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Lun, Nov

Foto Carlos Alberto Méndez

Ubú pierde sus cuernos en La Habana

El mito de Ubú nos llega con un añejo especial de 124 años, gracias a aquel polémico estreno de Ubú rey, de Alfred Jarry, en el Théâtre de L’Oeuvre, en la invernal noche parisina del 10 de diciembre de 1896. Pero el tema que aquí me ocupa, si bien parte de esa grandiosa fábula, es un recuento inédito, insular. Me refiero al estreno mundial de Ubú sin cuernos, texto del dramaturgo Abel González Melo, bajo la dirección de Miguel Abreu con su grupo Ludi Teatro. 

 

Una vez leí que el buen gusto es algo que el teatro tiene o no tiene. Y Ubú sin cuernos es uno de los espectáculos que, en la cartelera habanera de esta arrancada de 2020, goza de tal virtud. El montaje de Miguel Abreu es riguroso, profundo, tanto estética como conceptualmente: rara avis dentro de un panorama lleno de ligerezas, donde predominan la frivolidad y el mal descifrado Postdramatisches Theater. Su ganancia está en que propone un teatro contemporáneo y claramente político sin dejar de ser “espectacular”, donde la acción del argumento literario no se ubica por encima del discurso del actor o la textura global de la puesta en escena, sino que todos los ámbitos se integran en una simbiosis perfecta.

La trama de González Melo es deslumbrante: una mirada muy personal al clásico de Jarry, que opera sobre el presente inmediato de la realidad cubana. El autor nos permite acceder a un teatro elevado, consistente, sintético, alegórico, desde la localización de la acción en una isla —tan incierta como reconocible y palpable— llamada Uba. Ahí es donde entra el inteligente trabajo del director a la hora de tensar con solidez las cuerdas que delimitan el montaje, estimulando el imaginario referencial del público al tiempo que explora, desde el escenario, la Historia y la confusión política de nuestro presente. 

Con la ayuda de su Madre, que le inculca cizañas y espolea su ambición, Ubú destrona al Rey de Uba y se erige en líder. Hace pactos con la burguesía, campañas y promesas al pueblo que no ha de cumplir una vez alcanzado el poder. A medida que avanza la historia se revela como un gobernante mentiroso y, lo que es aún peor, un inepto. Seremos testigos, como espectadores confidentes, de los daños colaterales que tantos ensayos y errores, signados por el fracaso de un mandato corrupto, son capaces de generar en “su” pueblo, sorprendido ante sus extravagantes prácticas. Más temprano que tarde la codicia y el exceso serán la causa de su ruina. 

Una escena particularmente disfrutable, muy teatral y bien lograda, es la que relata, precisamente, la conspiración de Ubú para derrocar al Rey. Llega la noche del encuentro acordado entre ambos, las negociaciones comienzan y el hambre de poder comienza a ser cada vez más desesperada. Entonces, en medio de una especie de orgía, entre cantos afrodisíacos y bailes sensoriales, el séquito de Ubú se rebela contra el Rey. Es el principio del fin para la isla de Uba, pienso desde mi butaca, mientras aquellos cuerpos danzantes crean hermosas composiciones escénicas en medio del horror que significa presenciar el acto violento de Ubú decapitando al Rey con un serrucho. Ahí arranca la verdadera apoteosis: Ubú ejercerá el poder absoluto y no tendrá reparos en multiplicar sus caprichos y necedades.

El binomio director-autor establece patrones de diálogo muy concretos, desde una metateatralidad eficiente, con la realidad actual de Cuba y, por qué no, del mundo. Ridiculizan a gobernantes incompetentes en momentos históricos cruciales, sin caer en el cliché, lo cual hace que la crítica sociopolítica implícita en el espectáculo llegue al público con el peso de la reflexión seria. Y es que estamos ante una propuesta que nos exige estar atentos, conectados con la fábula y sus dinamitados subtextos, porque en medio de la gozadera, parecen decirnos los artífices, hay que mirar con sensibilidad los ángulos de una tradición filosófica y dramáticamente polémica. Es evidente que estamos ante un teatro no solo de acción sino de ideas: sobre el tono de humor, parodia y absurdo se disfrutan los efectos artísticos de lo grotesco y lo burlesco, pero todo sostenido por la intensidad de parlamentos reveladores, llenos de preguntas que retan y van consolidándose en un intencionado discurso. 

Abreu nos muestra una panorámica precisa del mundo asediado por guerras arbitrarias, donde la herencia de odio y la lucha por el poder siguen siendo el colofón. Nos habla, desde la particularidad de estos personajes y escenarios de ficción, de la realidad más descarnada, de cabecillas militares que se corrompen, trepan y sueñan con regir países a cualquier precio. Como arquetipo de sujetos históricos de la talla de Calígula, Hitler o Stalin, surge Ubú con su sed de imperio, conquista y sangre. Un cáncer resulta la tentación del poder: el hombre y sus propósitos, desatinados y egoístas, siguen siendo el problema. Seres que se valen de armas nucleares, de estrategias de traición, pánico, demagogia, manipulación descarada de las masas para intervenir y derrocar gobiernos, devastar pueblos, naciones enteras, aunque ello conlleve pisotear principios éticos e incluso cobrar vidas. 

Ubú sin cuernos nos alerta, justamente, de estas verdades: ya no existe el honor, los “fieles” se la juegan entre el miedo y las concesiones, rebajándose a vender su lealtad al mejor postor y a ser parte del carnaval mediático por unas migajas. Todo queda en evidencia tras la traición a su Rey (Giselle González) perpetrada por el Representante de los sindicatos (Evelio Ferrer), el Pescador de espinas y la Usurera ricacha (Raiza D’Beche), el Segador de trigo mustio y la Cocinera pobre (Alina Castillo), el Recolector de uvas secas (Annalie Quero) y la Costurera (Arianny Sánchez Isidro), bajo el embuste de Ubú (Grisell de las Nieves Monzón / Arianna Delgado) y su madre (Aimée Despaigne / Cheryl Zaldívar), junto al Coronel (Yoelvis Lobaina) y el Vendedor de abanicos (Francisco López Ruiz). 

El espectáculo no procura realismo alguno, más bien despliega los sortilegios de una rumbosa teatralidad: derroche de luces que exaltan las danza y las precisas rutinas coreográficas que hacen guiños a lo popular y, en ocasiones, evocan el musical Cats. También seduce con una gestualidad exagerada, lícita dentro de la estilizada textura conceptual que alcanza su esplendor en la interpretación de canciones frescas al estilo pop de Lady Gaga, con sagaces tintes políticos que irán presentando contextos y extractando situaciones de manera subversiva. 

Cada vez es más difícil encontrase ante un teatro de resistencia, en el que sintamos desde la platea que los artistas que tenemos delante están interviniendo de manera comprometida nuestro tiempo con su trabajo. Eso advierto en la encarnación de estos talentosos actores, que cada noche se dejan la vida sobre el escenario. La noción de que “nuestro único objetivo es la regeneración moral y material que hay que impulsar entre una población cuya degeneración heredada resulta difícil de medir” —expresión del temible Leopoldo II de Bélgica, citada por Arthur Conan Doyle en El crimen del Congo, 1909—, regresa y se actualiza en el sórdido drama-conspiración que es Ubú sin cuernos. Tan actual es esta expresión que tiene más de cien años y tan reales resultan los horrores del presente que afectan a la humanidad. Pero ¿quiénes toman partido mientras en cada rincón de Uba, o del planeta, ahora mismo algún Ubú asiste al ciclo de crecimiento y caída de sus cuernos, al tiempo que pronuncia un discurso fétido para luego llenarse la panza en un festín de obscenidades? Sé que esta noche en el Vedado habanero Ludi Teatro toma partido en contra de tantas atrocidades perpetradas por ciertos “héroes” innombrables. 

El espacio de representación ideado por Miguel Abreu se muestra ecléctico, despojado de elementos decorativos, evita a toda costa las impostaciones y clichés. A la vez que resalta un muro que atraviesa de lado a lado la escena, insinuando nuestro majestuoso malecón, también (re)crea disímiles niveles. Esta concepción minimalista hace que la iluminación, también bajo su firma, no solo tenga una apropiada factura estética, sino que realce el maquillaje de Pavel Marrero y el original vestuario de Celia Ledón, para quien sentarse y diseñar es un oficio que va más allá de embellecer la forma de determinado espectáculo. La banda sonora resulta un fuerte componente dentro de la textura espectacular, sobre todo por la excelencia de las interpretaciones en vivo de los propios actores con micrófonos inalámbricos. El mérito aquí es compartido entre Rommy Sánchez (banda sonora), Llilena Barrientos (canciones originales), Johanne de la Torre Corpas (maestra de canto) y el experimentado Denis Peralta como director musical.

En el orden actoral descuella Grisell de las Nieves Monzón en su apropiación de Ubú —un ser caricaturesco, despreciable, avaro, un tirano en toda regla—, que tiene de “militar escocés, evocación del Macbeth de Shakespeare, y de político contemporáneo” —según palabras de González Melo en las notas al programa de mano—, y que ahora exhibe sus mejores trajes: la desfachatez y la mentira. Monzón es una actriz muy somática, su cuerpo está minuciosamente adiestrado, de ahí que la percibamos moviéndose espléndida e inequívoca por el espacio escénico. Sale airosa de su encarnación de un personaje tan rico como complejo. 

No quisiera dejar de referirme a la fenomenal interpretación del Vendedor de abanicos a cargo de Francisco López Ruiz, quien realiza varias espléndidas intervenciones coreográficas. Se mueve dentro de la trama como una especie de narrador o coro moderno, evocación del teatro de la Grecia antigua, y adopta una camaleónica tesitura, mientras peregrina por una gestualidad que va de lo culto a lo popular, de lo rústico a lo elegante y lo sensual.  

Miguel Abreu es un director joven, aunque ya le preceden sus interesantísimos montajes del esencial Wajdi Mouawad: Litoral (2014), Incendios (2016) y Bosques (2018) —con esta última mereció el Premio Caricato a mejor puesta en escena. Ludi Teatro aún no llega a su primera década, le queda mucho camino por delante. Pero, como dijera el poeta, se hace camino al andar, y ya Ludi, también gracias al denuedo de su productor Rafael Vega Rivera, se posiciona entre lo mejor del teatro cubano contemporáneo. Me siento privilegiado de acompañar a Abel González Melo y Miguel Abreu, junto a todo este equipo, en la bacanal utópica que representa, cada noche, arrojarse a buscar los cuernos perdidos de Ubú en La Habana. 

Roger Fariñas Montano