Sidebar

22
Dom, Sep

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

Son pocos, o quizás ninguno, los creadores que de un modo egoísta crean para sí mismos, los más lo hacen como una manera de expresar sus sentimientos más profundos y por supuesto, que alguien los reciba como mensaje de su verdad, transformándose así en una especie de portavoces de quienes no tienen la capacidad de manejar de manera adecuada el sensible lenguaje del arte o simplemente no se atreven. Todos los creadores añoran el momento en que la obra esté terminada para ser sometida primero al propio juicio de quien la concibió y después al de los demás.

Un director de teatro espera con cierto temor ansioso, el final de la primera representación para conocer la reacción del público, quien con su abucheo disconforme o su aplauso complaciente, puede transformar la pieza en un completo fracaso o en una obra maestra. El ser humano en cambio, a pesar de ser un creador por naturaleza, temeroso del fin, nunca ha querido llegar a ese momento en donde supuestamente todo se acaba y se pasa al infinito de la incertidumbre.

Tratando ilusamente de evitar ese inexorable punto de inflexión en que nos enfrentaremos a todos nuestros temores, desde siempre el ser humano lo ha negado aceptando promesas dogmáticas de encarnaciones, de renacimientos, de paso a mejores vidas, de paraísos fantásticos, de nirvanas sin dolor, ...

Trascender.

Quien más quien menos, todos queremos trascender para evitar nuestra extinción. Le tenemos miedo a lo desconocido y no existe mayor misterio que la muerte. Hasta donde sabemos, de manera irrefutable llegará el día en que todo se acabe, lo bueno y lo malo, los logros y los fracasos, la dicha y el dolor, todo, todo se acabará.

La única verdadera esperanza es que de algún modo, mientras alguien nos recuerde, aunque nuestro cuerpo físico ya no esté, nuestra imagen seguirá latente.

Muchos tratan de moldear a sus hijos a su propia imagen y semejanza, así como alguna vez el hombre creo a Dios y no a la inversa según promulga el dogma religioso.

Tarde o temprano, a pesar de los vanos esfuerzos del progenitor, el pretendido clon encontrará su espacio de independencia para ser quien siempre debió ser; el mismo.

Un fenómeno similar pasa con toda obra de arte, al materializar la idea, poco a poco esta va adquiriendo personalidad propia y a pesar de que se pueden heredar ciertos rasgos tanto físicos como de personalidad para re combinarse en un nuevo individuo diferente, con la obra que mostrará cierta herencia, en definitiva tarde o temprano terminara siendo ella misma, independiente de su creador.

No solo los grandes clásicos del arte de todos los tiempos, muchos de los cuales son recordados en sí mismos y somos pocos quienes recordamos a su creador, responden a este paradigma de independencia.

Hasta un dibujo garabateado a la rápida sobre una hoja de papel, emprenderá rumbo propio cuando se empiece a relacionar con las variables que dieron origen a su creación; un sentimiento, un momento especial, quizás una temperatura o un sabor, son miles las variables posibles capaces de enriquecer la obra, las mismas que con el tiempo harán pasar a un segundo plano a la mano que la creo.

Cuando entendamos que solo somos recuerdo y que por lo tanto seremos exclusivamente recordados por nuestras obras, en definitiva que somos y seremos nuestras obras, recién en ese momento podremos aspirar a la añorada trascendencia.

No es la fe estática la que nos libera del misterio supremo, es la fe dinámica capaz de crear en la seguridad que la honestidad creadora será nuestra presencia eterna en el recuerdo de quienes vivan y re vivan una y otra vez nuestras creaciones.