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04
Mar, Ago

Y no es coña | Carlos Gil

Lunes seis de julio del año bisiesto de dos mil veinte. Hoy no habrá chupinazo en la plaza del ayuntamiento de Pamplona. Tampoco habrá alegría en las casas de varios familiares y amigos de gente relevante e importante del teatro brasileño, catalán o de la música internacional. Digamos que empezamos la semana con ese pánico que nos hace mirar por encima de las mascarillas a un futuro que no tiene foto fija, ni plan de desarrollo fijado y donde los brotes, rebrotes y pasos atrás nos dejan con el diafragma alterado, ya sea por angustia, exceso de helados o respiración cortada por los esfuerzos.

 

Mi experiencia es que he ido a un teatro oficial, grande, con medidas de catálogo que en ocasiones se pueden sentir incluso como excesivas o por lo menos, como fruto de unas recomendaciones que no sabemos si se han alterado o no, y en un sala independiente, en la que las medidas de protección parecen más ajustadas a la realidad circundante, pero que nos hacen sentir una cierta incomodidad objetiva: la mascarilla durante muchas horas, se convierte en una molestia. En el teatro público, dieciocho personas en escenas, algunos juntos, con el brazo por encima, sin mascarilla, creando, al menos en mí, una sensación extraña, porque esos actores han estado semanas conviviendo, ensayando, por lo que deben existir ya vinculaciones para tener esa seguridad subconsciente de actuar como si nada sucediera.

En la sala independiente, un monólogo, por lo tanto, esas reflexiones no acudieron al momento de la representación. Sí se conciten antes y después, en los saludos a amigos, en cómo haces para hablar apasionadamente de la obra con los artistas sin acercarte, no digo a abrazarte, pero sí a estar a medio metro o un metro. Circunstancias que se deberán ir asimilando poco a poco. Y no quiero abundar en la paradoja, pero tomé el metro para acudir a una de esas representaciones y las distancias se flexibilizan de una manera que puede llegar a asustar. Que nos lo expliquen despacito.

Hoy, en Madrid, se pasa del sesenta al setenta y cinco por ciento del aforo, es decir, algunas salas van a abrir, aunque sea en una temporada que en la anormalidad anterior era de baja intensidad, porque necesitan sobrevivir. Cuando uno piensa en la dureza de esta pandemia para amplios sectores profesionales de las artes escénicas, le entran ganas de solidarizarse de manera automática, como si todavía no entendiéramos que estamos en medio de la pandemia, porque la Fira de Titelles de Lleida, sin ir más lejos, que había aplazado su celebración de primeros de mayo a esta semana, ha suspendido definitivamente porque ha habido un rebrote, se ha confinado a doscientas mil personas y les deja en medio de un cuadro insuperable.

Tras la noche más corta, me temo que van a venir los días más largos y las noches más calurosas, las pesadillas más lacerantes, los sueños interrumpidos. Los pasos atrás pueden ser golpes definitivos. Pero se ha instalado en nuestras mentes las ganas de dar por bueno el juego del azar, de que es peor quedarse quieto esperando la nada, que moverse, abrir, hacer, aunque se exponga a más posibilidades de ser pillado.

Estoy de acuerdo con los que se quedan quietos, me identifico más con los que han decidido moverse, hacer, arriesgarse, si acaso, porque estamos atravesando unos tiempos difíciles, que puede que no nos aporten nada bueno ni estética ni filosóficamente a las artes escénicas, al menos de manera inmediata, pero que si cerramos todo, durante mucho tiempo, se nos olvidará nuestra función en esta sociedad y a nuestros públicos, se les olvidará el camino para acudir a las salas.

Seguiré acudiendo a los teatros, seguiré viendo los públicos respetuosos aplaudiendo con un extra de convicción, iré a festivales, especialmente al de Almada, incluso me meteré en unas semanas a dirigir una obra que se debió estrenar en mayo. Sigo, con precaución. Con muchas precauciones, pero me he sentido muy a gusto viendo teatro. Y con cinismo digo, a los que medimos bastante a lo largo, ancho y fondo, cuando se apagan las luces, nos sentimos muy cómodos pudiendo colocarnos como nos da la gana, ocupando más espacio del habitual.

Pronto, si todos cumplimos con nuestras responsabilidades, la vida, en general, volverá a ser casi igual que antes y las artes escénicas, se recuperarán de este accidente grave.

Las instituciones tienen que hacer mucho más que lo que están haciendo. Menos demagogia, menos propaganda y más acciones concretas, pequeñas pero efectivas.

Así sea.