Iniesta y ver su Madre Coraje en este contexto, es una alegría, una forma de volver a pensar sobre nuestra propia experiencia, nuestras decisiones, sobre nuestro presente y sobre lo que puede ser un futuro fuera de lo obvio, de la mercadotecnia, el llanto y la complacencia. Aquí todos transitan unos territorios teatrales habitables, pero que cuestionan la norma. Y eso, ayuda a mantenerse en alerta. Y abriendo bien los ojos y los oídos, se aprende, se vive, se sueña con un mundo teatral mucho mejor.